Finlandia

Claridad e imaginación

Beatriz López Suevos
viernes, 1 de octubre de 2004
--- ---
Helsinki, martes, 31 de agosto de 2004. Sala Finlandia. András Schiff, piano. Ludwig van Beethoven, Sonatas para piano 1-4. Festival de Helsinki
0,0001428

El ambicioso Ciclo de la Integral de las Sonatas de Beethoven en siete sesiones va a llevar al húngaro András Schiff en los próximos dos años por escenarios de todo el mundo. Para este primer recital en el Festival Helsinki (al que seguiría cuatro días más tarde otro con las sonatas 5 a 8), András Schiff se sirvió de los dos pianos que últimamente lo acompañan, así que las sonatas impares las interpretó en un Steinway&Sons hamburgués de la Colección Fabbrini, y las pares en un Bösendorfer.

En la 1ª de las Tres Sonatas Op.2 (que Beethoven dedicó a Haydn), Schiff se mostró extremadamente cuidadoso con las dinámicas y articulaciones, como un miniaturista decidido a destacar los contornos con el color justo en cada detalle. Potenciaba cada pequeña inflexión rítmica y, al mismo tiempo, lograba un resultado global convincente, con un sonido levemente matizado con el pedal y delimitando las frases para hacerlas más expresivas con un pequeño rubato casi imperceptible al finalizarlas. Se mostró un poco más generoso con el pedal en el Minueto, consiguiendo al repetir cada una de las secciones una variedad sonora realmente admirable. El Prestísimo final sonó tal cual, y ese puede ser su mayor elogio: velocidad y energía, lirismo en la sección central y el ímpetu final. El Steinway respondió bien en esta sonata que tanto explota el registro medio del piano y que suena bastante uniforme. Tiene mucha más brillantez el registro agudo y se percibiría en la interpretación de la 3ª Sonata ese cambio tímbrico al acercarse a esta sección del piano.

En la 2ª Sonata, Schiff semejaba “el hombre tranquilo”. En el Allegro vivace inicial parecía la música brotar de una mente parsimoniosa, decidido András Schiff a mostrar los detalles de la partitura sin atropellos ni confusiones. Un buen balance sonoro entre los distintos registros, planos sonoros perfectamente definidos y un tempo que se mantuvo prácticamente imperturbable. A la “autoridad” del 1º movimiento le sucedió la contención expresiva del Largo appassionato, con ese momento mágico de intensidad dramática que prepara el final del movimiento. Un Scherzo muy ponderado nos llevó al Rondó final, traduciendo el húngaro la indicación grazioso por “elegante”, aunque nos tenía reservado un suplemento de energía para la sección central, terminando la obra casi con dulzura. Fue un acierto que tocase el Bösendorfer en esta segunda sonata, mucho más uniforme en su sonoridad a lo largo de los distintos registros, logrando un sonido sin fluctuaciones en las frecuentes escalas y arpegios que atraviesan todo el registro beethoveniano.

En la 3ª Sonata el “enigmático Schiff” comenzó el Allegro con brio con una timidez que hacía presagiar lo peor. Y sin embargo destapó un poco la olla logrando transmitir audacia interpretativa y plenitud sonora. Así pudimos acoger suficientemente preparados lo que resultó el “momento mágico de la noche”: un Adagio conmovedor al que el húngaro no restó ni un ápice de “la extrema tensión interna” (expresión ésta de Badura-Skoda) de este movimiento. Se mostró el húngaro absolutamente austero y descarnado hasta el final. Los dos últimos movimientos , ligeros y decididos, sirvieron de contrapunto, aliviando la tensión acumulada. La interpretación de esta Sonata, así como la 4ª fueron especialmente celebradas por el público.

En la 4ª Sonata Op. 7, András Schiff pareció soltarse un poco, después de tanto autocontrol. El ímpetu con que inició el Allegro molto e con brio no flaqueó en ningún momento, aunque no con ello perdió la claridad expositiva, control dinámico y articulación definida tan característicos del húngaro. El Largo fue interpretado con esa aparente sencillez que da el trabajo bien hecho, como si fuese fácil distinguir un piano de un pianissimo y que los dos resulten audibles en el último asiento de la sala sinfónica del Auditorio. El Allegro se caracterizó por la vuelta al equilibrio, con la sección Minore ligera y exenta de complicaciones. El Rondó final resultó absolutamente brillante, como un castillo de fuegos artificiales, aunque en lugar de terminar de manera abrupta, llegamos al final gradualmente, a salvo de arrebatos. Y es que para arrebatos tenemos otros pianistas, ¿no creen?

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.