Reportajes

... pero sigue siendo el Rey

Bellerofonte
martes, 28 de enero de 2003
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0,0001866 Lo malo (o lo bueno, según se mire) de esa tendencia a actuar subrepticiamente que tienen los organizadores de espectáculos musicales en Madrid es que casi nunca coincide lo que anuncian con la posterior realidad. Salvo que estemos ante una ‘vaca sagrada' de la música, de ésas que despiertan el hambre intelectual de los coleccionistas de acontecimientos y cuyo solo nombre basta para llenar cualquier escenario, los cambios de intérpretes rara vez son comunicados no ya con la suficiente, sino con una mínima antelación. Y, claro, las sorpresas están a la orden del día.El pasado viernes fui al Auditorio Nacional convencido de que iba a escuchar cantar a Robin Blaze y me quedé estupefacto al comprobar que quien aparecía sobre el escenario era James Bowman. Por una vez y sin que sirva de precedentes, di gracias a los cielos por la informalidad de nuestros organizadores, pues escuchar a Bowman es un privilegio por desgracia cada vez más infrecuente. Con 60 años a sus espaldas, el mejor contratenor del siglo XX no es ya lo que era. Su voz ha perdido buena parte de aquel impresionante brillo, sobre todo en los agudos. Pero, ¡qué quieren que les diga!, Bowman sigue siendo el rey. Nadie canta con tan buen gusto, nadie sabe contagiar la emoción desde al auditorio como lo hace él... Reconozco los méritos de Andreas Scholl, de David Daniels o del ya mencionado Robin Blaze, pero Bowman sólo hay uno, por los siglos de los siglos, amén.El rey se rodeó para su aparición madrileña de otros reyes: Robert King y el King's Consort. Es lo propio, ¿no les parece? De tan fecundo matrimonio hay un legado discográfico ingente, que servirá para que la posteridad conozco y reconozca el arte de este enorme artista, pues me temo que el momento en que tengamos que recurrir al disco para saber cómo cantaba Bowman no está demasiado lejano.King y Bowman tuvieron una feliz colaboradora en la soprano Carolyn Sampson. Sin ser la suya una voz que cautive por especialmente distinta, tiene potencia, es bonita y ella, además, sabe manejarse sobre las tablas. Sampson dio réplica perfecta a Bowman en el Stabat Mater pergolesiano que constituyó la segunda parte del concierto y contribuyó, en suma, a redondear una gran noche.El programa era genuinamente napolitano: un Salve Regina de Gian Battista Pergolesi, otro Salve Regina, éste de Domenico Scarlatti, y el meritado Stabat Mater de Pergolesi. Entre Salve y Salve, el Concerto grosso Op. 6 nº 9 de Arcangelo Corelli, que se mostraba en el programa casi como un pegote. King podría haber tenido la ocurrencia de insertar en lugar de este concierto del músico romano otro concierto de alguno de los muchos compositores napolitanos de la época: Porpora, Durante, Leo o el propio Pergolesi. Así sí que se podría haber hablado de una jornada enteramente napolitana. El concierto, por otro lado, fue el único punto flojo de la velada: el King's Consort se mueve como pez en el agua cuando se trata del barroco vocal italiano, pero concretamente aquí hizo agua. Simon Jones, primer violín del grupo, se las vio y se las deseo en alguno de los pasajes más exigentes, aunque ello no empañe, ni mucho menos, el resultado global de la actuación.Fuera de Italia, me reitero, no hay nadie que entienda y ejecute tan bien la música vocal del Barroco italiano como King. La integral de la música sacra de Antonio Vivaldi que está grabando en el sello Hyperion es ejemplar. King sabe siempre dar con los ‘tempi' adecuados y su orquesta suena con una admirable ligereza, lo cual le viene como anillo al dedo a esta música. A la de Vivaldi, a la de Scarlatti y a la de Pergolesi. Música sacra, sí, pero música teatral. Los napolitanos eran, antes que nada, teatrales. Por eso el Stabat Mater de Pergolesi se parecen tan poquito a una cantata de Johann Sebastian Bach, quien debió de ser un gran admirador del prematuramente desaparecido músico napolitano, como lo prueba el hecho de que realizara una parodia de ese Stabat Mater (Tilge Höchster, meine Sünden).Y puesto que de música teatral se trata, nadie mejor que Bowman. Él, que ha cultivado tantos géneros, es en éste en el que más destaca. Esa forma de recrearse en la dicción, encontrando el punto justo en la aflicción o en el júbilo, son detalles que resultan impagables. El resto lo hace su voz, que no es de este mundo. Ojalá que Bowman aguante muchos años en la brecha, pero, por así no fuera, procuraré conservar hasta donde alcance mi memoria ésta su actuación madrileña del pasado viernes.
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