España - Andalucía

Lo que queda después del circo

Ismael G. Cabral
viernes, 5 de septiembre de 2003
Daniel Barenboim en el Teatro Colon de Buenos Aires © Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires Daniel Barenboim en el Teatro Colon de Buenos Aires © Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Sevilla, miércoles, 20 de agosto de 2003. Teatro de la Maestranza. Daniel Barenboim, director. West-Eastern-Divan. F. Schubert: ‘Sinfonía nº 7 ‘Incompleta’ en si menor’. L. v. Beethoven: ‘Sinfonía nº 3 ‘Heroica’ en mi bemol mayor. Capacidad: 1800. Aforo: Lleno absoluto
0,0001677 El mes de agosto en Sevilla es para Barenboim. O al menos así es como lo han recogido las cabeceras culturales de los periódicos locales. Ante la escasez informativa, el equipo que rodea al West-Eastern-Divan (o Taller del Diván) se puso manos a la obra, y un día tras otro, invitaba a los medios a que recogieran palabras de los músicos, ruedas de prensa, anuncios, llegadas y salidas, en fin... invitaban a situar la iniciativa pacífico-cultural de Daniel Barenboim y del intelectual Edward Said en el corazón de toda la ciudad.Tanto es así que, la misma mañana del concierto, el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, anunciaba en Pilas (localidad de la provincia de Sevilla donde se congregaban los músicos del Diván) que se había creado la Fundación Barenboim – Said para la Cultura y el Pensamiento. La nueva institución nace plagada de buenas ideas, todavía sin concretar y cuyos frutos, mejores o peores, habrán de pagar de una manera u otra los ciudadanos con su bolsillo.El West-Eastern-Divan es una iniciativa que surgió hace cuatro años, con la intención de unir a jóvenes músicos procedentes de diversos países de Oriente Próximo y de Israel. La intención no era otra que la de ayudarles a perfeccionar su dominio instrumental y, todavía más importante, facilitarles a fraguar una mutua comprensión entre sus pueblos. Hasta ahí, la concepción original. Sin embargo, para explicar en qué ha cristalizado aquella bella premisa, debemos acudir hoy al término de “circo mediático”, que es el que más se ajusta a la realidad del Diván.Barenboim ha conseguido hacer realidad en Sevilla su propósito. Todo son parabienes y loas a su proyecto. Parece descortés e ineducado llamar la atención sobre tan bondadosa iniciativa, obra de un director, cuya imparable fama no hace más que cimentarse en premios ajenos al ámbito musical (recordemos su Principe de Asturias de la Concordia).El Taller del Diván presume de unir a músicos de dos países en conflicto y de facilitar el respeto entre ambos. Resulta una paradoja, que contrariamente a lo que pudiera pensarse, muchas de estas jóvenes promesas, provengan de padres italianos o argentinos, residan por estudios en Alemania o Francia, y por azar del destino hayan nacido en Israel o tengan parte de su familia en Palestina. Eso es al menos, lo que se comprueba charlando con algunos de ellos en la residencia donde han pasado buena parte del mes de agosto sevillano. El resultado es que la mayoría de ellos se unen al Diván por motivos puramente musicales, considerando la parte más filosófica o teórica del proyecto como algo muy ajeno a sus intereses.Así las cosas, lo que queda después del circo es la música. Claro que no hay mucho espacio para ella, cuando el cielo está lleno de nubes, y cuando un concierto se convierte en un gran acto político y social.El programa, compuesto por la Sinfonía Inacabada de Schubert y la Sinfonía ‘Heroica’ de Beethoven, discurrió en un clima de gran expectación, pudiéndose apreciar el gran trabajo que Barenboim ha hecho con tan jóvenes músicos, que, en algunos casos, ni siquiera han acabado sus estudios.Si la inmensa complejidad de la Sinfonía de Schubert fue bien desentrañada por la batuta ora enérgica ora sosegada del argentino, la Sinfonía de Beethoven, fue una clara demostración de la buena competencia del músico al frente de la orquesta del Diván. Sin lugar a dudas que su versión, preparada tras intensas y largas horas de ensayo, estaba cuidada hasta el más mínimo detalle, y lo que es más importante, pese a carecer de una personalidad propia, la orquesta ha asumido como suya la del propio Barenboim. Así, presenciamos un Beethoven trágico y ampuloso a la vez, con fastuosas apariciones de la cuerda, y con una ‘Marcha fúnebre’ en el segundo movimiento, llena de aquello que los barrocos llamaban ‘afectos’. Pareciera que durante su interpretación quisiera concentrarse la petición de paz de los músicos.Barenboim, contrario a ligerezas, imprime un pathos profundamente romántico y trágico, que a más de uno, incluido el que arriba firma, sólo le provoca indiferencia. Los partidarios de interpretaciones como esta, tienen en la discografía, auténticos monumentos en los que recrearse. Para los demás, Rattle, Abbado (el último), Norrington, o Leibowitz significarán mejores aproximaciones.El público aplaudió de manera encendida. Unos por la valía de los chicos del Diván, otros por el astro Barenboim, todos por lo de bueno que pueda tener la iniciativa. Mientras que ello sucedía, la mitomanía se dedicó a ovacionar al director. Una ramplona interpretación de la obertura de El barbero de Sevilla puso fin a la cuestión.
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