España - Andalucía

El sonido Wiener Philharmoniker

José Amador Morales
martes, 2 de julio de 2024
Lorenzo Viotti © Marco Brescia & Rudy Amisan / Scala Lorenzo Viotti © Marco Brescia & Rudy Amisan / Scala
Sevilla, lunes, 24 de junio de 2024. Teatro de la Maestranza. Nicolai Rimsky-Korsakov: Capricho español, op.34; Sergei Rachmaninov: La isla de los muertos, op.29; Antonin Dvořák: Sinfonía nº7 en re menor, op.20. Orquesta Filarmónica de Viena. Lorenzo Viotti, dirección musical
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La visita de la Filarmónica de Viena al Teatro de la Maestranza estaba marcada en rojo en el calendario no solamente de los aficionados sevillanos, sino también de otras localidades andaluzas. No es para menos ya que la posibilidad de escuchar uno de los conjuntos musicales más perfectos -para muchos el que más- del panorama sinfónico mundial en lo que respecta tanto a brillantez de sonido como a virtuosismo y versatilidad técnica, era francamente única. Ya en 1992, en el contexto de los fastos de la Exposición Universal de Sevilla de aquel año, la Filarmónica de Viena actuó por primera y única vez hasta ahora en el Teatro de la Maestranza, entonces bajo la dirección de Claudio Abbado.

El concierto que comentamos ha supuesto el final de una gira en la que tras dos pases iniciales en la Musikverein, la filarmónica vienesa ha visitado Hamburgo, Colonia, Basilea, Oviedo y Granada donde hacía su debut en el marco del 73 Festival de Música y Danza justo el día anterior a este. El programa a priori podría calificarse de sencillo e incluso convencional en su estructura, bien que denso de contenido y “chicha” musical, así como sumamente bello en sus concomitancias estilísticas e históricas.

Con el Capricho español de Nicolai Rimsky-Korsakov descubrimos a un Lorenzo Viotti segurísimo en la ejecución y muy competente sobre el podio, ante la ausencia de atril y partitura en todo el concierto. No obstante, la suya nos resultó una versión un tanto precipitada en términos generales y un punto jaranera de más en la “Alborada”, tendiendo a una visión un tanto typical spanish, si se nos permite la expresión, no sólo por ese “olé” al unísono de todo los profesores al comienzo de la “Escena y canto gitano” como respuesta, eso sí, empastada y precisa, a un solo soberbio del concertino, sino por una articulación distante de la que precisa la música popular de nuestro país en la que se basó Rimski-Korsakov.

El maestro suizo, hijo de Marcello Viotti, bajó un tanto las revoluciones, y logró subir el listón con una Isla de los muertos de Rachmaninov, otro grandísimo orquestador, más pausada (23:40) que impactó por su sabia dosificación de la intensidad desde el parsimonioso e hipnótico 5/8 inicial, sabiendo captar a la perfección la esencia sombría y melancólica de la obra, más que la dramática, y evocando vívidamente el paisaje lúgubre y el profundo sentido de desolación de la pintura de Arnold Böcklin en la que se basó el compositor ruso para este poema sinfónico sin duda genial. Para el recuerdo los matices dinámicos, la impecable precisión técnica y la transparencia en las texturas, el lirismo del tema central o el clímax con la cita del Dies irae antes de la resignada conclusión final; detalles de una interpretación cuyo calado expresivo sumergió a los presentes en una suerte de trance musical. Prueba de ello fue el silencio abrumador con el que los presentes acogieron la bajada de la batuta por parte del director, lo que permitió saborear los últimos acordes y tomar conciencia de lo percibido.

La fiesta musical continuó en una segunda parte donde la música de Dvorak centró todo el protagonismo en otra interpretación para el recuerdo por parte de los músicos vieneses. Aunque también presenta un continuo tono oscuro de fondo, o tal vez por esto mismo, la Sinfonía nº7 del compositor checo es una obra sin duda fascinante que contiene multitud de ideas melódicas que requieren una atención continua. En esta lectura sevillana, Lorenzo Viotti ofreció su cara más extrovertida, insuflando una vehemencia y energía generales que ya impactaron en los diversos temas iniciales que emergen desde las cuerdas. El Adagio se ejecutó con una delicadeza impecable y la danza el Scherzo supuso una animada transición frente a un finale de nuevo enérgico y vibrante, con sus sucesivos efectos de pedal y ostinati que desembocan en una coda brillante como conclusión natural.

Pero, con el permiso del musicalmente aseado y distinguido señor Viotti, el protagonismo aquí, como en toda la velada, fue de una Filarmónica de Viena de color apabullante que impresionó por la maleabilidad y personalidad de sus cuerdas (insólita por estos lares), por la transparencia y refinamiento de sus maderas, por la brillantez y sutileza impresionante de sus metales, así como por la límpida y precisa percusión. Una tan atinada como desengrasante -a nivel artístico- Danza húngara nº1 en sol menor de Johannes Brahms, fuel el bis regalado ante un público comprensiblemente enfervorizado tras esta inolvidable experiencia con el “sonido Wiener Philharmoniker”… 

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