España - Andalucía

Un delicado tesoro redescubierto

Ismael G. Cabral
miércoles, 29 de enero de 2003
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Sevilla, martes, 21 de enero de 2003. Teatro de la Maestranza. William Walton: ‘Façade'. 'Savitri' H96 (Op 25), ópera en un acto de Gustav Holst sobre libreto propio inspirado en un episodio del Mahabharata. Toni Marsol, la Muerte. Sandra Roset, Savitri. David Alegret, tenor. Rebecca Simpson, dirección escénica y recitadora. Mª del Mar Vilajosana, escenografía y vestuario. Nerea Cuesta, iluminación. Coro Voxalba de Barcelona. Elisenda Carrasco, directora. Orquesta Arts Cambra de Barcelona. Xavier Puig, director. Ocupación: 95%
0,0001429 Primero fue La Médium de Menotti, luego Lo Speziale de Haydn, y este año, Savitri de Holst (1874-1935). Con esos tres títulos se resume la experiencia que el Teatro de la Maestranza puso en marcha hace tres temporadas, de representar una ópera de pequeño formato con el público reunido sobre el escenario principal. El resultado hasta la fecha puede calificarse de éxito absoluto, tanto a nivel artístico como de respaldo en taquilla.Este año se pensó en un programa doble, con un claro nexo común: dos compositores ingleses, ambos del siglo XX –sólo una generación de diferencia-, y sendas obras de juventud. El plato principal lo constituía la ópera Savitri, pero habida cuenta de su escasa duración –unos cuarenta minutos-, Façade de Walton (1902-1983) hacía las veces de extenso y original prólogo.Es la de Walton una pieza muy alejada de su habitual sinfonismo y estilo concertante. La moderna ligereza de Façade, lo emparenta por momentos con el Grupo de los Seis, y su talante, a veces histriónico y expresivo, lo hacen parecer un Weill o un Krenek inglés. En efecto, las veintiuna poesías de Edith Sitwell que sirvieron de base a Walton para escribir la obra, están cargadas de elementos surrealistas. Lástima que el programa de mano no tuviese a bien ofrecernos la traducción, de ni tan siquiera algunas de ellas, con lo que se nos impidió profundizar más en el espíritu de la obra. Lo que si pudimos admirar fue a un septeto instrumental, correcto, que realizó una interpretación muy viva y plenamente identificada con el sentir de la obra. La recitadora Rebecca Simpson ante un micrófono (tal y como se concibió la obra), sorteó con destreza las muchas dificultades de los textos, que la obligaban a recitar poesías-trabalenguas, a entonar a la manera del sprechgesang o a pasar del pianissimo al grito.Casi sin solución de continuidad, el grupo instrumental pasó del escenario al foso, y se procedió a la recreación de la tragedia de ribetes orientalistas, Savitri de Gustav Holst. Pocos casos en la historia de la música tan evidentes como el de Holst, al hablar de compositores opacados por una sola obra, en su caso, Los Planetas. La ópera que nos ocupa es un auténtico tesoro, de una belleza sencilla y poderosa. Y como ella, la inmensa mayoría de lo que escribió Holst, para quién esto firma uno de los más grandes autores de la música inglesa. En fin, consideraciones propias aparte, interesa conocer de qué manera transcurrió la representación.La ópera narra la historia de Savitri una mujer que recibe, en ausencia de su marido, la visita de la Muerte que le advierte de que se va a llevar a su esposo. Cuando este, Satyavan, llega, tras restarle importancia, cae finalmente muerto. Savitri entonces suplica a la Muerte y le pide un último deseo: concederle que sea feliz. La Muerte accede, y Savitri le pide que le devuelva la vida a Satyavan, pues sin él jamás encontrará la felicidad. La Muerte, obligada a cumplir su palabra, le concede el deseo y vuelve sola hacia su Reino. Mientras, Satyavan despierta en los brazos de Savitri.El interés de Holst por escribir una ópera con trasfondo oriental ya lo plasmó en la desconocida Sita, pero tras su fracaso, volvió a intentarlo con esta operita de 1908-09 basada en un episodio del Mahabharata. Para recrearla, se contó con una sencilla y eficaz escenografía de Mª del Mar Vilajosana. La acción se ambientó en un bosque representado por medio de unos grandes y delgados telones pintados que copaban parte del escenario. Sobre él, tres cantantes de desiguales resultados, especialmente en el plano actoral, donde no ofrecieron ninguna credibilidad, mostrándose rígidos y falsos en sus movimientos. Toni Marsol (La Muerte) es un barítono con una voz de escasa flexibilidad, pero de robusto cuerpo. David Alegret (Satyavan) tiene una voz de tenor de sólida textura pero de escaso timbre. Por último, Sandra Roset (Savitri) se reveló como una soprano de instrumento no especialmente rico ni brillante, pero de buen calado dramático.La Orquesta Arts Cambra dirigida por Xavier Puig, pese a algunos desajustes, realizó una labor meritoria. Sin embargo, nos parece absolutamente arbitrario el interpretar al comienzo de la ópera, sin constar en ningún lado, el Hymn to the travellers, partitura coral e instrumental del propio Holst, que parece estar impregnada por el mismo sentido dramático de Savitri, pero que resulta completamente ajena a esta. Carece de sentido colocar un sucedáneo de obertura a una obra que comienza en un misterioso silencio, sólo roto por la voz lejana e invisible de la Muerte.
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