España - Galicia

El agraz y el tocho

Julián Carrillo
viernes, 20 de junio de 2003
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La Coruña, domingo, 15 de junio de 2003. Palacio de la Ópera. ‘Zaide’, ‘Deutsches Singspiel’ en dos actos, K 344/366b (1780) de Wolfgang Amadè Mozart sobre libreto de Johann Andreas Schachtner con textos hablados de Carl Gollmick. Daniela Bruera, ‘Zaide’. Mark Tevis, ‘Gomatz’. Josep Miquel Ramón, ‘Allazim’. Jeremy Ovenden, ‘Sultán Solimán’. Francisco Santiago, ‘Osmín’. Orquesta Sinfónica de Galicia y Joven Orquesta de la OSG. Coro de la Sinfónica de Galicia. Director de Coro, Joan Company. Dirección musical, Rinaldo Alessandrini. Dirección de escena, Santiago Palés. Escenografía, Carmen Castañón. Vestuario, Gabriela Salaverri. Producción del Festival Mozart de La Coruña 2001. Festival Mozart de La Coruña 2003
0,0001911 Como una agrazada -bebida compuesta por zumo de agraz, agua y azúcar-, se podría definir Zaide: una ópera de buena cepa, pero sin terminar de madurar. En realidad, una ópera sin terminar. Mozart nunca llegó a escribir el previsto tercer acto ni los melólogos (escritos por Carl Gollmick para la edición de Zaide arreglada y completada por Johann Antón André (1838-39). Es más; parece que ni siquiera llegó a revisar nunca lo ya escrito de los dos actos representados en esta producción. Si bien su representación en la edición del Festival de 2001 resultó interesante, sobre todo por su rareza, no se ve demasiado justificada esta repetición sólo dos años más tarde.Para dar un sentido escénico a estos fragmentos (a la salida, alguien definía Zaide como “zarzuela alemana en tres actos menos uno”), Santiago Palés creó en su momento un artificio que podríamos decir circular por el que al final de lo escrito se vuelve a oír la canción inicial de Solimán y sus acompañantes, en vez de la más habitual Marcha en Re, KV 335, nº 1, dejando con ello un final abierto a la imaginación del espectador, que si quiere entender algo tiene que emplearse a fondo en ello, desde luego. El vestuario, definido en su presentación hace dos años como muy atemporal, resulta claramente concebido en clave de "turquería".El tocho veladoEl decorado único se basa en cambios de color en la iluminación -gris, rojo, azul, amarillo, como "leit-motivs" visuales de cada personaje-, una serie de paneles movibles negros y un molesto tocho central también negro. Una especie de gran cajón aparcado en medio del escenario, presente en muchos montajes teatrales y operísticos, presuntamente multi-simbólico (diván, batel y celda de castigo en esta ópera) y absolutamente restrictivo para los movimientos de los cantantes, que se ven obligados a subir y bajar de él cada vez que tienen algo importante que cantar. Es decir, que sea aria, dúo o trío, todo ha de suceder (y perdonen los ‘palabros’) epi o "peritochalmente".El predominio de la luz cenital en la iluminación distorsiona los rostros de los personajes, dándoles un aspecto más fantasmagórico que onírico. Todo ello aderezado visualmente con un velo negro que supongo pretende reforzar el aspecto onírico y que enturbia la visión del espectador y debe de ser claramente molesta para los cantantes, pues no les permite ver muy bien al director musical ni sentir la presencia del público. Creo que su mayor utilidad fue servir de pantalla para la proyección de un rectángulo rojo que debía de ser simbólico de la pasión de los protagonistas o algo así, supongo.El marino y el tigreEn el aspecto vocal, sólo dos personajes rayaron a buena altura, destacando claramente el Allazim de Josep Miquel Ramón. Su voz, redonda y muy bien proyectada, y un buen saber hacer escénico hicieron un personaje todo lo creíble que permite la función y su planteamiento. En cuanto al Solimán de Jeremy Ovenden, fue creado por éste con hermoso timbre, buena colocación y una emisión de gran regularidad en todos los registros.A la Zaide de Daniela Bruera le faltó la dulzura de gesto, timbre, emisión e intención que se precisan para hacer de Ruhe Sanft la deliciosa aria con la que a uno le gustaría ser arrullado. En Tiger, por gesto y canto, más pareció ser el fiero felino descrito que su indignada víctima, vamos. Pese a que Mark Tevis se adecúa más por edad al personaje de Gomatz, por gusto, técnica vocal y por presencia escénica se añoró el que hizo R. Blake hace dos años. En cuanto a Francisco Santiago, hizo su escasa parte correctamente en lo vocal y escénico.Mal aparcamientoLa acústica del teatro Rosalía Castro es realmente curiosa: muy clara y nada envolvente para el espectador en la mayoría de su aforo y muy dura para quien actúa, que no se oye bien a sí mismo. La embocadura del escenario viene a ser una especie de agujero negro traga-decibelios para quien está situado en ella.Por otra parte, la falta de un auténtico foso se salvó en su momento instalando una plataforma hidráulica permite bajar justo esa parte del escenario, siendo ése el lugar que ocupa la orquesta en estas representaciones. La solución es ingeniosa en lo mecánico, pero poco eficaz acústicamente. En estas condiciones, la orquesta se sitúa al nivel del patio de butacas, justo delante del público de las primeras filas, exactamente debajo de la embocadura, con demasiada presencia visual y acústica para los espectadores.Esto despista a los directores, haciéndoles demandar una excesiva intensidad a la orquesta, a la que oyen peor que a los cantantes, situados en el escenario, con lo que se tapa a estos con demasiada facilidad. Sucede muchas veces; en la función del domingo, el velo antes citado pudo contribuir a aumentar el problema. Salvando éste, la Sinfónica, con el refuerzo de miembros de su Orquesta Joven, sonó todo lo redonda y bien empastada que era posible y con la ductilidad que la caracteriza.
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