Estados Unidos

Una interpretación memorable

Roberto San Juan
viernes, 23 de febrero de 2024
Jader Bignamini © 2024 by Artist Mangement Jader Bignamini © 2024 by Artist Mangement
Miami, jueves, 15 de febrero de 2024. Adrienne Arsht Center, Knight Concert Hall. Michael Abels: Emerge; Edward Elgar: Concierto para cello en Mi menor, Op. 85; Nikolai Rimsky-Korsakov: Scheherazade, Op. 35. Alisa Weilerstein, cello. Detroit Symphony Orchestra. Dirección: Jader Bignamini.
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La Orquesta Sinfónica de Detroit se encuentra realizando un tour por Florida bajo la batuta de su director titular, el italiano Jader Bignamini, y junto con la cellista Alisa Weilerstein. El programa incluye Emerge, de Michael Abels, el Concierto para cello de Elgar y la suite orquestal Scheherazade de Rimsky-Korsakov, si bien en West Palm Beach, donde hay programados dos conciertos, esta última pieza se alterna con la Sinfonía nº 6 ‘Patética’ de Chaicovski. 

Me ha resultado interesante escuchar Emerge, una obra de la post-pandemia y basada, en cierta medida, en ésta. Compuesta en 2022, la pieza surgió como un encargo de tres orquestas -Sinfónica de New Jersey, de Detroit y Nacional- al compositor Michael Abels (Arizona, 1962). Éste se imagina un grupo de músicos profesionales que vuelven a hacer música juntos tras un largo período y recuerdan la alegría y la disciplina de la interpretación orquestal. Y es que, en una época donde los contagios por Covid parecen estar al alza (tras mucho tiempo sin verlo, me llamó la atención que varias personas del público y uno de los contrabajistas de la orquesta usaran mascarilla), conviene no olvidar de dónde venimos.

La obra, que comienza con los músicos afinando a partir del La del oboe, tiene una duración de apenas 10 minutos, está escrita en un único movimiento y utiliza un lenguaje tonal. Buena parte de su estructura se articula con ostinatos melódico-rítmicos y pasajes de pregunta/respuesta entre distintas secciones orquestales. También hay pasajes con la cuerda en unísono y en octavas, alternados con intervenciones solistas de la concertino y, más breves, de otros instrumentos como el primer viola o el primer cello. La plantilla instrumental es amplia y resulta una obra de escucha agradable que fue muy aplaudida por el público.

El Concierto para cello de Elgar que siguió es uno de los grandes conciertos del siglo XX para este instrumento. Compuesto en 1919 y estrenado en 1922, la obra adquirió una proyección internacional tras las interpretaciones de la legendaria Jacqueline du Pré con la Sinfónica de Londres en 1961. Pues bien, la versión de Alisa Weilerstein -que lucía un traje de color rojo intenso- me recordó a ella por la profunda introspección de sus emociones, la plenitud de su sonido y la pasión de su gestualidad. El intenso vibrato en el recitativo inicial del cello solista fue el preludio de lo que nos esperaba como público, puesto que Weilerstein puso su magistral técnica al servicio de la expresión. Mientras que el breve ‘Adagio’ del tercer movimiento fue una obra de arte en sí mismo, con un fraseo perfectamente marcado en un amplio arco melódico muy bien matizado, el último movimiento supuso un admirable e intenso despliegue virtuosístico por parte de la solista. La orquesta y su director estuvieron magníficos; destacaría, por la dificultad de su ejecución, el pianissimo orquetal que acompaña al cello solista, también en pianissimo, en la sección final del movimiento.

El público, puesto en pie, aplaudió con ganas y forzó una propina que, de nuevo, fue para sostener la respiración, ya que la versión que escuchamos de la ‘Sarabande’ de la Suite para cello nº 4 de Bach combinó arquitectura puramente sonora y sentimiento expresivo en un bello equilibrio.

Tras un breve descanso llegó el momento del pleno lucimiento orquestal con la interpretación de la suite Scheherazade. Bignamini dirigió de memoria y demostró desde el podio un dominio absoluto de la obra en toda su riqueza tímbrica y su complejidad rítmica, anticipándose en sus gestos a los posibles problemas de ajuste que pudieran surgir. Como ejemplo, la precisión en la ejecución de los pizzicati de la cuerda en el segundo movimiento -‘La historia del príncipe Kalendar’- o del ritmo con puntillo, con amplia riqueza agógica, en el tercero -‘El joven príncipe y la joven princesa’-.

La obra contiene, además, destacadas intervenciones solistas de numerosos instrumentos -cello, clarinete, oboe, flauta, fagot, trompa…- que fueron interpretadas con brillantez. La concertino Robyn Bollinger realizó un magnífico trabajo en sus pasajes a solo o con el acompañamiento del arpa, a modo de leitmotiv para representar musicalmente a la propia esposa del sultán. El viento metal tuvo también sus momentos de lucimiento con un sonido pleno y bien afinado, como la magnífica intervención en el último movimiento, con la exposición del tema del naufragio en toda su grandeza y solemnidad acompañado por el tutti orquestal.

En la ronda de aplausos, que fueron muy generosos, el director reconoció el trabajo individualizado de los solistas y el público abandonó la sala consciente de haber presenciado una interpretación para el recuerdo. 

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