Italia

¡Bienvenido Mister Chénier!

Horacio Castiglione
jueves, 6 de marzo de 2003
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Turín, martes, 18 de febrero de 2003. Teatro Regio. ‘Andrea Chénier’, drama de ambiente historico en cuatro cuadros de Umberto Giordano sobre libreto de Luigi Illica. 1896. Director de escena, escenografia y vestuario: Ivan Stefanutti. Coreografia: Fuasta Mazzucchelli. Iluminación: Gioacchino Scomegna. Fabio Armiliato (Andrea Chénier), Juan Pons (Carlo Gerard), Daniela Dessí (Maddalena di Coigny), Tiziana Tramonti (La mulatta Bersí), Cinzia De Mola (La contessa di Coigny), Chiara Chialli (Madelon), Enrico Giuseppe Iori (Roucher), Antonio Marani (Fleville), Claudio Ottino (Fouquier Tinville), Armando Gabba (il sanculotto Mathieu), Bruno Lazzaretti (Un “Incredibile”), Mauro Buffoli (l’abate), Flavio Feltrin (Schmidt), Davide Motta (Il maestro di casa), Paolo Servidei (Dumas). Orquesta y coro del Teatro Regio. Director: Paolo Olmi. M° del coro: Claudio Marino Moretti. Aforo: localidades, 1800. Ocupación: 80 %.
0,000175 El recurso al amado repertorio, a esos títulos populares que nunca han dejado su lugar privilegiado en la memoria de los melómanos y que, por sus características teatrales y musicales, son de fácil fruición también para los que se aproximan por primera vez a la ópera, es un latigazo de energía para toda temporada teatral.La producción a de Andrea Chénier que se ofreció en el Teatro Regio de Turín tuvo todas las características que se requieren para una feliz operación de recuperación del genero “historicista” que caracterizó parte de la producción teatral de la “Giovane Scuola” italiana, a la que Giordano perteneció en pleno, que se suele por comodidad reunir en bajo la cómoda etiqueta de “Verismo”.Esta obra, que constituyó la consagración del joven autor y que enderezó las suertes del editor Sanzogno en el Teatro alla Scala, feudo del “riavl” Ricordi, responde a características peculiares: la realización de un gran fresco histórico de unos episodios todavía suficientemente recientes, los referidos a la Revolución francesa y a sus protagonistas, siendo algunos de ellos, si bien alterados por el inevitable desarrollo del melodrama, los que realmente determinaron el recorrido de esos hechos, que terminaron en la llamada época del Terror, donde reinó incontrolada la guillotina.Andrea Chénier, poeta realmente existido, es retratado como un revolucionario que, finalmente, es atrapado por las mallas mismas de sus ideas, degeneradas por intereses políticos y de poder. El contenido de la ópera de Giordano, sobre un libreto hábilmente construido por Luigi Illica, puede parecer reaccionario hoy en día, y sin embargo corresponde a una filosofía burguesa, la que triunfó al final del siglo XIX, que precisamente determinó esa revolución.Musicalmente, el estilo “di conversazione” impuesto en sus ultimas óperas por Verdi, llega a su definitiva explotación y a sus máximos resultados formales y expresivos. De hecho las “arias” de esta ópera, incluyendo la celebre “Mamma morta”, que la pelicula Philadelphia llevó a la máxima fama en la interpretación de Maria Callas y en la actuación cinematográfica de Tom Hanks, son ejemplo de un declamado musical alejado de la considerada formula cerrada de las arias típicas de la ópera. Giordano tiene un uso especial del leit motiv, heredado de la escuela alemana que en esa época era el ejemplo obligatoriamente a seguir para ser “modernos”, con el que, más que definir un personaje, define una situación, una acción incluso: no es un caso que su música sea considerada por muchos como un ejemplo ante litteram de lo que, más tarde, se definió como “banda sonora” de un filme.Esta “novedad” debió chocar positivamente en su día y sigue surgiendo efecto en la platea moderna que se deja fácilmente arrollar por una música de melodía amplia, fácil, reconocible y recordable; una partitura llena de hallazgos y cuyo triunfal tema que subraya la frase de los dos protagonistas “La costra Marte é IL triunfo hedí’amore” puede resultar a “trionfalata”, como ironizaba Puccini, pero no deja de tener un poderoso gancho dramático.En Turín la atractiva principal fue, como tiene que ser en esta ópera, un reparto por muchos motivos ideal en los tres personajes principales. La pareja artística, formada por la soprano Daniela Dessí (Maddalena di Coigny) y el tenor Fabio Armiliato (Chénier) tiene una compenetración perfecta que delata algo más que unos ensayos rigurosos y bien aprovechados. Es evidente que, sobretodo cuando se enlazan en los dos preciosos dúos, el del segundo acto y el que concluye la ópera, hay un feeling especial, artístico y de intenciones entre los dos. A eso se suma la perfecta adherencia física e interpretativa a los dos comprometidos roles: él gracias a la elegante figura, a un fraseo bien cincelado y a un acento acertado y vehemente, sabe hacerse perdonar una emisión no siempre homogénea y algún desliz en la entonación, los que compensa también con una generosidad vocal y una entrega completa. Ella compone una Maddalena en evolución, desde la adolescencia dorada y aburrida en una sociedad que no le interesa y casi no le corresponde, a la madurez de la mujer que se transforma en heroína por amor. Daniela Dessí tiene como armas principales un timbre de intensa suavidad y dulzura y una voz que se dobla dulcemente en planísimos y en etéreas messe in voce. La belleza de la artista, la elegancia y el portamento son otros tantos en su favor y la han hecho triunfar sobre todos.Sin embargo no sería correcto poner a un nivel inferior la soberbia prueba de Joan Pons, el barítono mallorquín, que del rol de Carlo Gerard ha hecho una estupenda tarjeta de visita de su gran profesionalidad, de su controlada vocalidad y de un Arte que tiene derecho a todos los adjetivos y mayúsculas. La nobleza de su canto, el saber matizar con intención cada silaba de la frase con una dicción ejemplar, llevan su interpretación a cotas difícilmente igualables y es con orgullo y satisfacción que se ha participado a su merecido éxito. El resto del reparto no desfiguró, siendo excelente la Condesa de Coigny de la mezzo Cinzia De Mola, correcta la Mulata Bersí de Tiziana Tramonti, sonora la Madelon de Chiara Chialli. Entre los varones destacaron los tenores Mauro Buffoli y Bruno Lazzaretti, respectivamente el Abad y el “Incredibile”, espía de Robespierre. Muy bien los dos caracteres trazados por los bajos Enrico Giuseppe Iori, en la parte seria de Roucher amigo de Chénier y Armando Gabba, el cómico sanculotte Mathieu.Siempre preparadísima la orquesta y el coro, este ejemplarmente dirigido por Claudio Marino Moretee, obedecieron a la batuta de Paolo Olmo que supo crear la suficiente tensión dramática para el buen desarrollo de la acción y arropó sin cubrirlas a las voces. La puesta en escena hipertradicional firmada completamente por Ivan Stefanutti, respondió a todas las minuciosas acotaciones del libreto: lo que, hoy en día, es casi un milagro. Es una producción ya vista en Italia, siendo procedente de Catania y Parma, y que ha tenido también unas funciones españolas en Oviedo, hace cosa de una o dos temporadas. Es la clásica versión un tanto kitsch que hace rizar la nariz a los críticos ansiosos de moderneces, pero que encanta al público: y este supo demostrarlo también a Fausta Mazzucchelli che, de acuerdo con Stefanutti, elaboró una sugerente coreografía bucólica pseudo barroca. Todo un detalle.
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