España - Cantabria

Festival de Santander

La Gheorghiu en el FIS

Roberto Blanco
viernes, 13 de agosto de 2004
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Santander, domingo, 8 de agosto de 2004. Santander. Sala Argenta del Palacio de Festivales. Angela Gheorghiu. Orquesta del Teatro Helikon de Moscú. Vladimir Pomkin, director. Obras. G.Verdi: Obertura de La Forza del destino. G. Puccini: ‘O mio babbino caro’ de Gianni Schichi. ‘Ch’il bel sogno di Doretta’ de La Rondine. P. Mascagni: Obertura de Cavalleria rusticana. F. Cilea: ‘Io son l’umile ancella’ de Adriana Lecouvreur. A. Catalani: ‘Ebben, ne andrò lontana’ de La Wally. M.Glinka: Obertura de Ruslan y Ludmila. V.Bellini: ‘Ah, non credea mirarti’ de La Sonnambula. R.Leoncavallo: ‘Stridono lassù’ de Pagliacci. V. Bellini: Obertura de Norma. G. Verdi: ‘Morrò, ma prima in grazia’ de Un ballo in maschera, ‘Pace, pace mio Dio’ de La forza del destino. Festival Internacional de Santander
9,39E-05

Con la sala Argenta casi llena y ante un público atento y expectante, cantó Angela Gheorghiu en el santanderino Palacio de Festivales, abriendo de la mejor manera el ciclo de recitales del LIII F.I.S. que la categoría de la intérprete convertía en un espectáculo lírico de alto nivel.

Apoyada esta vez en el soporte instrumental de la Orquesta del Helikon Opera Theatre, con Vladimir Ponkin a la batuta, la soprano rumana cantó con la actitud y la seguridad técnica que la caracterizan, amén de sus tics glamourosos que su personalidad cultiva. El programa, gustoso y bien estructurado dio comienzo con la inevitable “O mio babbino caro” del Gianni Schicchi de Puccini, que con un tempo excesivamente lento, daba paso al que quizás fue el momento más feliz de la velada, el aria de La Rondine, “Chìl bel sogno di Doretta”, donde descubrimos a la mejor Gheorghiu; ahí estaban en su esplendor todos sus recursos al descubierto: su personal timbre, la afinación y la perfecta musicalidad con que tradujo el aria estuvieron al servicio de una interpretación de primer orden. Las dos arias de Cilea y Catalani con que se cerraba la primera parte sirvieron para mantener viva la llama que ya se había apoderado del público, magnetizado por el innegable poder de convicción que emanaba del escenario.

Así las cosas, la segunda parte dedicada a Bellini, Leoncavallo y Verdi, contribuyeron a amplificar el lucimiento personal de la intérprete, aunque mostrara sus debilidades en el registro grave en las arias de Pagliacci, y sobre todo en la de Un ballo in maschera, a la que faltó algo más de mordiente.

Pero tenazmente reclamada por la entusiasmada audiencia puesta en pie, prolongó su actuación con tres intervenciones que sirvieron para seguir demostrando sus facultades vocales y su capacidad artística, pese a lo banal de las propinas elegidas: una canción rumana, otra italiana y una espeluznante Granada pusieron punto final a la velada.

Complementando la labor de la rumana, y debidamente intercaladas entre las arias, escuchamos cuatro oberturas de otras tantas óperas, siempre servidas por el hiperactivo Ponkin con irregular resultado.

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