Finlandia

Los lingotes de Alberich

Beatriz López Suevos
jueves, 16 de septiembre de 2004
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Helsinki, lunes, 30 de agosto de 2004. Ooppera. Das Rheingold, prólogo de 'El anillo del Nibelungo' de Richard Wagner. Götz Friedrich, director. Gottfried Pilz, decorados y figurines. Kimmo Ruskela, luminotecnia. Elenco: Juha Uusitalo, bajo-barítono (Wotan); Jarmo Ojala, barítono (Donner); Ari Grönthal, tenor (Froh); Jorma Silvasti, tenor (Loge); Eeva-Liisa Saarinen, mezzosoprano (Fricka); Satu Vihavainen, soprano (Freia); Erja Wimeri, contralto (Erda); Esa Ruutunen, barítono (Alberich); Aki Alamikkotervo, tenor (Mime); Sami Luttinen, bajo (Fasolt); Jyrki Coronen, bajo (Fafner); Corinna Mologni, soprano (Woglinde); Tove Aman, soprano (Wellgunde), Rica Rantanen, mezzosoprano (Flosshilde). Orquesta de la Ópera Nacional de Finlandia. Ralf Weikert, director musical. Aforo: 1350. Ocupación: 100%. Entradas agotadas
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Fue el primer Rheingold de mi vida que pude contemplar sin abrirme paso entre cabezas o columnas. El Teatro de la Ópera de Helsinki permite una visión cómoda y completa del escenario desde todos los asientos. Además, la escenografía, aunque grandiosa, no estaba sobrecargada. El fondo del Rhin se representó con tubos de neón azul  que fueron elevándose hasta quedar suspendidos sobre el escenario, lo que le confería una sensación opresiva a la escena. Esto se combinaba con el movimiento de los personajes sobre una plataforma con una inclinación muy marcada, que convertía en angustiosos los esfuerzos de 'Alberich' por alcanzar a las Hijas del Rhin. 

En la segunda escena no vemos ni cumbres montañosas ni fortaleza, sino un espacio diáfano donde la variedad viene marcada por la iluminación y el vestuario. En esa rara mezcla que tanto le gusta a Gottfried Pilz de elementos tradicionales y futuristas, Fasolt y Fafner se convierten en una especie de robots con trajes de astronautas (y unas plataformas en el calzado como no se vieron ni en los peores años sesenta), mientras los dioses llevan los correspondientes trajes blancos, que se vuelven verdosos gracias a la iluminación cuando empiezan a sufrir la falta de las manzanas de la juventud.

La tercera escena fue una de las más logradas. Se crearon dos niveles: el superior con una plataforma vacía y el inferior estrecho y angustioso como todas las minas, con la cabina de mando de Alberich y un montón de nibelungos interpretados por niños que gritaban y gemían a pleno pulmón con un entusiasmo pocas veces visto en unos nibelungos. El mundo subterráneo se comunicaba con el superior por teletextos verticales con la palabra "danger" en rojo circulando constantemente.

La cuarta escena repite lógicamente la segunda. La vuelta de los dioses con los rostros cubiertos y una iluminación muy focalizada hacia el azul acaba dando paso al rojo de la muerte de Fasolt y el incendio final que simboliza la tormenta de Donner. Tras esta grandiosidad, la vuelta al Rhin resulta blanda.

La representación se centra en 'Alberich', que aparece en escena antes del preludio y de la aparición de las hijas del Rhin. La acción en toda la Tetralogía parece estar marcada por las circunstancias, los personajes reaccionan a los acontecimientos según su carácter, pero casi como si estuviesen marcados desde el principio. Sólo 'Alberich' es libre, y capaz, tras su encuentro con las Hijas del Rhin, de poner en marcha toda la historia al reaccionar siguiendo sus propios impulsos. Esa Ruuttunen estuvo soberbio como cantante y como actor: su 'Alberich' es tan complejo como convincente. Desde que aparece en escena pasa por todos los registros: la frustración en su encuentro con las Hijas del Rhin y la furia desencadenada que le lleva a robar el oro. El revanchismo con el que actúa en la tercera escena no es sólo una respuesta a la humillación inicial, sino a la de toda una vida atrapado en la pobreza y la fealdad. Es tan comprensible, por tanto, sentir lástima por 'Alberich' en la primera escena como repugnancia en la tercera y nuevamente lástima cuando pierde no sólo el anillo, sino también la mano, en la cuarta escena. Situar a 'Alberich' en una pequeña cabina rodeado de mandos a distancia simboliza bien tanto el deseo de control sobre su entorno como la limitación intrínseca de ese dominio. La cabina es además un guiño al propio teatro, porque reproduce la cabina de control del escenario que está entre bambalinas, que el público no ve -ni conoce salvo que haya visitado el teatro- pero que es muy significativa para los cantantes y demás trabajadores del teatro.

Claramente el mundo subterráneo superó al divino vocalmente. Aki Alamikkotervo como 'Mime' fue la segunda revelación de la noche. Representado con mandil negro y gafas que parecían más de motorista que de soldador, interpretó su parte con convicción y claridad vocal. No se trata de un tenor 'llorón' o de voz liviana, o aún peor cómico, como pasa a veces con 'Mime', sino de un personaje que sobrelleva su situación con dignidad.

Juha Uusitalo dotó de una gran presencia escénica a 'Wotan', pero salía perdiendo en los pulsos vocales con 'Alberich' o 'Mime'. Su curriculum lo clasifica como bajo-barítono, y ciertamente tiene una voz profunda, pero su agilidad lo convierte en un 'Wotan' -e incluso en un 'Scarpia', papel que va a interpretar esta temporada en San Francisco- muy adecuado.

'Donner', vestido como un boxeador sonado, y 'Froh', como un pulcinella llorón, no destacaron especialmente en sus roles. Toda la Tetralogía mantiene un nivel muy digno en sus intérpretes, pero se echó en falta más contundencia en la llamada a la tormenta.

‘Loge’ sí tuvo un intérprete destacado. Jorma Silvasti en su papel de sarcástico y astuto abogado (su capa roja parecía una toga) brilló en la segunda escena hasta casi llevar de la mano al mismo ‘Wotan’.

Las Hijas del Rhin resultaron convincentes como cantantes, pero sobre todo muy seductoras con sus movimientos y trajes. Se notó el buen trabajo de dirección escénica de Friedrich en la coreografía de sus brazos y el ondular de los chales, que daban más sensación acuática que los propios tubos de neón azules.

'Fricka' fue la cantante más celebrada por el público, en buena parte porque 'jugaba en casa' y el papel de dueña parecía hecho a su medida. Su principal valor, como el del resto de coprotagonistas -Freia o Erda- está en su correcta combinación de cualidades vocales, adecuación al papel y buena dirección de actores.

Orquesta y director contribuyeron mucho al éxito de este montaje. Ralf Weikert dirigió esta función de El oro del Rhin con atención a los detalles y con la ventaja de tener una buena orquesta -incluso en los traicioneros metales- a su disposición. No es extraña esta capacidad de los instrumentos de metal en una representación donde se vió tanto oro, enormes lingotes, pasando de unos a otros. Posiblemente alguno de los lingotes bajó al foso, dando color y calor a trompas y trombones.

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