España - Cantabria

Irresistible Makropoulos de Janacek

Roberto Blanco
viernes, 13 de agosto de 2004
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Santander, jueves, 5 de agosto de 2004. Sala Argenta del Palacio de Festivales. Leos Janácek: El caso Makropoulos, ópera en tres actos (1926). Libreto del compositor basado en Karel Capek. Dmitry Bertman, dirección escénica. Igor Nezhny y Tatiana Tulubieva, escenografía y vestuario. Sergei Kostyuk (Vitek), Nikolai Dorozhkin (Albert Gregor), Svetlana Rossijkaja (Krista), Dmitry Skorikov (Kolenaty), Natalia Zagorinskaya (Emilia Marty), Sergei Yakovlev (Jaroslav Prus), Ilia Iljin (Janek), Elena Gushina (Limpiadora), Dmitri Ovtchinnikov (Carpintero), Mikhail Seryshev (Hauk Sendorf), Ekaterina Oblezova (Criada), Alexander Borodovsky (Mujer de Hauk). Coro y Orquesta del Helikon Opera Theatre de Moscú. Dirección del coro: Denis Kirpanev. Dirección musical: Vladimir Ponkin. Festival Internacional de Santander. Aforo: 1800 localidades. Ocupación: 75%
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Los 17000 folios del P.O.L. (Plan de Ordenación del Litoral) que captan la atención política estos días en Cantabria, parecían estar ayer diseminados por el suelo del escenario de la sala Argenta del Palacio de Festivales. Era la contribución escénica de Dmitry Bertman a esta ópera de irresistible música del compositor checo Leos Janacek, y que simbolizaban los cien años de duración del proceso Gregor-Prus en el bufete del abogado Dr. Kolenaty. El resto del escenario lo ocupaba un anfiteatro de tres plantas de papel maché troquelado por siluetas humanas ataviadas con trajes de época, trasunto de las personas que pasaron por la vida de la tricentenaria protagonista de la obra, y que se sientan, pasean, se ausentan y asisten mudas a los acontecimientos, hasta que, con las revelaciones finales de Emilia Marty, se adueñan del escenario para asistir a su muerte.

Estrenada en el Teatro Nacional de Brno el 18 de diciembre de 1926, El caso Makropoulos es la primera ópera de Janácek que se representa en nuestra ciudad. Para ella Janacek compuso una música fascinante aunque sin utilizar ningún número cerrado, solamente un recitado rápido y continuo con fluidos diálogos y el peculiar tratamiento musical de las palabras, acompañadas por un trabajo rítmico peculiarmente elaborado.

El libreto, del que se encargó el propio compositor, adaptando la obra teatral de Karel Capek, no se detiene en el aspecto satírico, ni en las cuestiones políticas, ni en el problema de la longevidad que trataba el dramaturgo, sino que se centra en el magnético personaje de ‘Emilia Marty’, y extrae su fuerza de una paradoja: la que se crea con el contraste existente entre la frialdad aparente de ‘Emilia’ (Es fría como una tumba, dicen por separado ‘Gregor’ y ‘Prus’) y las múltiples emociones que experimenta el personaje: violencia, desprecio, compasión, voluntad de agradar, cansancio, pero sobre todo, el miedo a la muerte y el aburrimiento y cansancio de vivir, lo que seguramente más atrajo a un Janacek que ya contaba con setenta años de edad.

Vladimir Ponkin se puso al frente de las huestes de la Helikon Opera Theatre de Moscú, cuya Orquesta estuvo brillante, con un sonido compacto que fluyó con naturalidad, acentuando los súbitos suspensos y cuidando con mimo la enorme variedad rítmica de este Janácek, aunque no siempre consiguió ese deseable equilibrio foso-escenario en cuanto a volumen de sonoridad, lo que perjudicó a los cantantes, especialmente al tenor Nikolai Dorozhkin (‘Albert Gregor’), de bella voz pero débilmente proyectada.

Con una escrupulosa línea de canto y una voz en buen estado, la soprano Natalia Zagorinskaya trazó las líneas del personaje principal con acierto y buen trabajo actoral, volcándose en el enorme monólogo del último acto, piedra de toque del rol, en donde demostró todo su talento. Junto a ella destacaron el barítono Sergei Yakovlev en una creación seria y autoritaria de ‘Jaroslav Prus’, y la tímida ‘Krista’ de Svetlana Rossijkaja.

No desmerecieron el resto de los cantantes, con un eficaz Kostiuk (Vitek) y un convincente Dmitri Skovikov en el papel del abogado ‘Kolenaty’. Y mención especial merece Mikhail Seryshev con su conde ‘Hauk Sendorf’ y sus evidentes esfuerzos por lograr una inteligible dicción castellana durante su intervención del segundo acto.

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