El Espía de Mahler

60. El Válium® y la música del siglo XX

Jordi Cos
martes, 15 de abril de 2003
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0,0001845 El hecho que los músculos del repertorio sinfónico del siglo XX y el ansiolítico más utilizado para soportar la modernidad, el Válium®, compartan un mismo origen, demuestra que ningún guionista puede superar la brillantez de la Historia en la construcción tanto de argumentos de tragedia como de comedia. Tal vez sólo a Billy Wilder se le hubiera ocurrido imaginar un personaje tan singular que hermana la música con, y dicho sin ánimo de ofender, la psiquiatría: Paul Sacher (1906-1999), presidente del Consejo de Administración de la empresa farmacéutica Hoffmann-La Roche, fabricante del susodicho calmante, además de director de orquesta y mecenas de los nombres comunes de la música del siglo pasado.Antes de dedicarse a anestesiar los nervios de la humanidad, Sacher se entrega en cuerpo y alma a la minuciosa tarea de crispárselos a las personas de su entorno sentimental más íntimo mediante la exhibición, sin justificación genética alguna, de una temprana pasión melómana. Su familia no sólo carece de antecedentes bohemios sino que, además, dispone de los recursos lo suficientemente insuficientes para convencerse de que el arte como gozo es un lujo; y como oficio, una condena de por vida a las estrecheces de todo tipo, menos, acaso, las emocionales.Con el fin de persuadirle de que la subsistencia dependía antes de la Física que de la Poética, sus padres le internan en una escuela especializada en ordenar cerebros a golpe de ecuaciones; de ciencias, en fin. Mas Sacher, en lugar de certificar en el mirador del microscopio el cumplimiento de la legislación natural, ocupa las horas de estudio en experimentar con las fórmulas que, en apariencia, la incumplen desde los pentagramas contemporáneos. Así, a los 16 años crea y dirige su propio "laboratorio", una orquesta integrada por sus compañeros de aula, ejercicio escolar que le aporta la pericia justa para gobernar cuatro años más tarde, no sin antes dejarse esculpir el gesto por el maestro Félix Weingartner, un instrumento con el que se compromete a conjugar el futuro de la música en tiempo presente, la Orquesta de Cámara de Basilea.Corren los años veinte de los 1900, y la apuesta por la modernidad de Sacher, empeñado en que una ciudad sin carisma como Basilea compitiera con París, Berlín y Viena en la capitalidad de la vanguardia musical, despierta pasiones entre los jóvenes adinerados suizos deseosos de ahuyentar al aburrimiento de sus vidas ociosas. Entre ellos, Emanuel Hoffman, heredero de la empresa farmacéutica Hoffman, y Maja, su esposa, madre adoptiva de las últimas criaturas pictóricas que alumbraban en esa época, no sin dolor, los pinceles de Chagall, Picasso y Miró. El matrimonio no tardó en caer bajo el influjo de la personalidad magnética del joven Sacher, las ambiciones del cual, inversamente proporcionales a los recursos económicos a su alcance, no encajaban por aquel entonces en el rompecabezas de su vida.El destino brindará a Sacher la solución a su personal problema matemático en un paso a nivel sin barrera, donde la muerte da caza a Emanuel Hoffman en su automóvil: "Fui directo hacia Maja" confesó sin avergonzarse a Lesly Stephenson, autor de la última biografía publicada del millonario. Así, en 1934, un devoto de la música contemporánea, sin posibles, contrae matrimonio con la viuda más rica de Suiza, y madre adoptiva de los pintores de vanguardia. Tres años más tarde, brotan los primeros frutos de la unión: la Música para cuerda, percusión y celesta, de Béla Bartók; la Rapsodia, de Conrad Beck; y Das ewige Brausen, de Willy Burkhard; partituras encargadas por Paul Sacher que él mismo estrena el 21 de enero de 1937. Las primeras de una numerosa lista de obras, cerca de 200 en 60 años, con las que la música del siglo XX adquiere musculatura de culturista gracias al esfuerzo de los gimnastas del pentagrama más talentosos de la época: Igor Stravinsky (Concerto en re), Richard Strauss (Metamorfosis), Arthur Honneger (Sinfonía n.4), Bohuslav Martinu (Toccata e due canzoni), Béla Bartók (Divertimento), al que sigue un extenso etcétera del mismo calibre. Justo es señalar que Sacher no sólo se interesó por el extremo superior de la Historia de la Música, también cuidó con mimo su extremidad inferior mediante la creación del primer instituto en Suiza dedicado a la investigación de la música antigua, la Schola Cantorum Basilensis.Años más tarde, las ambiciones extremas de Sacher recibirán una nueva inyección de vitalidad a través de una prodigiosa fórmula química: tras décadas de poner los nervios de punta a todos aquellos melómanos cuyo gusto musical hallaba amargo cualquier plato cocinado después de Mahler, o acaso de Brahms, la empresa farmacéutica que preside Sacher comercializa en 1973, quizá pensando en ellos, el ansiolítico Válium®. Los damnificados por las partituras patrocinadas por Sacher nunca fueron advertidos de que el consumo de tal medicamento contribuía a financiar la gestación de más obras cuya audición les conducía a repetir el tratamiento, ingresando en un círculo vicioso del que resultaba imposible salir, pues el origen de la enfermedad se hallaba, precisamente, en el remedio. Un negocio redondo, en fin.Los mayores consumidores de Válium®, sin embargo, no hay que buscarlos en las salas de conciertos, sino el entorno sentimental de Sacher, ya que además de partituras geniales, al músico millonario, o viceversa, también se le antojó coleccionar corazones devastados. La galería de vidas truncadas se abre con la mujer que, para casarse con Maja, Sacher dejó plantada tras un noviazgo de 10 años, y a quien, no obstante, continuó viendo en secreto. Años más tarde, las hormonas de Sacher dejaron su huella en el cuerpo de la prima de su esposa, con quien tuvo dos hijas, las cuales hasta mucho tiempo después no descubrieron que el hombre que acudía a menudo a su casa, y a quien llamaban "Tío Paul", era en realidad su padre. A esas niñas hay que sumarle otro hijo que tuvo en los años setenta, fruto la de la relación con una doctora que fallecería de cáncer 3 años después. Naturalmente, no hace falta señalar que la esposa engañada, Maja, ocupa un lugar de honor en esta lista.El caso es que la reparación con Válium® de los nervios destrozados de millones de personas como las mencionadas le supusieron a Sacher unos desmesurados beneficios que dedicó, entre otras cosas, a adquirir los archivos de Igor Stravinsky, Anton Webern y Bruno Maderna, los cuales, junto a los manuscritos de las partituras que le fueron dedicadas a lo largo y ancho de su vida, almacenó en una Fundación que lleva su nombre, dedicada a la investigación y promoción de la la música contemporánea.De todo ese ingente patrimonio, quiero destacar las obras que, como homenaje a su patrocinador, 12 compositores, -entre ellos, Cristóbal Halfter, el único español con registro de entrada en la Fundación-, escribieron tomando las iniciales del apellido de su mecenas, Sacher, como materia prima. Si el gusto de quien recorre estas líneas quedó atrapado en las redes del último Romanticismo, le recomiendo la audición del disco del sello ECM que las recoge como terapia de choque para amoldar sus orejas a los nuevos tiempos. Cabe la posibilidad, sin embargo, de que tras la tercera pista, la crispación de su sistema nervioso le avise que ha fracasado en el intento. En tal caso, en lugar de consumir un Válium®, (medicina que, en un inexplicable error de marketing de la empresa farmacéutica, no acompaña al disco; a ver si nos fijamos la próxima vez) bastará para recobrar la calma interior decirse en voz baja una frase mítica del creador más capacitado para competir con la Historia en la autoría de guiones de comedia, Billy Wilder; el único que tal vez hubiera sido capaz de imaginar un vínculo tan singular entre la ansiedad y la música del siglo XX: "Nadie es perfecto".
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