Italia

Un bello mundo de pesadillas

Anibal E. Cetrángolo
viernes, 5 de marzo de 2004
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Venecia, domingo, 22 de febrero de 2004. Teatro Malibran. A Midsummer Night's Dream (Sueño de una noche de verano), ópera en tres actos con libreto de Peter Pears y música de Benjamin Britten. Regia, David Pountney. Escena, Stefanos Lazaridis. Intérpretes: ‘Oberon’: William Towers; ‘Tytania’: Susan Gritton; ‘Hippolyta’: Julie Mellor; ‘Lysander’: Matthew Beale; ‘Demetrius’: William Dazeley; ‘Puck’: Richard Gauntlett; ‘Theseus’: Mark Beesley; ‘Hermia’: Alison Hagley; ‘Helena’: Johanne Lunn; ‘Bottom’: Conal Coad; ‘Quince’: RogerBryson; ‘Flute’: Ryland Davies; ‘Smog’: Geoffrey Moses; ‘Smout’: Francis Egerton; ‘Starveling’, Adrian Clarke. Trinity Boys Choir y Coro ‘Pueri Cantores’ de Vicenza (director, Roberto Fioretto). Orchestra del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director musical, Sir John Eliot Gardiner. Nueva producción y primera representación en Venecia. Asistencia: lleno
0,0001541 En el magnifico marco del Teatro Malibran, el 22 de febrero, domingo de carnaval, vimos la segunda representación de Midsummer night’s dream de Britten, título que inauguraba con esta puesta su carrera veneciana. Britten y Venecia son dos términos que siempre se atrajeron con fidelidad desde la primera visita del compositor -junto con Peter Pears- en 1949. Cinco años más tarde la Fenice fue cuna de The Turn of the Screw y aquel estreno mundial subió con la dirección musical y la regia del propio compositor (esto ultimo con Basil Coleman) y la participación de Pears. Tambien el compañero-tenor participó en la Fenice en la primera representación de The Death in Venice despues de la prima assoluta en 1973. La obra de Britten sigue muy fielmente -aparte los imprescindibles cortes- el texto de Shakespeare y para algunos, como Chia Han-Leon, es la mejor de las entonaciones musicales de un texto del poeta de Strattford. Midsummer que, como toda gran obra, admite múltiples lecturas (todas menos la de un cuento de hadas infantil, sugiere Davide Daolmi, que devela los aspectos más inquietantemente eróticos de esta gran pesadilla que esta puesta no oculta en absoluto), se muestra al espectador de nuestros días con una vigencia impresionante en su ardua coherencia. La organización, en cambio, de los elementos musicales es exhibida por el compositor en declaraciones que describen así su plan: “la historia requiere de tres grupos bien diferentes -los amantes, los artesanos y las hadas- que por otro lado interactúan entre sí. En la ópera he usado un tipo diferente de escritura y de ‘color’ orquestal para cada grupo: las hadas, por ejemplo, son acompañadas por arpas y percusiones -aunque obviamente, usando una pequeña orquesta, tales instrumentos aparecen también en otras situaciones”. A esta declaración de Britten habría que agregar que las maderas siguen al mundo humano, las cuerdas graves y el fagot a los artesanos. La caracterización en pentagrama de los cantantes respeta también asociaciones análogas, como la delicada melopea que se liga a los enamorados. El compositor exige de sus cantantes aptitudes escénicas de verdaderos actores. Dice Britten: “otra ventaja de trabajar en escala reducida es que se pueden elegir cantantes que sepan recitar o que estén dispuestos a aprender a actuar ... yo quiero que los cantantes sepan recitar”. Sobre la primera producción escribe: “hay un solo cantante en esta producción que no ha subido nunca a un escenario (era Alfred Deller que cantaba ‘Oberón’) ...pero se adapta fácilmente a las tablas y está mejorando”. La producción veneciana de Midsummer sigue a la muy reciente edición toscana realizada por CittàLirica y que presentó al equipo de Opera Studio en la triple alianza de los teatros de Livorno, Pisa e Lucca. Respecto de lo que ofreció La Fenice diré que la compañía de canto, casi en su totalidad británica, fue excelente. El trabajo del equipo que impone la obra y que estos artistas del Malibran han evidentemente puesto en obra con solidaria colaboración hace injusto establecer jerarquías. Baste indicar, aunque más no sea por la gran responsabilidad vocal que asigna la partitura, la excelencia de Susan Gritton en su ‘Titania’. Magnifica la ‘Helena’ de Joanne Lunn y tambien el ‘Oberon’, cuyas arduas exigencias, superó brillantemente el contratenor William Towers. Ciertas números en especial, como los de las participaciones de los artesanos, han evidenciado, gracias al cuidadísimo trabajo de los intérpretes, un texto musical de divertidísimo valor artístico... La escena de la representación teatral, ¡formidable!. Dicho sea de paso, en la prima mundial fue el mismisimo Peter Pears (‘Flute’) que en su escena de follia provocó el delirio del público haciendo la parodia de la diva que había provocado los entusiasmos del público británico del año anterior en Lucia: nada menos que Joan Sutherland. El rol hablado (y movidísimo) de ‘Puck’, que en aquella histórica versión habia sido actuado por Leonide Massine II (hijo del bailarín de Diaghilev), fue aquí espléndidamente dicho y malabareado por Richard Gauntlett. La puesta de David Pountney transfiere la acción a una escuela inglesa de los años 60. Una escuela nocturna, ámbito afín a la iniciación al mundo de las pesadillas que nos avergonzamos de recordar. El resultado es muy bello y todo funciona perfectamente. La arquitectura escénica recuerda el panocticum escolar en versión corredores con grandes ventanas que describe Michel Foucoult y que Pountey aprovecha justamente en su ‘voyeurismo’. Ese “edificio puritano con balcón y grandes ventanas” es perfecto, ya sea para permitir movimientos muy veloces de los personajes como para unir de manera tan británica la frialdad sádica hacia los infantes con la trasgresión morbosa. La fusión de dos coros de niños, uno inglés y otro italiano, ha dado resultados irreprochables aún desde el punto de visto escénico. Muy bien Sir John Eliot Gardiner en su difícil rol de dar un sentido a los pedazos de esta obra que es a la vez organizada en su música y anticonstructivista en su génesis. La difícil partitura fue ejecutada con óptima fusión camerística por la orquesta del Teatro, en la que, como determina Britten, los arcos tradicionales (escasos) debieron compartir el foso con colegas de maderas y bronces pero sobre todo con una numerosa y muy variada percusión. El publico ritual y parcialmente enmascarado siguió la obra con gran participación y con un entusiasmo que hizo evidente en los interminables aplausos finales a scena aperta.
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