El Espía de Mahler

59. Las manchas de la ópera

Jordi Cos
martes, 1 de abril de 2003
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7,92E-05 En mi historial como músico de orquesta figura una mancha de penumbra: los fosos de los teatros; los bajos fondos de la ópera donde con demasiada frecuencia la mano derecha, la orquesta, desconoce lo que hace la izquierda, los cantantes, pues de su voz apenas nos llega un eco lejano, como de otro mundo. En estos casos la música se convierte en un ejercicio de consecuencias imprevisibles parecido a conducir un coche con los ojos vendados. Lo empeoro: como casarse a ciegas con un americano de paso por tierras lejanas. Que se lo pregunten si no a la Madama Butterfly, una representación reciente de la cual fui actor de reparto uso como combustible de estas líneas.Suerte tuvimos que esta ocasión en el podio gesticulaba un lazarillo competente, Manel Valdivieso, un joven director catalán- en música no alcanzas la mayoría de edad hasta al menos los cincuenta y Valdivieso aún está lejos de cruzar esa la línea divisoria - que consiguió que las dos extremidades musicales de la mártir oriental, orquesta y canto, rubricaran con un apretón de manos un pacto para acariciar unidas al público.En una pausa de su minuciosa labor negociadora, Valdivieso aportó un dato curioso que ustedes mismos decidirán si invita a la risa o al llanto: el franquismo prohibió que el nombre familiar de la Butterfly, Cho-Cho-San, fuera pronunciado en escena. Para adivinar el motivo, sírvanse pronunciarlo eludiendo la última sílaba aunque, con el fin de evitar que una mancha ordinaria embrutezca el historial de su lengua, aconsejo ejercitarlo sólo con el pensamiento. De nada.
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