Discos

Redención en Nueva York

Samuel González Casado
martes, 29 de abril de 2003
Richard Wagner: El Holandés Errante. Hans Hotter (Holandés), Astrid Varnay (Senta), Set Svanholm (Erik), Sven Nilsson (Daland), Thomas Haysward (Timonel), Hertha Glatz (Mary). Fritz Reiner, director. Orquesta y Coro del Metropolitan de Nueva York. Grabación en directo desde el Metropolitan (30-XII-1950). Reedición de Naxos (2002), Ward Marston, ingeniero restaurador. Colección Historical, Great Opera Perfomances, 2 compactos ADD mono, 8.110189-90
0,0001552 Otro acierto que apuntar a Naxos por la reedición de este registro en vivo desde el Metropolitan, no sólo porque la discográfica norteamericana nos permite acceder a una versión que estaba descatalogada o que, al menos, resultaba bastante difícil de conseguir en su publicación anterior (Arlecchino), sino porque lo hace en la restauración de Ward Marston, ingeniero que ha restituido las pequeñas pérdidas sonoras de la cinta original gracias a que ha utilizado otras fuentes que también grabaron esta representación. El resultado técnico es extraordinario, porque la obra está prácticamente completa [como apunta Ángel-Fernando Mayo “al Holandés de 1950 le suprimieron una estrofa en la francachela de los marineros noruegos” (Boletín de Diverdi núm. 114, abril de 2003)] y el sonido, que posee profundidad y definición, ha sido evidentemente mejorado. Sin embargo, lo que recomienda esta versión no es este añadido técnico, la buena presentación o el reducido precio, los cuales, no hay que dudarlo, se agradecen, sino su rotunda e incuestionable calidad artística, cuyas razones de ser pasamos a exponer seguidamente.El reparto es inmejorable, sobre todo en lo que respecta a la pareja protagonista. Hans Hotter es un Holandés mítico del que ya podíamos disfrutar en la versión Clemens Krauss (Preiser, Laudis, o extractos en la colección de TIM History “Wagnermania”). En la de Reiner el barítono-bajo cuenta con seis años más de edad, pero no se aprecia ninguna diferencia en cuanto a la calidad de una voz única, inconfundible, capaz tanto de exhibir potencia descomunal como de plegarse al intimismo más delicado. El eximio cantante no está tan perfecto aquí como en el 44, como indican algún problema en los agudos y ciertos descuidos de dicción y afinación en momentos de mayor dramatismo; sin embargo, su visión del personaje es única, atormentada, amarga y conmovedora; en otras palabras, Hotter “es” el Holandés. Aquí se advierten claramente las razones de la fama que adquirió con la interpretación de un personaje que le fue asiduamente requerido. Ocioso resulta añadir mayor comentario a un portento vocal y dramático al que únicamente el oído puede hacer verdadera justicia.Algo parecido puede decirse de la soprano sueca Astrid Varnay, que en esta representación sustituyó en el último momento a la fascinante búlgara Ljuba Welitsch. Varnay poseía, en su época del Met, una tesitura que fue paulatinamente evolucionando hacia la de dramática, a la vez que incurría en ciertos problemas técnicos que en un principio resultaban menos apreciables. Desde su prodigioso debut en La Walkyria (1941, Naxos 8.110058-60), sustituyendo nada menos que a Lotte Lehmann como Sieglinde, Varnay ofreció en el coliseo neoyorkino muchas veladas wagnerianas, straussianas y algunas verdianas inolvidables [a vuela pluma, recordamos un fabuloso Simon Boccanegra dirigido por Fritz Stiedry, también del año 50 (Myto)]. En este momento la cantante podía afrontar el difícil papel de Senta con garantías, porque la voz se encontraba aún en muy buen estado, con cuerpo, potencia y bastante desahogo en la zona alta. Si a esto le sumamos una desbordante capacidad dramática (a Varnay se la ha llamado “la Callas del Norte”), obtenemos la Senta más completa que uno pueda imaginarse. Su parte musical más famosa, la balada, es atacada por la soprano de forma inesperadamente lenta en su sección “A”, suponemos que por indicación del director, aunque sin merma de línea ni de emoción. La química con Hotter, además, es perfecta. Sentimos escalofríos sólo de pensar lo que pudo ser esta velada en directo, con dos monstruos de semejante calibre sobre el escenario.En cuanto a los secundarios, sin duda merece mención especial el Erik de Set Svanholm, también en excelente momento vocal, intérprete cuidadoso que se identifica estupendamente con la “sangre caliente” del personaje, pero sin desentenderse de su naturaleza psicológica. También el casi desconocido Thomas Haysward —suponemos que pertenecería a la compañía del Met— tiene una brillante intervención como timonel, con valientes y seguros agudos. La voz de Sven Nilsson es de gran calidad, pero su Daland se queda un poco cojo por indefinido, ya que el bajo desaprovecha mostrar y matizar la verdadera identidad de un personaje bastante rastrero, hambriento de riquezas materiales y capaz de casar a su hija con el primer extraño que se le presenta. De todas formas, se trata de una prestación muy válida, y en las intervenciones con Hotter da gusto escuchar junta materia vocal tan impresionante. La mezzo Hertha Glatz, en su breve cometido de Mary, cumple con voz personal y adecuados acentos.La labor directorial es otro de los puntos fuertes de lo que aquí comentamos. Efectivamente, Reiner se muestra como gran conocedor de lo que tiene entre manos, y esto teniendo en cuenta que en 1950 El Holandés Errante era una ópera mucho menos interpretada que hoy en día. La orquesta se deja oír mucho más precisa y conjuntada que en otras ocasiones por mor de este magnífico capitán del podio, que en su casi maniática búsqueda de la perfección deja además su impronta gracias a estimulantes particularidades, como el marcado contraste de los tempi entre secciones (nótese, por ejemplo, la lentitud en la obertura del tema musical expuesto por los vientos que equivale a la parte “C” de la balada, así como la de la parte “A” de ésta comentada más arriba), lo que otorga variedad a la música y da pie a necesarios remansos que contrastan con la enorme tensión de otros momentos (en este sentido, el desenlace de la obra es un portento). La planificación es, pues, excepcional, e igualmente asombra la capacidad del maestro para mostrar gran cantidad de detalles orquestales sin perder ápice de potencia sonora. Quizá Clemens Krauss, en la versión que ya se ha mencionado, muestre mayor grado de fantasía y adecuación dramática, pero el trabajo de Reiner puede situarse a la par sin desdoro.Estamos ante una versión, con lo anterior, imprescindible de esta ópera primeriza de Wagner. Si hubiera que recomendar varias interpretaciones, ésta figuraría entre las tres más importantes [añadiríamos la de Krauss, que tiene los inconvenientes de la Senta “rara” de Viorica Ursuleac y un sonido algo saturado, y la de Hans Knappertsbusch en Bayreuth (1955, Golden Melodram 1.0028), seguramente la mejor, tanto por el conjunto del reparto (cuenta de nuevo con Varnay), como por el inconmensurable “Kna”]. Entre las que completarían una buena compactoteca no se debería olvidar la de Richard Kraus (Preiser 90L32), con una Senta de ensueño: Maria Müller, y Joel Berglund como Holandés (voz poco registrada fonográficamente), así como las de estudio de Ferenc Fricsay (Deutsche Grammophon 439715-2, con muy buena dirección y reparto tentador: Metternich, Kupper, Windgassen y Greindl) y Antal Dorati (DECCA 417319-2, con London y Rysanek), por este orden.Con tripulaciones como éstas, el Holandés siempre terminará obteniendo su liberadora redención; así ocurre en este doble disco compacto de Naxos, que no se cansa uno de escuchar. Gracias de nuevo.
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