España - Andalucía

Álvarez no compensa

Paco Bocanegra
miércoles, 6 de octubre de 2004
Málaga, viernes, 1 de octubre de 2004. Teatro Cervantes. Gaetano Donizetti: ‘L’elisir d’amore’. Dirección Escénica: Francisco López. Ismael Jordi (Nemorino), Rocío Ignacio (Adina), Bruno de Simone (Dulcamara), Carlos Álvarez (Belcore), Lourdes Martín Leiva (Giannetta). Figurantes: Madama (Rosa Moreno), Bartolo (Eduardo Aguirre), Jacaranda Rey, Paku (Azafatas), Diego Arias y Juan Pablo Arias (Ayudantes). Coro de Ópera de Málaga, director: Francisco Heredia. Orquesta Filarmónica de Málaga. Director musical: Miquel Ortega i Pujol. Ocupación: lleno
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La situación de la ópera en Málaga, ciudad del paraíso, se ha vuelto, por utilizar palabras amables, calamitosa con ribetes patéticos. Atrás quedaron los años, no tan lejanos, en que se programaban cuatro títulos más uno de opereta y otro de zarzuela. Ahora dos títulos y un recital. Si aquella época tal vez presentaba un panorama de una calidad no demasiado brillante, al menos había de qué hablar. En la actualidad, para lo que hay que decir, mejor sería callar para no herir susceptibilidades, pero lo cierto es que alguien ha de poner los puntos sobre las íes ante tanto papanatismo, ignorancia, incompetencia y complacencia de responsables, público y crítica. Así no se va a ninguna parte, y Málaga bien merece otra cosa.

Cuando hace unos años el barítono Carlos Álvarez, hijo predilecto de la provincia, desembarcó desde su rutilante carrera internacional en su ciudad natal, podía esperarse un cambio, ya fuera por su influencia o mero efecto simpático. Muy al contrario, las cosas han ido a peor, hasta un punto indignante.

Escuchar a Carlos Álvarez no compensa en su ciudad, y cada vez menos ¿Cómo podría hacerlo con el limitado papel de ‘Belcore’, en un título como L’elisir d’amore, con un director que simplemente es una catástrofe al frente de una orquesta indiferente y ‘Adina’ encarnada por una tiple que arruina su voz a fuerza de gritar? Una misión imposible. Esta clase de situaciones, a fuerza de repetirse, han terminado por volverse intolerables, y para el aficionado con un mínimo de bagaje el reclamo de Álvarez en el Teatro Cervantes comienza a perder todo interés, habida cuenta de la corte que parece necesariamente adscrita a él.

Por alguna razón a Álvarez lo escuchamos siempre en Málaga con directores de tercera: Miquel Ortega i Pujol es un habitual. Francamente, cada vez lo hace peor. El mayor “acierto” orquestal de este Elisir, quizá por una suerte de recurso filológico de última generación que servidor desconoce, fue que todo sonó y estuvo dirigido como cabía esperarse de la banda del pueblo donde transcurre la acción ¿O se debió a una tiranía inconcebible de la dirección escénica? Improbable, habida cuenta de la sensatez y simpático clima buffo mostrado por Francisco López en un divertido espectáculo, como de marionetas de guiñol, con escenografía y figurines de Jesús Ruiz Moreno. En resumen, nada de lo que Donizetti puso allí, tan sólo una masa sonora inerte conducida con increíble estolidez en el primer acto y que en al segundo, al menos, consiguió acompañar a los cantantes a tiempo, extremo que en el primero de ellos no fue ni mucho menos la tónica general.

La soprano: una elección inexplicable en un país lleno de buenas promesas. Si hay algo más molesto que ver a una cantante estropeando un material con posibilidades por mala cabeza, falta de estudio o estar mal aconsejada y, desde luego, la carencia de una técnica sólida, es mostrarse ufana de ello . La voz ya presenta síntomas muy preocupantes. El grave falla, el centro se está vaciando y sólo funciona en la parte media-alta; los agudos vienen sistemáticamente gritados. Las notas agudas también se cantan , no es cuestión de volumen, sobre todo si se hace escuchar un timbre que se metaliza y tiene la textura de un papel de lija. Las agilidades, que han debido ser fáciles por naturaleza, se atacan con prudencia y la elaboración carece de limpieza y espontaneidad, mas no por ello se evitan cadencias añadidas de dudoso gusto ni agudos no escritos lanzados con mayor o menor fortuna a la buena de Dios.

Al menos estaba allí el ‘Nemorino’ Ismael Jordi para salvar la función, con una “Furtiva lacrima” de manual, cantada con buen gusto y sensibilidad. Suya fue la mayor ovación y con todos los derechos: tampoco lo tuvo difícil. Bruno de Simone como ‘Dulcamara’ mostró mejores tablas que rendimiento vocal. El reparto lo completaba una estupenda ‘Giannetta’ de voz y presencia escénica en la soprano Lourdes Martín Leiva. El coro, voluntarioso, no quedó en mal lugar.

Resta Álvarez. Su voz parece mantenerse sana y suena con firmeza, rica de armónicos, oscura y seductora, aunque con su consabida costumbre de entubar el sonido. Cantó bien lo poco que tenía que cantar, especialmente la entrada, que es su principal escena en solitario, pero como el público seguramente ignoraba este hecho reservó sus aclamaciones para el final. Pero como ya se ha dicho, en semejante contexto esta garganta no compensa, ni mucho menos, y la producción que hace unos meses en Jerez de la Frontera alcanzó un nivel digno en Málaga quedó en agua de borrajas.

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