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Un Tristan und Isolde memorable bajo la batuta de Erik Nielsen
Teresa Cascudo

El Tristan und Isolde en el Euskalduna ha dejado un intenso impacto en lo musical, a pesar de alguna desigualdad en lo vocal y lo escénico.
Es la reposición de una producción del Teatro de la Maestranza, concebida por Allex Aguilera, para quien, en sus propias palabras, la ópera de Richard Wagner es “un viaje que invita a rendirse a su caudal melódico infinito”.
Leídas estas declaraciones después de haber visto su puesta en escena, hacen pensar que su enfoque extremadamente minimalista es, en efecto, una capitulación ante la poderosa dramaturgia wagneriana.
Así, por ejemplo, limitarse a echar mano de recursos como reflejar la lucha interior de los protagonistas en la proyección de imágenes del oleaje marino no es precisamente una forma audaz de enfrentarse a la obra.
Sin embargo, he de admitir que la opción por una escena desnuda, en la que, más allá de las proyecciones, la iluminación y el vestuario eran las protagonistas, acaba beneficiando a la música.
Erik
ha confirmado en el escenario bilbaíno su talento como director wagneriano, apuntalado después de dirigir el ciclo Der Ring des Nibelungen en el Tiroler Festspiele Erl. La crítica internacional ha elogiado el detallismo de esas representaciones, resaltando cualidades -el tono radiante de las cuerdas, la calidez de los vientos y el brillo de los metales- que Nielsen ha sido igualmente capaz de extraer de la Orquesta de Bilbao.La partitura de Tristan und Isolde es compleja y exigente para los cantantes, pero también lo es para la orquesta. Por una parte, presenta una textura rica y envolvente: las diferentes secciones interactúan continuamente y los diferentes planos de los que está compuesta, el complejo entramado melódico y armónico que la sostienen, requieren un esfuerzo enorme de equilibrio sonoro. Por otra parte, presenta un flujo constante, lo cual exige un esfuerzo de concentración suplementario.
Por si todo esto fuera poco, Wagner exige un virtuosismo especial a determinados instrumentos –por ejemplo, el corno inglés o el violonchelo– que, en la representación que nos ocupa, respondieron de forma sobresaliente. Nielsen controló con éxito todos estos elementos a lo largo de la representación.
Nos regaló un magnífico tercer acto, que espero tener la ocasión de volver a escuchar en alguna ocasión bajo su dirección. En el contexto de una prestación artística sobresaliente, no puedo dejar de elogiar la forma como abordó la gran escena de Tristán, ese momento de desesperanza y delirio con el que algunos directores de orquesta, en ocasiones, no saben muy bien qué hacer.
La puesta en escena, que, como he apuntado, deja todo el espacio a la música de Wagner, no benefició a Oksana
. La caracterización juvenil, impetuosa e ingenua de Isolde, mezclado con los movimientos de la dirección de actores -errática de puro estilizada- y combinada con las limitaciones vocales de la soprano ucraniana, disminuyó el resultado global.Dyka, en su debut como Isolde, enfrentó con valentía uno de los roles más complejos del repertorio operístico, pero las circunstancias no jugaron a su favor. Una indisposición, que le había impedido cantar en los días anteriores, tuvo un impacto evidente en su desempeño. La artista tuvo mala fortuna, pero su entrega y profesionalidad al salir a escena merecen un reconocimiento respetuoso, más allá de los resultados artísticos obtenidos.
El papel de Tristán estuvo a cargo de Gwyn
, destacado tenor galés que debutaba en esta producción de la ABAO. Reconocido por su voz de tenor lírico, Jones ha desarrollado una técnica sólida que le permite abordar tanto el repertorio italiano como el wagneriano con notable éxito: combina la fluidez del bel canto italiano con brillantes agudos y su voz tiene un timbre ideal para el personaje de Tristán. Con lirismo, seguridad y elegancia, se reafirmó como uno de los tenores más destacados de su generación. Ni que decir tiene que el extraordinario momento que fue la gran escena del tercer acto es tan mérito de Nielsen y la Orquesta de Bilbao como suyo.Egils
dio vida a un Kurwenal que destacó por su calidez interpretativa y su solvencia técnica. Kurwenal, el compañero de Tristán, siempre me ha parecido uno de los personajes más entrañables y conmovedores de la historia de la ópera. En esta producción brilló con luz propia, encarnando la lealtad y el sacrificio que definen al personaje. Cantó con precisión, dotando a su Kurwenal de una humanidad vibrante que sirve de contrapunto a las pasiones desbordadas de los protagonistas.Su contraparte, Brangäne, es el personaje que vigila, advierte y, en última instancia, actúa como catalizador del drama. Daniela
, que también se estrenaba en este papel, lo dominó con rotundidad, tal como hizo con el de Rey Marke y los personajes secundarios encarnados por Guillén Munguía, Josu Cabrero y Carlos , un estupendo Melot.
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