Francia

Emociones francesas

Francisco Leonarte
lunes, 13 de mayo de 2024
Nadia y Lili Boulanger en 1913 © 2019 by Wikipedia Nadia y Lili Boulanger en 1913 © 2019 by Wikipedia
París, jueves, 25 de abril de 2024. Maison de la Radio. Lili Boulanger: D'un matin de printemps; D'un soir triste. Camille Saint-Saëns: Concert pour piano nº5, égyptien. Claude Debussy: La mer, trois esquisses symphoniques. Como propinas, Maurice Ravel: Pavane pour une infante défunte (versión para piano); Gabriel Fauré: Pavane (versión para orquesta sola). Con Seong-Jin Cho, piano. Orchestre National de France. Dirección musical, Christian Macelaru.
0,00029

Vengo por las dos obras de Lili Boulanger. Compositora fallecida prematuramente, forma parte de esos artistas que, apenas con algunas obras, han conseguido pasar a la Historia. A lo cual puede no ser ajena también la amistad de la familia Boulanger con Gabriel Fauré, o que Lili Boulanger fuera la primera mujer que obtuvo el famoso Premio de Roma en Francia, o la fama de Nadia Boulanger como pedagoga, que siempre batalló por que se reconociera la valía de la obra de su hermana Lili...

El caso es que las dos obras de Lili Boulanger en el programa se asemejan en su concepción (duración, formación orquestal amplia, timbres cercanos a los de la escuela de Debussy), pero no en su espíritu. La primera, D'un matin de printemps, es realmente una ‘música de la felicidad’. Sigue claramente la estela de Debussy, Ravel, y no tiene nada que envidiar a otras obras de Chausson, Pierné y otros músicos de su generación. Música muy evocadora en que, efectivamente, nos parece oír a los pájaros volar, las hojas nacer o un alegre grupo de jóvenes reír mientras pasean sobre la hierba fresca.

Pero es en la segunda, sin embargo concluida el mismo año que la primera, D'un soir triste, donde se revela toda la personalidad de la joven Lili. Armonías nuevas que sirven bien el propósito llevándonos más allá de una mera descripción de lugares o ambientes. En eso, la intuición de Lili la estaba llevando hacia los caminos de liberación de la tonalidad que otros compositores de la misma época estaban investigando.

Entre una y otra obra, el Concierto para piano nº 5, egipcio, una de las obras de Saint-Saëns que más se escucha, sin duda por las posibilidades de lucimiento que ofrece a los pianistas-estrella. En este caso la estrella era Seong-Jin Cho, y numerosos fans coreanos habían venido a «sostener» a su compatriota-estrella (perdonen ustedes que haga un inciso, pero es que si los nacionalismos en general no son mi fuerte, cuando se trata de nacionalismos en materia de intérpretes musicales lo entiendo todavía menos. Pero bueno, cada uno tiene sus cosas, ¿verdad?).

Seong-Jin Cho es técnicamente muy bueno, desde luego. En el primer movimiento hay como un pequeño desajuste : o Seong-Jin Cho tendría que tocar con más fuerza (venga, arriesguemos una palabra de moda) más asertivo, o Macelaru tendría que haber rebajado más el volumen de la orquesta. Cierto que el piano de Saint-Saëns desciende aquí más de Listz que de Chopin, pero también es verdad que ese primer movimiento tiene algo de mozartiano... ¿Falta de ensayos ? Bien podría ser.

En el segundo las cosas se equilibran. Sobre todo porque es el piano el que manda, tomándose largos momentos de soledad, desgranando melodías, y la orquesta sigue. Seong-Jin Cho logra hermosos momentos de introspección bien secundado por la orquesta.

Para terminar, por supuesto, con la apabullante demostración de virtuosismo del pianista – con una melodía algo canalla que nos recuerda que Saint-Saëns también escribió opera-comiques de talante más bien ligero.

Gran éxito -por supuesto- que Seong-Jin Cho agradece con una propina. La famosa Pavana para una infanta difunta de Ravel, que el coreano toca con una suerte de candor de niño, sin buscar demasiados legati ni efectos, con mucha sencillez. Bonita.

En la segunda parte, tras la segunda obra de Lili Boulanger, El mar, de Debussy, una de esas obras maestras que siempre funcionan a poco que estén correctamente interpretadas.

Y la ONF, que ya en las obras de Boulanger había dado una interpretación primorosa y entusiasta (con un maravilloso solo de violoncelo en la segunda), en la obra de Debussy demuestra que si se llama Orquesta Nacional de Francia no es por pura casualidad: Qué corno inglés de aúpa, cómo cambia de color la trompeta según interprete un sonido lejao que entrecorta el viento o el rayo impetuoso que irrumpe, qué precisión la de las arpas (cuyo arpegios, más que coqueterías sonoras, en Debussy participan en la construcción de la frase musical), qué notables solos los del violín de la concertino Sara Nemtanu. Las cuerdas todas lucen un hermoso sonido que sale airoso de la prueba de los pizzicati y de los agudos, claros y dulces.

Macelaru realiza un trabajo impecable, atento a todo, dando los tiempos que la obra requiere, dejando que todo se escuche y haciendo que todo forme una sola entidad. Hermoso.

Y nos ofrecen una propina. Tratándose de una orquesta regular en la Casa de la Radio, la propina nos extraña. Pero «a caballo regalado...». Se trata de la otra pavana, la Pavane de Fauré en su versión puramente orquestal. La flauta se luce, las cuerdas también, mientras prácticamente el resto de la orquesta queda de brazos cruzados. Y por mor de la dulce Pavane, el entusiasmo del público se vuelve más dulce... «Curiosa elección para una propina», no puedo menos de pensar, pero bueno.

Servidor de ustedes se va de la Casa de la Radio, a orillas del Sena, enfrente de la Torre Eiffel, con El Mar de Debussy y D'un soir triste de Boulanger en el recuerdo... 

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.