Alemania

Onegin regresa a Múnich

J.G. Messerschmidt
viernes, 19 de enero de 2024
Gouneo y Summerscales en Onegin de Cranko © 2024 by Sergei Gherciu Gouneo y Summerscales en Onegin de Cranko © 2024 by Sergei Gherciu
Múnich, viernes, 12 de enero de 2024. Teatro Nacional. Onegin, ballet con coreografía de John Cranko y música de Chaikovsky arreglada por Karl-Heinz Stolze, según la novela de Pushkin. Ballet del Estado de Baviera. Escenografía y vestuario: Jürgen Rose. Reparto: Laurretta Summerscales (Tatiana), Osiel Gouneo (Onegin), Margarita Fernandes (Olga), António Casalinho (Lenski), Matteo Dilaghi (Gremin), Séverine Ferrolier (Larina), Elaine Underwood (Nodriza). Solistas y cuerpo de baile del Ballet del Estado de Baviera. Orquesta del Estado de Baviera. Dirección musical: Vello Pähn.
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Hay compañías de ballet que poseen en su repertorio obras con las que tienen una especial afinidad. Tales piezas son su “especialidad”, forman parte de su historia y determinan su personalidad. El ballet de Baviera es uno de esos conjuntos y Onegin, la obra maestra de John Cranko, es una de esas piezas emblemáticas, sin la cual la compañía es inimaginable. No en vano el propio Cranko fue su director durante algunos años. En este sentido, la reposición de Onegin es siempre un acontecimiento de interés y también una piedra de toque para conocer el estado presente de la compañía. 

La función que reseñamos, y que es la primera de una serie de representaciones de Onegin que se extenderá a lo largo del presente año, mostró un cuerpo de baile muy equilibrado, eficiente, con un buen nivel técnico, cohesionado y evidentemente familiarizado con el estilo de Cranko. Es ese aspecto el Ballet de Baviera sigue siendo un punto de referencia en la interpretación de la obra del coreógrafo sudafricano. Ahora bien, la pareja protagonista, formada por Osiel Gouneo y Laurretta Summerscales, no acaba de encajar en sus papeles.

Onegin es un ballet en el que las exigencias puramente técnicas son bastante limitadas y en el que el virtuosismo tiene un lugar claramente secundario. Ciertamente es imprescindible que los intérpretes tengan un buen nivel técnico, pero, una vez alcanzado éste, lo que esta obra exige es un inmenso trabajo teatral. Onegin es un drama psicológico en el que los protagonistas están continuamente sumidos en un proceso de transformación existencial y confrontados con conflictos emocionales que los conmocionan casi sin pausa. Lo que Cranko muestra en su coreografía son los íntimos movimientos anímicos de Tatiana y Onegin, harto complejos y violentos, y en algo menor medida también los de Olga y Lenski. Una vez aprendidos y dominados los pasos (como decíamos no excesivamente difíciles), los intérpretes deben realizar una muy intensa labor de reflexión e interiorización de sus personajes, tarea nada simple y que exige inteligencia, sensibilidad y fundados conocimientos literarios, pues la clave está en la novela de Pushkin en la que se basa la obra. 

Summerscales y Gouneo en ‘Onegin’ de Cranko. Dirección musical: Vello Pähn. Múnich, Teatro Nacional, enero de 2024. © 2024 by Sergei Gherciu.Summerscales y Gouneo en ‘Onegin’ de Cranko. Dirección musical: Vello Pähn. Múnich, Teatro Nacional, enero de 2024. © 2024 by Sergei Gherciu.

Osiel Gouneo es un bailarín técnicamente muy dotado y con notables habilidades acrobáticas, que luce incluso en un papel tan poco virtuosístico como éste, muy en especial en sus giros y en su función de acompañante de la primera bailarina, todo lo cual es muy grato a la vista. El problema es que la vertiente dramática del personaje y la representación de su psique se quedan algo cortas. El dandismo de Onegin es tratado de manera bastante convencional, sin insinuar el abismo que oculta. Los cambios afectivos no parecen ser parte de un proceso, son saltos. Al final Onegin resulta una figura estereotipada y más bien superficial. Sólo en el tercer acto se percibe una mayor intensidad, precisamente en la desesperación del personaje al ser rechazado por Tatiana, pero sin que se advierta nada de la dolorosa maduración que ha alcanzado en el curso de los años que no aparecen representados en escena. En resumen, una interpretación técnicamente irreprochable, pero estereotipada y no lo bastante profundizada en su faceta dramatúrgica. 

Laurretta Summerscales es una bailarina competente, con un port de bras no muy seductor, capaz de hacer un buen trabajo con las puntas, muy precisa y segura en todos sus pasos y gestos. Sus movimientos delatan fuerza. En algunos pasajes esta energía da lugar a brusquedades y a movimientos no lo bastante pulidos. Ciertamente Onegin es un ballet dramático, pero la figura de Tatiana tiene una faceta lírica que aquí se echa de menos. Aunque muy bien acompañada por Osiel Gouneo en los pasos a dos, éstos no llegan a tener el vuelo poético ni la fluidez musical deseables. Los pasos y las frases coreográficas que éstos forman se suceden limpiamente, pero sin trazar un discurso orgánico. 

El gran Enrico Cecchetti reclamaba de sus bailarines que “cantaran los pasos” (y conviene entender este “cantar” como un belcanto belliniano). Pues bien, eso precisamente es lo que le falta a esta Tatiana. También en el ámbito dramático-psicológico la interpretación de Laurretta Summerscales resulta insuficiente. En el primer acto y en la primera escena del segundo vemos a una Tatiana bastante ñoña e incolora. En la escena del duelo el patetismo resulta algo tosco y estereotipado. Sólo en el paso a dos con Gremin, en el tercer acto, el personaje está en su lugar. Pero en la última escena se vuelve a perder la credibilidad ganada: en el paso a dos final con Onegin no se advierte la complejísima y contradictoria tempestad emocional que abruma al personaje. En esta interpretación vemos a una señora casada que lucha contra la tentación de ser infiel a su marido y prácticamente nada más. Al final, con gesto marcial y abrupto señala a Onegin la puerta para que se marche, eso es todo. 

En este mismo teatro, pero hace un cuarto de siglo, bailarinas como Judith Turos o Yelena Pankova sabían hacer este mismo mínimo gesto con elegancia y, sobre todo, convertirlo en revelación de un complejísimo conjunto de sentimientos e ideas imposibles de transmitir de modo más expresivo y sintético: como dice el refrán, una imagen valía más que mil palabras. 

‘Onegin’, ballet de Cranko. Dirección musical: Vello Pähn. Múnich, Teatro Nacional, enero de 2024. © 2024 by Sergei Gherciu.‘Onegin’, ballet de Cranko. Dirección musical: Vello Pähn. Múnich, Teatro Nacional, enero de 2024. © 2024 by Sergei Gherciu.

La Olga de Margarita Fernandes, quien debutaba en este papel, es una verdadera delicia. Desde el punto de vista técnico su interpretación es irreprochable y muestra a una intérprete fiable y de grandes cualidades. La configuración del personaje es muy acertada: Olga aparece en el primer acto como una personalidad despreocupada y lúdica; en la escena del baile en el segundo acto va evolucionando hacia una coquetería cada vez más veleidosa e ingenuamente provocativa, inconsciente de la seriedad de la situación, arrastrada por la danza e incitada por Onegin; en la escena del duelo se ha producido un cambio radical, la desesperación es auténtica. Una interpretación absolutamente convincente. No menos satisfactorio es el Lenski de António Casalinho, un bailarín elegante, de impecable técnica y gran musicalidad. Su jeté es enérgico, sus ejes perfectamente centrados y su trabajo de pies muy preciso. El Lenski de António Casalinho es vital, extrovertido, muy sensible y psicológicamente creíble gracias a una muy cuidada e inteligente matización de los tormentosos afectos del personaje. No se puede pedir más.

Aunque el personaje de Gremin no ofrece ocasiones de lucimiento, Matteo Dilaghi sabe otorgarle un relieve poco habitual, al tiempo que cumple con toda eficiencia su principal cometido, que es acompañar a Tatiana en el paso a dos del tercer acto. La Larina de Séverine Ferrolier resulta demasiado vivaz y juvenil: más que la madre parece la tercera hermana de Tatiana y Olga.

La orquesta sonó compacta, con cuerdas bien empastadas y excelentes vientos y percusión. La fina dirección orquestal de Vello Pähn estuvo muy equilibrada entre la contención y el patetismo necesario en muchos pasajes. El fraseo y los tiempos conjugaron perfectamente musicalidad y fidelidad al estilo del compositor con la flexibilidad que requiere el acompañamiento de los bailarines. Precisamente en el plano rítmico se advirtió claramente este hábil equilibrio, pues la partitura se oyó en todo momento bailable, sin por ello perder calidad melódica ni fuerza expresiva. Especialmente la versión de los pasajes de Francesca de Rimini, que constituyen la última escena, tuvo un muy alto nivel musical. En conjunto, una interpretación mucho más que satisfactoria y que demuestra que el ballet no está reñido con la excelencia puramente musical.

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