España - Madrid

Recuperar la sonoridad del pasado

Teresa Cascudo
viernes, 26 de abril de 2024
Chouchane Siranossian © 2024 by Nikolaj Lund Chouchane Siranossian © 2024 by Nikolaj Lund
Madrid, jueves, 18 de abril de 2024. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Les Siècles. François-Xavier Roth, dirección. Chouchane Siranossian, violín solista. Beethoven: Concierto para violín op. 61. Mozart: Sinfonía nº 42 “Júpiter”. Ciclo Ibermúsica. Ocupación: 95 %
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François-Xavier Roth es una de las mejores cosas que le han podido ocurrir al mercado discográfico de la clásica. Desde 2007, ha abordado un amplio repertorio que llega hasta los siglos XX/XXI, incluyendo obras de Ligeti, Panufnik o Manoury, así como del español Alberto Posadas. Algunos de los mejores cedés que he tenido la oportunidad de escuchar en los últimos meses han sido su versión de Pelléas et Mélisande de Debussy (Harmonia Mundi, 2022) y el que grabó juntamente con la violinista Isabel Faust, dedicado a Stravinsky (Harmonia Mundi, 2023). 

La música francesa del siglo XIX es una de sus especialidades, pero también se ha adentrado en el repertorio sinfónico de autores como Strauss o Wagner. Situar a Roth bajo la etiqueta del movimiento de la interpretación históricamente informada sería reductor. No obstante, la investigación y la experimentación en torno a la sonoridad histórica de la música del pasado son dos elementos esenciales en su trabajo. De hecho, una de las más evidentes peculiaridades del proyecto Les Siècles, fundado en 2003, es que se centra en la utilización de instrumentos contemporáneos de cada una de las obras que interpretan. La otra es el altísimo nivel técnico y artístico de todos y cada uno de sus miembros.

En Madrid, Roth y Les Siècles se presentaron con dos obras indiscutibles del canon de la música clásica: el Concierto para violín de Beethoven y la última sinfonía de Mozart. La solista en el op. 61 de Beethoven fue Chouchane Siranossian, que se presentaba, tal como Les Siècles, por primera vez en Ibermúsica. El concierto se dedicó a la memoria de Sir Neville Marriner, que hubiera cumplido 100 años el día en el que se realizó. 

En lo que concierne a Siranossian, su trabajo ha sido reconocido en el circuito de la música antigua, aunque, tal como Roth, también se ha adentrado en el repertorio del siglo XIX en adelante, llegando hasta la creación contemporánea. En su discografía, brilla la música de Locatelli —autor del endiablado capricho, puramente virtuosístico, que ofreció como bis— juntamente con la de, por ejemplo, Romberg o Mendelssohn. Acompaña a Roth en la idea, no solo de usar instrumentos contemporáneos, sino también de intentar reconstruir la sonoridad idiomática propia de cada instrumento o ensemble, pero intentando situarla dentro de tradiciones concretas. 

Así, en el caso del op. 61 beethoveniano, utilizó una edición anotada por el violinista Pierre Baillot, según explica Roth en uno de los vídeos de presentación que grabó para el Théâtre des Champs-Elysées de París el año pasado, cuando estrenaron este programa. Las anotaciones de Baillot se pueden consultar en la Mediabase de la Fundación Bru Zane.

Máximo representante de lo que podríamos denominar la escuela francesa de violín, Baillot fue una de las figuras más influyentes de la primera mitad del siglo XIX. Hasta podríamos llegar a afirmar que nuestra idea de “música clásica” se deriva, en gran medida, del repertorio de los conciertos camerísticos que organizó de manera regular en París entre 1818 y 1840. La experiencia o el simple conocimiento de aquellas soirées fue tan importantes para algunos miembros de la burguesía defensora del estado liberal como, ya en la segunda mitad del siglo XIX, lo sería, en un contexto completamente diferente, el Festpielhaus de Bayreuth. 

El fenómeno de la difusión de la noción de música clásica de cámara en España lo ha estudiado, por ejemplo, Carolina Queipo en sus investigaciones sobre la relación de la familia Adalid, de origen riojano pero afincada en A Coruña desde el siglo XVIII, con la música.

En el concierto de Ibermúsica, la recuperación de las prácticas musicales del pasado se plasmó, en lo que respecta a Siranossian y, en general, al violín histórico —con cuerdas de tripa y que se toca con arcos más ligeros—, en un sonido particularmente cálido y suave. El resto de familias instrumentales ofrece esos mismos matices de claridad y suavidad: desde los resonantes timbales hasta las trompas naturales, menos brillantes y de sonoridad, por así decirlo, más rústica que las actuales. La proyección es menor a la que nos han acostumbrado las orquestas modernas, pero su calidad sonora es más rica y compleja. De hecho, este fue el aspecto más interesante del concierto.

Las grabaciones pasan por procesos de edición y masterización que se adaptan a los aparatos de reproducción más utilizados. Por eso, resulta casi imposible, a través de la escucha de cedés, hacerse idea de la amplia gama de colores que es posible llegar crear con instrumentos históricos. Por supuesto, es obvio que apreciar esta paleta sonora en obras del gran repertorio no implica que tengamos que deshacernos de las grabaciones de referencia. Al menos, yo no voy a dejar de gustar de la 41 de Beecham o de Klemperer —por dar un par de referencias legendarias y muy diferentes entre sí— ni del op. 61 de Oistrakh, Francescatti, Milstein o Heifetz, entre otras muchas versiones. 

De lo que se trata es de disfrutar del enfoque más sutil en el uso del vibrato, con momentos en los que se llega a omitir por completo, o de la articulación más delicada y del fraseo más flexible y de variados matices. Es lo que ofreció Siranossian, que no les tiene miedo a los portamentos y exhibe un control altísimo del instrumento, algo exigido por Beethoven que, además de haberse servido abundantemente en la partitura del registro agudo, le pide al instrumento solista intensidades de hasta pianississimo (ppp).

En lo que concierne a la dirección de Roth, por una parte, la elección del concierto op. 61 se puede relacionar con su proyecto de grabar la integral de las sinfonías de Beethoven, iniciado en 2020. Por otra parte, la sinfonía “Júpiter” es una obra bastante habitual en su repertorio de concierto. Su entendimiento con los miembros de Les Siècles salta a la vista. Extrae de la orquesta un sonido equilibrado y bien empastado, al que, no obstante, es necesario adaptarse en el contexto acústico que ofrece una sala del tamaño de la sinfónica del Auditorio Nacional. En ninguna de las dos obras programadas buscó el gran impacto emocional —algo, por lo demás, casi imposible de conseguir con este tipo de instrumentos en un espacio que no sea, a su vez, también histórico.

Así, en la magnífica sinfonía de Mozart, dio la impresión de que su interés estaba sobre todo en exponer el material temático con un nuevo colorido, aunque sin perder nunca de vista el valor narrativo que tiene en esta partitura la combinación de diferentes tópicos y estilos musicales. A Roth no le ocurre como a otros directores que parecen reducir algunas partituras a una sucesión de efectos instrumentales. En francés se utiliza la expresión “rythmitien” (rítmico) como sustantivo. Es la que se me ocurre para describir a Roth, cuyo primer impulso, por así decirlo, rítmico-colorístico se mantuvo imparable hasta alcanzar el finale. Las pausas un tanto exageradas —evidentísimas en los primeros compases— afianzaron a esta impresión, puesto que, al retenerlo por instantes, intensificaban ese ímpetu. En el Molto Allegro, Roth y Les Siècles levantaron ante nuestros oídos la monumental arquitectura contrapuntística concebida por Mozart con agilidad y claridad extraordinarias.

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