Reino Unido

Imperialismo cultural

Eduardo Benarroch
miércoles, 4 de febrero de 2004
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Londres, jueves, 1 de enero de 2004. The Royal Opera House, Covent Garden. Stephen Sondheim, Sweeny Todd (estreno, Uris Theatre, Broadway, 1 de marzo de 1979). Libreto de Stephen Sondheim basado en el libro de Hugh Wheeler y de una adpatación de Christopher Bond. Dirección escénica: Neil Armfield. Escenografía: Brian Thomson. Vestuario: Tess Schofield. Coreografía: Denni Sayers. Elenco: Thomas Allen (Sweeny Todd), William Dazeley (Anthony Hope), Rosalind Plowright (Mendiga), Felicity Palmer (Mrs Lovett), Rebecca Evans (Johanna), Jonathan Veira (Juez Turpin), Doug Jones (Tobias Ragg), Bonaventura Bottone (Pirelli). Coro de la Ópera Real (director del coro Terry Edwards). Orquesta de la Ópera Real. Director de orquesta: Paul Gemignani.
0,0002169 Hay ciertos parámetros que definen lo que es una ópera, texto, música y el respeto a ciertas reglas del juego, como por ejemplo usar cantantes de ópera.Aunque Janacek compuso una ópera con acompañamiento de piano que dura menos de una hora (Diario de un desaparecido), el género es bien respetado y el resultado es una ópera en forma indiscutida. Porgy&Bess usa elementos de jazz pero sigue siendo una ópera, tanto como la Petitte Messe Solemnelle es una misa completa por más que esté compuesta para dos pianos y no para orquesta. Nadie diría en su momento de locura más grande que My Fair Lady es una ópera, a pesar de contener muchos de los ingredientes que le son comunes al género, ni tampoco Guys&Dolls ni menos aún esa obra magistral llamada South Pacific de Rogers & Hammerstein. El género operístico entra en un camino nebuloso cuando se menciona West Side Store compuesta por Leonard Bernstein, un compositor entrenado en el campo clásico al igual que Gershwin, y han habido casos en que teatros han puesto esta obra que sin embargo pertenece al género de ‘musical’ más que al operístico.No ha habido quejas hasta el momento del público operístico que demande ‘musicals’ en teatros de ópera ni mucho menos del público de comedias musicales que exijan ver su género predilecto en teatros de ópera.Por estas razones, y otras que serán explicadas más adelante, resulta un total enigma la presentación en la actual temporada del Covent Garden de Sweeny Todd, calificada por el compositor como un ‘Musical thriller’, o sea un musical con suspense.Pero aquí también existe una seria contradicción porque el género de suspense exige el respeto de ciertas reglas del juego, por ejemplo debe haber suspense y ese suspense debe estar creado de tal manera que haya una moraleja y un desenlace que sea creíble. Hasta en el caso de Don Giovanni hay suspense a pesar de que se sabe desde el principio que el personaje principal será llevado al infierno por el ‘Commendatore’. Y conste que Don Giovanni pertenece al género de drama giocosso.En Sweeny Todd hay un solo momento de suspenseo y es el momento en que ‘Sweeny’ asesina al ‘Juez Turpin’, un ser despreciable que desea casarse con su hijastra adolescente. Pero ¡que sorpresa! la escena es inmediatamente socavada por la escena que sigue, en la cual reaparece ‘Sweeny Todd’ para calmar al público (¿a los americanos impresionables se supone?) de que todo es un cuento (pero no de hadas).Algo similar había sucedido en la conclusión del primer acto, cuando ‘Sweeny’ no logra asesinar al ‘Juez Turpin’ en su primer intento, escena que es seguida por un terrible vaudeville con ‘Sweeny’ y ‘Mrs Lovett’ haciendo bromas acerca de qué tipo de carne pondrán en esos pasteles de carne que ella preparará con las víctimas de ‘Sweeny’, ¿desea un pastel de sacerdote?, ¿o un marinero?, ¿o un banquero?Muy bien para Broadway, pero no para público de ópera en un teatro de ópera y con cantantes de ópera y con una gran orquesta de ópera.¿Qué terrible egomanía lleva a pensar a un compositor mediocre como Sondheim que puede componer una ópera? aquellos que hayan visto la película Sonrisas de una noche de verano de Ingmar Bergman habrán disfrutado de una obra maestra y recordarán con cariño la obra y la artesanía que la produjeron, pero maldecirán el día en que éste americano sentimentaloide puso sus ojos sobre ella, porque se decidió entonces a destruir y deconstruir la obra convirtiéndola en un vehículo de comedia musical barata llamada Una pequeña música nocturna, ¿quién se cree que es Sondheim? ¿Mozart? Porque esta obra es un atentado al original, al que priva de todo el contenido mágico de esa noche de verano, de la relación entre los caracteres principales y la diferencia de edades. Quien haya escrito A little night music, no ha visto ni siquiera ha escuchado consejos de aquellos que le tendrían que haber dicho que las estaciones son muy marcadas en los países nórdicos y el verano tiene un significado muy especial que como el monzón en la India y Bangladesh afecta al carácter de la gente. Pero ¿qué demonios le importan las sutilezas a Sondheim, si de todos modos logra con unas rimas baratas y pueriles convencer a un público totalmente entontado?Otro de los requisitos de la ópera es que las palabras expresen en forma relativamente concisa y poética los sentimientos de los caracteres y que, excepto en casos excepcionales como ‘Don Bartolo’, no hagan exhibicionismos verbales. La mayoría de las óperas tienen textos escritos por hombres de teatro, en otros casos como Wagner aún cuando los textos son largos no poseen ningún otro elemento en contra y tienen la virtud de estar bien construidos dentro la partitura musical.Ese es el próximo problema que Sondheim no llega a superar; su orquestación, de acuerdo al programa, estuvo a cargo de Jonathan Tunick y esto requiere una pregunta: ¿desde cuando un compositor no orquesta su propia música?Si, queridos lectores, ya sabemos de Musorgsky y Boris Godunov y la versión de Rimksy Korsakov y la de Shostakovich, pero Musorgsky dejó una versión original ya orquestada y eso no debe olvidarse.Pues entonces el espectador se encuentra con un texto con superabundacia de palabras que hacen malabarismos con rimas infantiles, al mismo tiempo la orquestación es mero acompañamiento y consiste de efectos de vez en cuando como relleno, y de vez en cuando se escucha un órgano. Hacer tocar una orquesta del nivel del Covent Garden música de comedias musicales de segunda es un crimen y un insulto a la profesión.También es un gasto de una institución que fue creada para poner ópera y no tonterías de teatros de segunda. Si el Covent Garden desea llegar a más público deberá bajar los precios pero no el nivel de música que ofrece.Una cosa más todavía.El público que va al teatro, sea el Colón de Buenos Aires, o Viena, o Paris, sabe que cuando un cantante canta la voz sale de su cuerpo y se escucha desde todo el teatro. ¿Por qué entonces cuando ciertos cantantes cantaban por el costado derecho la voz se escuchaba desde un cajón a la izquierda? ¡Porque se usó amplificación! ¿Desde cuándo la ópera requiere amplificación en un teatro especialmente construido para dar ese género?Y peor aún, con una obra de tal pobreza franciscana se dispuso de un elenco de cantantes de ópera para cantar una obra que necesita actores que canten. Y Thomas Allen, que encarnó el rol titular, no posee la voz para el rol, que le resulta demasiado bajo y recurre a gruñidos. A su lado la ‘Sra Lovett’ fue cantada por Felicity Palmer, una excelente ‘Clytemnestra’, pero su forzado acento cokney resultó artificial y su voz de bocina llegó a cansar, todas sus escenas son muy cómicas pero lamentablemente quitan continuidad al drama y lo abaratan.Al menos puede decirse que el ‘Juez Turpin’ estuvo muy bien caracterizado y cantado por Jonathan Veira, un cantante sólido que siempre resulta efectivo. Pero una vez más, este es un carácter que da para mucho más, un juez pervertido por la pasión sexual y que desea casarse con su hijastra es algo que va mucho más allá que ‘Don Bartolo’, pero Sondheim no se da cuenta o no desea darse cuenta.Rebecca Evans cantó ‘Johanna’, la hijastra del juez e hija de ‘Sweeny Todd’, pero su voz sufrió con la amplificación que distorsionó a todos los cantantes.En cambio gustó mucho William Dazeley como el marinero ‘Anthony’, infatuado con ‘Johanna’, y el excelente barbero ‘Pirelli’ personificado por Bonaventura Bottone con maestría, asi como también su aprendiz ‘Tobias’ confiado a Doug Jones. Pero la figura de la noche fué Rosalind Plowright como la ‘mendiga’ que resulta ser la esposa de ‘Sweeny Todd’ que el creía muerta.Un tal Paul Gemignani marcó tiempos flácidos para una orquesta que debe haber llegado al colmo de la desesperación. Qué gasto inútil poner a estos profesionales del canto y de la música en un espectáculo indigno como éste, qué indigno del Covent Garden presentar un espectáculo así a su público, que -dicho sea de paso- no acudió a la cita, lo que vino fue un público que jamás volverá a la Ópera Real porque fue solo a divertirse al estilo americano.El imperialismo cultural tiene muchas formas, y en más de una ocasión fue usado con motivos políticos. Cuando Lauritz Melchior vino a Buenos Aires con una compañía alemana de ópera bajo la batuta de Fritz Busch, los fondos fueron provistos por Goebbels y el régimen nazi. No hay mucha diferencia entre esa visita a Buenos Aires, al menos con un contenido artístico indiscutible, y esta podredumbre yanqui que debemos soportar todos los días en la televisión o el cine, o la política internacional y ahora en nuestros teatros de ópera. El imperialismo ha cambiado la cara, pero no sus objetivos y eso hay que resistirlo, como lo hace Harry Kupfer en sus Maestros Cantores en Berlín.
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