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Samuel González Casado
martes, 23 de enero de 2024
Roberto González Monjas © OSCyL Roberto González Monjas © OSCyL
Valladolid, viernes, 12 de enero de 2024. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Roberto González-Monjas, violín y dirección. Respighi: Las fuentes de Roma. Mozart: Concierto para violín n.º 4 en re mayor, K. 218. Vaughan Williams: La alondra en ascenso. Respighi: Los pinos de Roma. Ocupación: 85 %.
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El concierto de abono n.º 11 fue de esos en los que, por motivos diversos, se produce una sintonía brutal entre director, público y orquesta, y todo el mundo se implica incluso en lo que no se oye. La clave del éxito, evidentemente, está en el derroche de conocimiento y energía del director, pero también en un programa que curiosamente se justificó de forma terrible en el libro de temporada: lugares relacionados con la trayectoria de González-Monjas (supongo que profesional —sin suecos ni suizos ni colombianos—, porque si es formativa quizá se podría añadir a Luis de los Cobos, Tomas Bretón y otros cuantos).

Evidentemente esta particular excusa solo puede ser ligeramente útil en el ámbito interpretativo: se nota que el director hizo mucho Respighi con Pappano cuando era concertino de Santa Cecilia, por ejemplo; o en su manera de afrontar Mozart, evidentemente más austriaca que alemana; pero es muy pobre relacionar las obras por motivos personales en un concierto de temporada, cuando se pueden decir tantas cosas con un programa pergeñado de forma ortodoxa, desde la naturaleza estilística o histórica de las obras. La excusa de hoy parecía casi un homenaje, y desde luego González-Monjas aún no está para esas cosas.

Pese a esto, he incluido el programa como una de las razones del éxito por su variedad y ritmo, y ello está directamente relacionado con el título de este texto: no solo la sucesión de autores constituía una especie de camino y retorno muy afortunado, sino que parece imposible que se pueda exprimir más el contraste (dinámicas, estilos, ambientes) entre obras, desde la intimidad de La alondra en ascenso, interpretación delicadísima y memorable en todos los sentidos y especialmente de Roberto como solista, hasta la brutalidad de la conclusión de Los pinos de Roma, quebrantadora de células ciliadas. El hecho de que González-Monjas ejerciera también de solista añadió otro punto inusual a un concierto que ni en una mala noche hubiera sido aburrido: lo espectacular puede partir tanto de un susurro como de un tutti.

El concierto para violín de Mozart fue muy interesante, aunque el solista empezara impreciso, sobre todo en algunos ataques iniciales, y la orquesta me pareciera demasiado compacta y falta de gracia (hubiera estado bien haber tenido más tiempo para trabajar este aspecto en ensayos, pero es lo que hay). Como solista González-Monjas fue mejorando su prestación, siempre ligera y deliciosamente kreisleriana: en el segundo movimiento hubo fraseos de gran calidad, en su estilo de trabajar la línea para transmitir un sentido que se imbrique en una información artística coherente, y el Rondó fue técnicamente magnífico y además muy divertido, con esas sorpresas en la acentuación tan vienesas.

Ya Las fuentes de Roma habían augurado una buena sesión: me gustó mucho cómo sonó la orquesta, transparente, y cómo fluyó todo; quizás a la calígine de algunos momentos le faltó un poco de misterio. Los pinos se afrontó de otra manera: sin olvidar la transparencia, el derroche de energía quedó patente desde el principio, y se puso especial cuidado en las gradaciones dinámicas, un recurso de construcción que González-Monjas sabe que hay que dominar para conseguir esos efectos que tanto le gusta transmitir. Por supuesto, Los pinos de Roma se transformó en una película de suspense con una escena final de esas que se recuerdan siempre: después de un discurso musical muy rico, argumentado, llegó la catarsis, impecable técnicamente, que consiguió levantar al público del asiento sobre todo por ese plus energético, de compromiso inquebrantable, que el director transmite a la orquesta y —como bien sabe— al público.

El estudio del programa de mano no comienza nada bien, por la lamentable afirmación de que Respighi estudió con Rimski-Kórsakov, bulo aclarado ya hace años. Me gustaría saber de dónde se ha obtenido esa información, ya que ninguna monografía de referencia sobre Rimski incluye a Respighi como alumno suyo, y tampoco ninguna de Respighi. Otras informaciones del texto me parecieron algo más interesantes; pero los ladrillescos párrafos de página casi completa, la muy mejorable maquetación de los textos bilingües y la asombrosa concentración de errores ortográficos en la parte sobre Mozart provocaron que dejara el programa de mano sin terminar. 

El intento se había producido en la protección del hogar, con lo cual la nula presencia de la publicación en el concierto hizo que mi felicidad por las interpretaciones no se viera alterada; no solo en mi caso, como atestiguaron las animadas charlas de público y músicos en el bar del auditorio, un colofón cada vez más interesante en cuanto a intercambio de opiniones e información.

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