Alemania

Se regalan tapones para los oídos

J.G. Messerschmidt
miércoles, 7 de febrero de 2024
Simon Rattle © 2022 by Barbican Hall Simon Rattle © 2022 by Barbican Hall
Múnich, viernes, 2 de febrero de 2024. Isarphilharmonie. Hector Berlioz: Tres extractos de Romeo y Julieta Op. 17. Claude Debussy: Jeux, poema danzado. Charles Koechlin: Les Bandar-Log Op. 176. Maurice Ravel: La valse, poema coreográfico. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Director: Simon Rattle.
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En el guardarropa colgaba un cartel con el siguiente mensaje: “Tapones para los oídos gratis en el guardarropa número 1”. Me quedé un instante mirando el letrero sin salir de mi perplejidad. Jamás había visto un cartel semejante a la entrada de una sala de conciertos. Ciertamente, una orquesta alemana y un director británico interpretando un programa integramente francés inspiran una cierta desconfianza. ¡Pero tampoco es para tanto! ¿O tal vez sí? Vayamos por partes.

Evidentemente la “sinfonía dramática” Romeo y Julieta de Berlioz está lejos de ser una de las cumbres del sinfonismo romántico. Es más bien una obra bastante farragosa que, sin embargo, no carece de aspectos interesantes y casi experimentales para su época (sobre todo en el plano tímbrico) que fueron fecundos en la medida en que abrieron camino e inspiraron a compositores posteriores, como Wagner o Chaikovsky. 

Cuando una orquesta tan extraordinaria como la Sinfónica de la Radio de Baviera interpreta la obra, suponemos que su versión será al menos interesante. Y si una estrella tan unánimemente celebrada como Simon Rattle se toma la molestia de dirigirla, estamos casi obligados a creer que tiene algo que decirnos, que es capaz de mostrarnos facetas insospechadas de la obra y que nos presentará una lectura nueva y reveladora de una pieza a la que hasta ahora habíamos minusvalorado acaso injustamente. 

Pero no es así. La Sinfónica de la Radio de Baviera es un conjunto de sonido estupendo, pero, por su hondura y oscuridad, no ideal para el repertorio francés. Sin embargo y sin que la orquesta pierda su carácter propio, es tarea del director “regular” el colorido tímbrico para cumplir con las exigencias estilísticas de la obra. Desgraciadamente, Simon Rattle ni siquiera parece intentarlo. 

El primer movimiento (Romeo solo) suena sombrío, algo gutural y casi wagneriano, lo que es bastante problemático en una pieza que muestra claramente el influjo de la ópera belcantista italiana propia de la época en que fue escrita (1839). Aun así las cuerdas lucen un empaste perfecto y los metales son magníficos, si bien en algunos pasajes ahogan a aquéllas, lo que también hace una percusión demasiado contundente. El Scherzo no disimula su dependencia de Mendelssohn. Aquí las cuerdas hacen prodigios, igual que las arpas, mientras que el fraseo de las maderas, técnicamente irreprochables, resulta tediosamente banal. 

La lectura que Simon Rattle hace de la partitura es tan preciosista como estéril, con tiempos rígidos, sin la ligereza, la vitalidad y la magia imprescindibles en este movimiento, que según el programa de la sinfonía se refiere a Mab, reina de las hadas. En el tercer tiempo (Escena de amor) el preciosismo en los matices no evita que se eche de menos expresión, intensidad e impulso romántico. Tanto la dirección orquestal como la propia partitura hacen que al oyente este tiempo le resulte largo, muy, pero que muy largo...

Sin duda, Simon Rattle se acerca a Debussy con cuidado, buscando ante todo sacar a la superficie las refinadas sutilezas que encierra Jeux. Su lectura es decidiamente analítica, atenta al detalle, sobre todo en el plano tímbrico. El problema es que de tanto mirar los árboles y demorarse hasta en la última de sus hojas, se olvida de que forman parte de un bosque. La partitura llega a los oídos desmenuzada microscópicamente, sin que pueda reconocerse en ella la continuidad de un discurso fluído y coherente. Estamos ante una colección de exquisitos compases yuxtapuestos e inconexos. Este detallismo obsesivo exige tiempos monótonamente lentos, estáticos, que traicionan la naturaleza coreográfica de este poème dancé. La sensualidad, el impulso de la danza, el ensueño, todo esto falta. Jeux queda reducido a un primoroso paquete vacío.

Les Bandar-Log es una obra apenas conocida y que yo personalmente no había oído nunca anteriormente. Aún más que en el caso de Romeo y Julieta era de esperar, a modo de revelación, un buen motivo que justificase el desempolvamiento de esta poco frecuente partitura. En realidad se trata de una música incidental o banda sonora, pero sin sustento teatral ni fílmico. Es una interpretación musical de El libro de la selva de Kipling. Si realmente hiciera la función de música escénica o cinematográfica sería una partitura eficaz, pero como pieza de concierto es un intento fallido. Sin imágenes que acompañar, su eclecticismo y su carácter descriptivo, en general plagado de lugares comunes, resultan fastidiosos. Simon Rattle parece no percibir diferencias entre Berlioz y Debussy ni entre éste y Koechlin: también aquí sigue fiel a la misma árida minuciosidad con la que ha abordado las obras precedentes.

Al llegar a la obra de más entidad del concierto, La valse, se produce fatalmente un descalabro sin paliativos. Los criterios de Simon Rattle siguen siendo los mismos, inamovibles y siempre idénticos a sí mismos. Brilla por su ausencia cualquier rastro de danza. El color es oscuro y opaco, los tiempos cansinos y uniformes, la acentuación poco elegante. Tras casi dos horas de monotonía es inevitable empezar a quedarse dormido. Pero tampoco esto le es concedido al oyente, pues una percusión y unos vientos estruendosos le impiden conciliar el sueño. Por algún motivo en el guardarropa regalan tapones para los oídos...

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