España - Cataluña

Un debut esperado

Jorge Binaghi
martes, 12 de marzo de 2024
Cassard y Dessay en Barcelona © 2024 by Elisenda Canals / Life Victoria Cassard y Dessay en Barcelona © 2024 by Elisenda Canals / Life Victoria
Barcelona, martes, 5 de marzo de 2024. Auditorio Axa. Sala Victoria de los Ángeles. Natalie Dessay, soprano y Philippe Cassard, piano. Life Victoria. Lieder, melodías, piezas y arias de Fanny Mendelssohn, Clara Wiek, Alma Mahler, E. Chausson, F. Poulenc, Debussy, Massenet y Gounod. Bises: Mozart y Delibes
0,0004448

Coincidiendo con la imposición del nombre de la patrona de la Fundación Victoria de los Ángeles a la sala principal del hasta ahora llamado Auditorio Axa, muy amplio, cómodo y de buena acústica, se produjo por fin el debut de uno de los grandes nombres de la lírica en calidad de cantante de cámara. Tras sus muchos triunfos (y legítimos) en el Liceu la gran Natalie Dessay hace tiempo que casi ha desaparecido de los escenarios líricos y salas de concierto salvo para algunos con canciones de música ligera (Michel Legrand) y algunas actuaciones teatrales que parece continuarán dentro de poco con un Goldoni en una sala parisina.

El año pasado fui especialmente a Paris para escucharla en un concierto que por el programa era idéntico a éste (aquí ha habido un número y un bis más). Ya veo alguna ceja alzada diciendo ‘con lo poco que hace, además repite programa’. Poco a poco. El recital de entonces fue excelente, y además dialogaba con el público, cosa que aquí obviamente no podía hacer.

Al final estaba tan eufórica que se quedó a hablar con parte del público (en especial los muchos jóvenes, varios de ellos estudiantes de canto) y me acerqué un momento a saludarla. Pregunta obvia en este caso: ‘Señora, ¿cómo es que ha mejorado lo que no parecía casi mejorable?’. Sonrisa a medio camino entre la picardía y la conmiseración: ‘Fácil. Lo profundicé mucho más’.

Si uno toma los programas de los grandes liederistas ve que tienen variedad, pero que, por ejemplo, en una gira, los repiten prácticamente idénticos, y por esa misma razón, hoy bastante caída en desuso.

Como quiera que sea no sólo apareció más concentrada sino, luego de los tres primeros lieder de Fanny Mendelssohn, con la voz en perfecto estado y un dominio soberano no sólo de técnica, lengua y estilo, sino mucho más libre gestualmente. Uno recuerda las admirables manos y las mirada de la gran Crespin, pero las de ‘la’ Dessay (en especial su juego de brazos) no le van a la zaga. Nos hizo ver un ‘ala’ y nos hizo sentir unos cabellos, y ya en Clara Wieck cantó un por todo concepto memorable ‘Liebst du um Schönheit’.

Además agregó un nuevo lied respecto al programa parisino, el fantástico ‘Er ist gekommen’. Tras una romanza para piano solo de la misma compositora muy bien ejecutada (tal vez con un punto de vehemencia) por Cassard, llegaron los tres finales de la prima parte de la mano de Alma Mahler, y especialmente en los dos últimos ‘Laue Sommernacht’ y ‘In meines Vaters Garten’ el juego supremo e insinuante trajeron a la memoria de varios su irresistible y única Zerbinetta de la Ariadna en Naxos de Richard Strauss.

Pausa después de nutridos aplausos y algunos bravos. Como siempre hay alguien que debe recordar los diez años de oro de la soprano, hubo el inevitable ‘ah sí, pero no tiene ya el sobreagudo’. Seguramente no; les pasa a casi todas las sopranos de coloratura (y conservarlo no significa más que una técnica de hierro mantenida muchas veces a costa de cosas como la inteligibilidad del texto o la interpretación ‘liberty’ para ser eufemístico). Y aquí no hacían falta y no estaban escritos.

Si en vez de años de oro lo son de plata sólo confirman que será imposible no evocar a la Dessay entre los grandísimos que retuvieron porque tuvieron y porque con dos notas y un movimiento son capaces de darnos la posibilidad de al menos asomarnos a la comprensión real de una composición musical.

Lo que era verdad ya en alemán subió de punto cuando en la segunda parte pasamos a su lengua materna. Si aceptó que se proyectaran imágenes de los roles que compartió con De los Ángeles (Mélisande y Marguerite, además de una Condesa mozartiana que ella no ha abordado nunca en su totalidad, y es lógico) no quiso subtítulos porque consideró que distraían más que ayudaban al público. Qué razón tuvo.

Tras una magnífica versión de ‘La chanson perpétuelle’ de Chausson, llegó un momento fenomenal que superó a la versión ya magnífica que diera en París de esa joya que es ‘La dame de Monte-Carlo’. Que los intérpretes son diversos y nos pueden dar versiones bien diferentes entre sí de un personaje o una canción se pudo comprobar aquí. No sólo con respecto a sí misma apareció pletórica de matices, de claroscuros, de ironías, amarguras y coqueterías, sino que, con la otra gran intérprete actual de referencia de la pieza, ‘la’ Antonacci, se obtienen dos imágenes no diría antagónicas pero sí complementarias que hacen justicia al texto de Cocteau. Por cierto, al inicio tuvo una laguna y, muy decidida, dijo ‘volvemos a empezar’ y las sonrisas comprensivas se transformaron al final en una ovación indecible.

Y después vino la ópera. La transición no se hizo notar porque eligió la breve y maravillosa canción de la torre de la protagonista de Pelléas et Mélisande de Debussy a la que siguió sin solución de continuidad (intentó en todo lo posible evitar que la gente aplaudiera entre números y casi lo logró) con otra versión pianística, esta vez la de la conocida Élégie de Massenet, muy en carácter Cassard.

Y a continuación lo que en París sorprendía -y aquí también- pero que en aquella ocasión explicó. Hay un aria de Le Cid del enorme Massenet, la principal de la protagonista, Chimène, que como se sabe es patrimonio de mezzos, sopranos spinto o, cuando existe, una ‘Falcon’, bien lejos de las características del instrumento de la Dessay. Pero, explicaba, la había escuchado tantas veces en lecciones y concursos y le gustaba tanto que se decía ‘no podré cantarla nunca’. Y ahora se da el gusto. Y el resultado es convincente y algo más, sin forzar sus medios.

Terminó el recital con otro papel que nunca cantó en su totalidad, la Marguerite del Faust de Gounod con el aria de las joyas (sin recitativo precedente) donde volvimos a escuchar trinos como deben ser, incluso algunos de esos agudos que alguien echaba de menos, y como en todo el concierto un dechado de piani, messe di voce, legato que hicieron rugir al respetable.

Como bis ofreció, igual que en París, la cavatina de la Condesa, ‘Porgi amor’ y sólo puedo repetir las líneas precedentes. Pero cuando nadie se lo esperaba agregó un breve fragmento de Lakmé, uno de los roles que ha dejado marcado para siempre, que fue pura y simplemente una delicia.

Me llamó la atención que en ocasión tan señalada y con mucha prensa presente no hubiera representación oficial alguna del Liceu. Ellos se lo han perdido.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.