España - Galicia

Un programa natural

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 26 de marzo de 2024
Jessica Cottis © by Kaupo Kikkas Jessica Cottis © by Kaupo Kikkas
Santiago de Compostela, jueves, 21 de marzo de 2024. Auditorio de Galicia. Alejandro Oliván, saxofón. Real Filharmonía de Galicia. Jessica Cottis, directora. Sergei Prokofiev: Sinfonía nº 1 en Re mayor, op. 25 “Clásica”; Peter Sculthorpe: Island Songs; Joseph Haydn: Sinfonía nº 104 en Re mayor “Londres”. Ocupación: 75%
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Parece ser que en los últimos días se ha estado debatiendo acerca de lo que debe ser el “repertorio natural” de la Real Filharmonía de Galicia. En mi opinión, la respuesta reside en dos factores: aquellas piezas que se ajusten a la plantilla ordinaria de la orquesta (un dato indiscutible), y que valgan la pena (un dato discutible hasta el infinito). El programa de esta noche reúne ambos requisitos, con el añadido de la variedad temporal, pues se compone de una obra del siglo XVIII, otra del siglo XX, y una tercera del siglo XXI.

Cuando estuvo aquí hace cuatro años la australiana Jessica Cottis (Sale, Victoria, 1979) me causó muy buena impresión, y hoy la he confirmado. Actual titular de la Sinfónica de Canberra, Cottis es una directora muy expresiva, de gran sensibilidad, con el gesto y el concepto muy claros, y que se entiende bien con la Real Filharmonía. Por eso el resultado artístico fue más que satisfactorio, a la vista de la reacción del público y de la orquesta. Otra cosa es que un servidor compartiese aquel concepto a lo largo de todo el concierto, como aclararé enseguida.

La Sinfonía “Clásica” de Prokofiev no arrancó demasiado bien, con una cuerda muy dura que no se engrasó hasta la fuga de la sección central de ese primer movimiento. A partir de ahí todo fue como una seda. Cottis tuvo claro que en esta obra el secreto está en el equilibrio de los planos orquestales: cada instrumento debe escucharse de manera diferenciada en cada compás, al tiempo que el discurso debe fluir con la ligereza de una pieza camerística; y lo consiguió. La delicadeza del Larghetto con una cuerda finísima, la original e irónica retención del tiempo en el arranque y la recapitulación de la Gavotta, y la vivacidad transparente del Finale (muestra de que el Prokofiev veinteañero ya era un maestro de la orquestación).

Leo en el programa de mano que Island Songs del compositor australiano Peter Sculthorpe (1929-2014) se estrenó en el año 2012 por quien hoy debía asumir la parte solista, Amy Dickson, pero lamentablemente tuvo que cancelar por asuntos familiares. También leo que la obra quiere evocar cantos aborígenes de una isla remota del norte de Australia. De ahí sus evidentes connotaciones tropicales: veinte minutos en dos partes de música muy agradable para saxofón, orquesta de cuerda y percusión, en la que destaca el contraste de la parte solista -tirando a lamento- con una cuerda ondulante -que a veces se ocupa de onomatopeyas ornitológicas- y una percusión discreta pero muy sabrosa.

El oscense Alejandro Oliván mostró fuelle sobrado, primero en el saxo soprano y después en el saxo alto; sin embargo -con todas las reservas de alguien que escuchaba la pieza por primera vez- me dio la impresión de que no las tenía todas consigo, y no percibí la calidez propia de su instrumento. Por el contrario, Cottis sí hizo que la orquesta se sintiese como pez en el agua y acompañó de manera cariñosa y envolvente.

Joseph Haydn, que forma parte incontestable del “repertorio natural” de la Real Filharmonía, no ha sido demasiado habitual en los atriles de sus directores artísticos (a Ros-Marbà no le salía bien, Paul Daniel -aun siendo inglés- ni se acercaba, y está por ver qué tal se le da a Baldur Brönnimann). Jessica Cottis reparó -en parte- esa carencia con la Sinfonía “Londres.” Su versión me gustó en lo que tuvo de exuberancia y entusiasmo, en las ganas de agradar y sorprender al público (al fin y al cabo, eso es lo que pretendía su autor), cosa que a todas luces logró.

No me gustó que Cottis optase por una ejecución radicalmente historicista, reñida con la elegancia que también perseguía el compositor: cuerda dura sin vibrato, ataques secos, timbalería de época, y unos tiempos rápidos que arriesgaron en el primer movimiento, que no obstante me parecieron atinados en los movimientos centrales, y que arruinaron el Finale porque muchas corcheas se quedaron en el tintero sonoro. En este estilo aquí mismo he escuchado a Marc Minkowski hacer un Haydn -casi- perfecto; pero, por ejemplo, también recuerdo haber disfrutado -en otro lugar y en otro siglo- de la perfección que sí alcanzó Lovro von Matacic tocando la Sinfonía “El Oso.”

Hablando de cosas naturales, la plantilla natural de la Real Filharmonía tiene un único percusionista: José Vicente Faus. Creo que él fue, con Cottis, el protagonista del concierto: por su contundencia del timbal en Haydn; por su pluriempleo en la pieza de Sculthorpe (de las claves a las congas, pasando por el gong rasgado); y sobre todo por su acierto y exquisitez en la diversidad de acentos y dinámicas que hacen del timbal en la Sinfonía “Clásica” uno de los solistas principales de la obra.     

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