Ópera y Teatro musical

Madrileñismo a raudales

Germán García Tomás
martes, 3 de septiembre de 2024
Lola Casariego © 2022 by Lola Casariego Lola Casariego © 2022 by Lola Casariego
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Es un hecho desalentador, pero cada vez se constata más dificultoso representar zarzuela en Madrid en verano por las compañías privadas –lo más seguro por razones monetarias-, pues en los últimos años varios teatros han acogido los más populares títulos de género chico madrileño pero sin que llegue nunca a consolidarse un festival enteramente consagrado a nuestro género lírico durante los meses estivales al margen de la temporada lírica de un Teatro de la Zarzuela que en julio programa ballet y que cierra en agosto, y de las representaciones que con cuentagotas ofrecen los Veranos de la Villa en el Centro Cultural Conde Duque.

Los Moncloa, dos sagaces hermanos provenientes de una saga de artistas de zarzuela, aún continúan en esa resistencia de programar nuestro teatro musical. Aunque con escasos medios tanto instrumentales como escénicos, pero con enorme calidad artística y vocal, desde antes de este verano –concretamente desde mayo, y hasta principios de agosto- el barítono Marco Moncloa y su experimentada compañía lírica L’Operamore han apostado fuertemente por la zarzuela y han ido representando títulos de muy diversa índole –no exclusivamente género chico- en el modesto Teatro Amaya del distrito de Chamberí. 

Un año, este 2024, en el que más títulos han subido a escena en su ya tercer Festival de Ópera y Zarzuela. Concretamente, Luisa Fernanda, Doña Francisquita, La dolorosa, La Gran Vía y un reivindicativo espectáculo, ¡Música, maestra!, dedicado a la figura de la directora Dolores Marco, madre de ambos y primera mujer que dirigió zarzuela en España. La traviata es el único título operístico que programan en este festival. Y por su parte, el hermano de Marco, el a la sazón tenor y empresario Lorenzo Moncloa –que igualmente colabora en la dirección de escena de las obras del Amaya-, sigue cada agosto con la tradición anual de montar un éxito seguro de público en el Teatro EDP Gran Vía como es La verbena de la Paloma en versión ampliada, con modificaciones cada año.

Además, y centrándonos en lo que nos ocupa, este verano, la bautizada como Compañía Teatral Clásicos de la Lírica bajo la dirección artística de un gran conocedor de los entresijos de la zarzuela como es Luis Roquero, ha recalado en el popular Teatro La Latina de la madrileña Plaza de la Cebada, que ha acogido por primera vez en mucho tiempo un minifestival de zarzuela durante tres semanas de agosto –mes de verbenas en Madrid por antonomasia- con tres títulos ambientados en la capital, a uno por semana, por este orden: Agua, azucarillos y aguardiente,* La chulapona* y La revoltosa, dos sainetes de género chico y una zarzuela de género grande cuyas versiones escénicas ya habían sido montadas en otros escenarios.

Como la gran mayoría de los teatros del centro de Madrid concebidos para la representación exclusivamente de teatro hablado, el recinto del distrito homónimo que convirtió en emblema y embajada de la comedia la inolvidable Lina Morgan, dirigido actualmente por Jesús Cimarro, posee unas limitadas funcionalidades para representar zarzuela, pero lo cierto es que Drao Producciones, la productora que ha organizado este tríptico zarzuelero, ha encajado bien las piezas del puzle del espacio- el gran hándicap de representar zarzuela en teatros que no poseen foso-, pues ha dispuesto excelentemente los medios para congregar no la plantilla ideal porque es materialmente imposible pero sí una muy digna orquesta de 20 instrumentistas justo enfrente del escenario, lo que ya de entrada –por el número- es un acierto y una ventaja respecto a otras propuestas líricas. 

Una veintena de músicos en su mayoría muy jóvenes que se nota que tocan con ilusión y muchas ganas bajo la precisa dirección del experto maestro Enrique García Requena, otrora director de la prestigiosa Rondalla Lírica de Madrid Manuel Gil, cuyos enérgicos gestos siempre quieren resaltar los detalles de las obras representadas, sin renunciar al forte en la percusión cuando es menester. En ambas zarzuelas comenzaron con algunos desajustes e imprecisiones en afinación, pero avanzando las funciones lograron una compacta sonoridad y fueron un transporte eficiente como acompañantes de las voces.

El coro de la compañía, por su parte, a pesar de sus escasos integrantes, estuvo bien afinado y empastado, rindiendo a buen nivel, notándose más desenvuelto en la obra de Chueca que en la de Federico Moreno Torroba, pues el Pasacalle “Dejaría de ser madrileño” de la zarzuela grande suena apagado y poco garboso, y las limitaciones del propio escenario tampoco favorecen a la coreografía de Patricia Doménech, pues se queda algo constreñido para números corales y de conjunto de gran movimiento como éste –pródigo en jaleos y vivas que aquí no se lanzaron-, limitándose los artistas a girar sobre ellos mismos moviéndose hacia atrás y adelante en un número visualmente rígido. 

El famoso chotis también protagonizado por el coro “Ay madrileña chulapa” funcionó mejor, pues es un número de mayor lentitud y menor dinamismo escénico. Tampoco sonó el organillo por la ausencia del mismo, siendo sustituido por uno de atrezzo, entendemos que por el alto coste que supone alquilar esa reliquia para sacar su peculiar sonoridad en dos escasísimos momentos (el número de “Las chicas de Madrid” del comienzo, el pasacalle, y un tercero instante si se opta por incluir el final instrumental de la obra con la misma melodía del pasacalle), pero que se nos priva de ella a los amantes de ese icónico emblema del Madrid popular.

Como dato curioso, los niños de la compañía no solo cantaron deliciosamente sus partes en el Coro de niñeras del sainete, sino que concedieron al público el placer de ofrecer íntegramente el Coro de marineritos de La Gran Vía, algo que recordemos nunca visto en el coliseo de Jovellanos y que, aunque tuvo comprensibles imperfecciones, fue entonado con una soltura pasmosa por la cohorte infantil. Nuestra más sincera enhorabuena a los preparadores de estos chavales, pues fue para quitarse el sombrero, y ojalá, como modelo a seguir, se repita más habitualmente en otras representaciones de zarzuelas de Chueca. Fue igualmente gracioso ver aparecer al final de Agua, azucarillos y aguardiente a los tres ratas de la mencionada revista de actualidad cantando su Jota, pero el hecho de insertar números de otras obras por rellenar y hacer más larga la función, no funciona siempre. Por más que esos tres granujas sean los que se encuentran a Serafinito dormido como un tronco en un banco del Paseo de Recoletos víctima del efecto narcótico de su propia calaverada.

Quien esto firma solo pudo asistir a las dos primeras producciones -realizadas por todo el equipo arriba detallado-, aunque ya presenció en su día la puesta en escena de La revoltosa que en Latina se ofrecía, pues era la misma que se pudo ver en 2022 en los Veranos de la Villa, aquí reseñada. La concepción escénica de Luis Roquero para el pasillo veraniego Agua, azucarillos y aguardiente (Teatro Apolo, 1897), como en el mencionado título de Chapí, fue complementado con otras piezas de zarzuelas de género chico, en este caso del genial binomio Chueca y Valverde, como El año pasado por agua, Luces y sombras o La Gran Vía, adiciones muy acordes con la obra representada y que la complementan en estilo y temática “acuática”, aunque la opción más preferible para nosotros siempre hubiera sido realizar un programa doble con dos zarzuelas íntegras. 

La introducción “Que llueva que llueva” con los abundantes niños del elenco, estupendamente dirigidos y afinados, y el dúo de los paraguas de El año pasado por agua al que dan vida los personajes no de la modista y Julio Ruiz (“¿El actriz? / ¡El actor! / ¡Uy, qué horror!”), sino de Asia y Serafín, abren la representación, teniendo que cambiarse la letra cuando se hace alusión al célebre actor cómico de la época. Un leve chirrido literario que no empaña la agilidad del comienzo, y que ciertamente era una lástima que no siguiera como una representación propiamente dicha de El año pasado por agua.

Porque la escena –inalterable- durante todo el sainete de Chueca y Valverde nos muestra los bancos del Paseo de Recoletos y el puesto fijo de la aguadora Pepa, con su mesa para los parroquianos. El diálogo entre madre e hija del primer cuadro se produce por tanto al aire libre, y no en la casa de ambas, por lo que no suena el endiablado timbre cuando Don Aquilino llama insistentemente, otra licencia que priva de comicidad al primer y extenso parlamento. Más extenso que el original de Ramos Carrión, porque Doña Simona abunda en informar al casero ávido de mensualidades de que su niña ha editado un libro de poemas, y quiere hacerle una exhaustiva demostración. Todo esto son morcillas añadidas, y el vals de la bujía de Luces y sombras un predecible extra que la niña cursi entona para darse el pisto. El otro predecible extra y vergel de gorgoritos hubiera podido ser la Polonesa “Me llaman la primorosa” de El barbero de Sevilla de Giménez y Nieto. Afortunadamente, no tuvo lugar.

Charo Reina y Margarita Marbán hacen un aceptable tándem madre-hija en lo actoral, quizá con algo de seriedad y escasa vis cómica la veterana actriz andaluza, y con la cursilería y remilgada presencia la soprano, con un canto un tanto hiperbólico. Es un Don Aquilino con histrión, en la línea de los clásicos, el del excelente actor Pedro Javier, y delicado canto el que exhibe el tenor Alberto Porcell dando vida a Serafín. Desde el punto de vista estrictamente actoral, las prestaciones de los dos chulos, Lorenzo y Vicente, encuentran sendas caracterizaciones antológicas en Jesús Lumbreras y David Sentinella, respectivamente, verdaderos modelos de cómo decir el texto con tono castizo.

En esta zarzuela, quizá lo más atractivo de todo el reparto haya sido la presencia de Lola Casariego y María Rodríguez como Pepa y Manuela, magníficas cantantes de intachable trayectoria artística. La primera realiza una digna aguadora de postín, destilando campechanía y firmeza a partes iguales, con suma autoridad en lo vocal, y en su breve aportación la Rodríguez –célebre por su Rincón en Madrid- es un huracán que impreca a su compañera en la línea de las más grandes del pasado. Disfrutando de ambas, nos preguntamos por qué no se las ve por el Teatro de la Zarzuela y por qué además no se representan allí más zarzuelas de género chico, en lo que se adivina cierto complejo por parte del coliseo de Jovellanos. Nota de atención para la señora Isamay Benavente.

Un título señero del periodo político republicano y de la época final del teatro lírico español como es La chulapona (Teatro Calderón, 1934), zarzuela de género grande que es revisión y puesta al día del sainete madrileño, requiere evidentemente de medios musicales, y más concretamente vocales, mucho más solventes, más robustos, y contar de nuevo con la presencia de Lola Casariego dando vida a la protagonista es toda una garantía y asegura que la historia de los amores de Manuela salga encumbrada por medio de un enorme saber hacer. La cantante ovetense tiene el personaje interiorizado de tal forma –no en vano debutó en zarzuela con él- que hace respirar con intención cada frase de ánimo o desaliento, consiguiendo que nos identifiquemos con ella en la alegría o la adversidad de ver cómo el tunante de su novio la intercambia por su compañera de faena, antes de que tome la decisión que la convierte en uno de los personajes de zarzuela más valientes de la historia.

Si la elegancia y las hechuras con que reviste a su Pepa o su Mari Pepa son ya de por sí una garantía de verosimilitud, su Manuela es quizá hoy por hoy su mejor y mayor composición teatral, tal es la elegancia y la distinción con que dota al personaje. Un auténtico lujo al que se añade la dignidad vocal con que lo enseñorea, sin querer emular en ningún caso a esos otros dos modelos, Teresa Berganza en el disco y Milagros Martín en la escena, siendo en todo momento ella misma, cantando y otorgándole su sello castizo en estilo parlato en las frases musicales de su Pasacalle de entrada “Como soy chulapona”. 

Escuchar su hablado final sobre el redoble en piano del timbal –preparado con efectividad por el maestro Requena- produjo honda emoción, y no sabemos si es mucho pedir, pero nos ilusionaría ver en la capital a la cantante asturiana en Luisa Fernanda, declamando, entre otras cosas, ese prodigio de monólogo que los mismos libretistas, Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, destinaron a la protagonista para definir las distinciones sociales.

Posee en este cast un buen compañero masculino en la voz de Mario Corberán como el despreciable José María, tenor lírico de gran proyección y caudal vocal, con emisión forte en ocasiones, pero propenso a matizar y con un lirismo fuera de toda duda, como lo demuestra en sus generosas intervenciones: el dúo del pañuelito blanco junto a Rosario y sobre todo en su romanza “Tienes razón amigo”, con la voz de la cantaora y la guitarra fuera de escena –la otra pasión de Moreno Torroba-, percibidos sin embargo demasiado distantes en este teatro. De nuevo la soprano Margarita Marbán, aquí en el rol de la antagonista Rosario, dice el texto con detallismo y se luce como actriz, pero en su instrumento de ligera vuelve a sobresalir un vibrato que debería cuidarse más.

Excelente en el decir y elegante en el escenario el Señor Antonio de Jesús Lumbreras, un actor-cantante en su voz de barítono bien timbrada que es un puntal muy importante de la representación. Como lo es también la doble vis cómica del padre y hermano de la protagonista retratados en el descacharrante e histriónico Don Epifanio de Pedro Javier y el Juan de Dios del tenor Miguel Ferrer, personaje prototipo del pícaro que sabe hacer suyo con naturalidad y brindando unas coplas del ciego del segundo acto estupendamente cantadas. El componente de gracia, chistosidad y comicidad está asegurado con ambos, así como con Alberto Porcell en El Chalina, que canta con brillante voz de tenor alejándose del modelo de los actores-cantantes del pasado. Aquí se puede decir que la guinda del pastel es la gran Charo Reina, cuya Doña Venustiana –el apócope de “Venus” tiene recochineo en el libreto-, papel que ya ha trabajado años atrás en La Zarzuela, es una golosina que borda de principio a fin, dando al personaje credibilidad absoluta en sus embelesos y agrias disputas.

Consideramos que tenía más riesgo que ninguna de las tres zarzuelas esta elogiable Chulapona, pues no cabe duda de que es el título más ambicioso en lo teatral y musical, obra que fue algo más reforzada aunque no mucho más en lo instrumental, respetada en su texto escrupulosamente por Luis Roquero y Drao Producciones, y con una escenografía que, en los puestos del taller de plancha y en el decorado que ilustra la fachada del Café de Naranjeros al que acude José María cantando su famosa romanza, recuerda inequívocamente a la de Gerardo Malla de 1988 para el Teatro de la Zarzuela, repuesta en varias ocasiones, producción en la que allí debutó precisamente la insigne Milagros Martín –que iba a ser protagonista unas semanas después del espectáculo Cállate corazón en el Teatro Pavón-, y de la que Lola Casariego -lo decimos con absoluto convencimiento- se ha convertido en su más fiel y digna continuadora.

Notas

1. Madrid, sábado 10 de agosto de 2024. Teatro La Latina. Agua, azucarillos y aguardiente. Pasillo veraniego en un acto. Música: Federico Chueca y Joaquín Valverde. Libreto: Miguel Ramos Carrión. Compañía teatral Clásicos de la Lírica. Drao Producciones. Dirección artística: Luis Roquero. Dirección musical: Enrique García Requena. Coreografía: Patricia Doménech. Vocal coach: Margarita Marbán. Coordinación técnica: Pablo Muñoz. Maquinaria: Jaime Medina. Iluminación: Andrés Pérez. Utilería: Pablo Velasco. Vestuario: Belén Jiménez. Reparto: Lola Casariego (Pepa), María Rodríguez (Manuela), Margarita Marbán (Asia), Charo Reina (Doña Simona), Jesús Lumbreras (Lorenzo), David Sentinella (Vicente), Alberto Porcell (Serafín), Pedro Javier (Don Aquilino), Rodrigo Morales (Garibaldi), entre otros.

2. Madrid, sábado 17 de agosto de 2024. Teatro La Latina. La chulapona. Zarzuela en tres actos. Música: Federico Moreno Torroba. Libreto: Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw. Reparto: Lola Casariego (Manuela), Margarita Marbán (Rosario), Charo Reina (Doña Venustiana), Mario Corberán (José María), Jesús Lumbreras (Señor Antonio), Alberto Porcell (El Chalina), Pedro Javier (Don Epifanio), Miguel Ferrer (Juan de Dios), Marta Heras (Emilia), entre otros. Coro y Orquesta titulares de la Compañía.

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