Estados Unidos

Perfección estilística, y más

Roberto San Juan
lunes, 18 de marzo de 2024
Daniil Trifonov © 2021 by Darío Acosta Daniil Trifonov © 2021 by Darío Acosta
Miami, jueves, 7 de marzo de 2024. Adrienne Arsht Center, Knight Concert Hall. Arvo Pärt: Swansong; W. A. Mozart: Concierto para piano en Mi b Mayor nº 9 K. 271; S. Prokofiev: Selección de Romeo y Julieta, Op. 64. Daniil Trifonov, piano. Rotterdam Philharmonic Orchestra. Dirección: Lahav Shani.
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Daniil Trifonov entró y salió del escenario con prisa, como quien teme perder un tren o un avión. Pero, sin duda, lo que este pianista no ha perdido es el tren de la vida, ya que a sus 33 años recién cumplidos ha desarrollado una amplia carrera internacional, y entre su rápida entrada y salida a escena pudimos escuchar una de las más exquisitas versiones de un concierto mozartiano.

Desde los primeros compases del ‘Allegro’ inicial, el solista dejó ver los rasgos que caracterizaron su interpretación. Además de una técnica depuradísima, Trifonov despliega una cuidada variedad de articulaciones y su pianismo persigue de manera casi obsesiva la perfección estilística. Los pasajes con rápidas figuraciones en la mano derecha son ejecutados con precisión y pureza de estilo y de sonido, con un uso muy limitado del pedal derecho y un toque aterciopelado de poco calado. La cadencia del movimiento fue un epítome de su pianismo, a lo que hay que añadir que, en ausencia de la masa orquestal, se escucharon las profundas respiraciones del solista. La articulación perfecta y el cuidado fraseo fueron los rasgos que destacaría del maravilloso segundo movimiento, un ‘Andantino’ donde la delicadeza de los pasajes en pianissimo se combinó con el perfecto acompañamiento orquestal, resultando sorprendente cómo una línea melódica de tal sencillez en el teclado puede, en las manos adecuadas, ser soporte de semejante carga emocional y semejante pathos.

El ‘Presto’ final es un Rondó donde, de manera similar al primer movimiento, el pianista se lució en las rápidas figuraciones de la mano derecha y, además, mostró una articulación caracterizada, en términos bélicos, por “ataque y retirada”, que ejecutó de manera impecable. Tras varias rápidas entradas y salidas a escena, los continuados aplausos del público forzaron la propina, que fue el segundo movimiento, ‘Adagio’, de la Sonata para piano en Fa Mayor nº 12 K. 332, también de Mozart, en una versión de exquisita delicadeza.

El concierto mozartiano, conocido con el sobrenombre de Jeunehomme tras un error acarreado durante casi un siglo -como explicaba detalladamente Jake Clina en las notas al programa- fue, sin duda, el plato fuerte de la primera parte de la velada. Pero previamente había sonado una breve e interesante obra orquestal de apenas 6 minutos de duración de Arvo Pärt. Son bien conocidas las profundas raíces religiosas de la música del compositor estonio y Swansong es una adaptación creada a partir de Littlemore Tractus, obra coral con acompañamiento de órgano inspirada por un sermón escrito por el sacerdote británico John Henry Newman (1801-1890), quien abandonó la iglesia anglicana para unirse al catolicismo, llegando a ser cardenal. Escrita para una amplia plantilla orquestal, Swansong es una obra tonal, con un marcado carácter reflexivo y espiritual, con amplias frases melódicas y prolongados pasajes legato en la cuerda, que fueron interpretados de manera muy cuidada.

Tras el descanso, la segunda parte del concierto estuvo íntegramente dedicada a una selección consistente en 10 escenas, de las 13 originales, del ballet Romeo y Julieta, de Prokofiev. La disposición de la plantilla orquestal sobre el escenario, que ya en la primera parte no había sido, por así decir, la convencional, se mostró aquí en toda su novedad, con el arpa frente al director, tras una primera fila con los cellos a la izquierda y las violas a la derecha. Los contrabajos se ubicaron tras el viento madera y los metales ocuparon el fondo derecho, a excepción de las trompas, ubicadas en el fondo izquierdo, donde también estaban piano y celesta. Bombo y resto de percusión ocuparon la parte trasera central e izquierda, respectivamente.

Cuando en 2016 se anunció que el podio de la Filarmónica de Rotterdam sería ocupado por el israelí Lahav Shani, este pasó a ser el más joven director titular en la historia de la formación. Sin duda la energía, convicción, seguridad y entrega demostrada aquí le habrán ayudado también entonces para conseguir el puesto. Shani dirigió de memoria y su versión mostró muy claramente las diferencias de carácter entre las diversas escenas, ya sea la grandiosidad de ‘Los Montesco y los Capuleto’, el aire desenfadado de ‘La joven Julieta’, o la plenitud del sonido orquestal en la ‘Escena del balcón’, con la cuerda muy bien empastada y un cuidado diminuendo final. La escena siguiente, ‘La muerte de Teobaldo’, destacó no sólo por ser la de mayor extensión, sino, sobre todo, por su ritmo trepidante, con breves células melódico-rítmicas, intensos pizzicati y pausas orquestales muy teatrales. La escena final, ‘Romeo en la tumba de Julieta’, estuvo cargada de emoción.

A lo largo de casi todas las escenas hubo destacadas intervenciones solistas de diversos instrumentos -flauta, cello, oboe, fagot, la concertino,…- que el director, en la ronda de aplausos, reconoció. A pesar de que el programa de mano, tanto en su versión en papel como online, indicaba claramente las 10 escenas como parte de una única obra, el público, que en el concierto mozartiano de la primera parte había aplaudido entre movimientos -creando, creo, un cierto malestar al solista-, siguió aquí la misma pauta y también aplaudió al final de casi cada una de las 10 escenas. Al concluir la obra, con el director aún con los brazos alzados y sin dar tiempo a disfrutar de ese mágico silencio final, el público rompió en sonoros aplausos que se prolongaron más de lo que suele ser habitual en Miami. Su insistencia fue premiada con una propina, consistente en la versión orquestal de la Marcha en Si b Mayor Op. 99, también de Prokofiev. 

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