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Wo bleibt Polaski? Ist doch ihre Stunde

Mikel Chamizo
jueves, 7 de octubre de 2004
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San Sebastián, viernes, 27 de agosto de 2004. Auditorio Kursaal. Richard Strauss: Elektra (versión concierto). Deborah Polaski, Elektra. Reinhild Runkel, Clitemnestra. Anne Schwanewilms, Chrisotemis. Siegfried Jerusalem, Egisto. Alfred Walker, Orestes. Lars Woldt, Christiane Hossfeld, Birgitta Svenden, Corby Welch, Irmgard Vilsmaier, Viola Zimmermann, Susane Resmark, Margarita de Arellano, Twyla Robinson. Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia (WDR). Director: Semyon Bychkov.
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 -Supón que, para divertir a sus amigos, un vienés bromista se inventa toda la historia del Ello, y del edipo, e imagina sueños que jamás ha tenido, y pequeños Hans que nunca ha visto... ¿Y qué sucede después? Pues que aparecen millones de personas dispuestas a convertirse en seres neuróticos. Y otras miles dispuestas a explotarlas. Umberto Eco: El Péndulo de Foucault.

Hugo von Hofmannsthal, para quien eran bien familiares textos freudianos como Estudios sobre la histeria en la época de creación de su Elektra, fue precisamente uno de esos explotadores geniales del psique humano al que debemos la configuración del que quizá sea uno de los personajes más impactantes de la historia de la ópera. Más loca que Lucia y menos que Hamlet, bestia salvaje a la vez que tierno retoño de su padre, tan despiadada como profundamente humana, Elektra es un ente cuya vida rige al margen de los valores tradicionales y que exige de su intérprete una alienación, una enajenación mental transitoria que dibuje al personaje en toda su grandeza arcaica.

Grandes Elektras ha habido desde aquel estreno de 1909 con Annie Krull, de quien la Klytämnestra Ernestine Schumann-Heinck dijo 'Nunca olvidaré aquella Elektra, los ojos brillantes de animal de rapiña e inquietantemente centelleantes que tenía cuando se me acercó. Hacíamos comedia, pero esto lo habíamos olvidado totalmente.' En el mes que ha transcurrido desde que esta Elektra que nos ocupa subió al escenario del Kursaal me he dedicado a repasar bastantes de entre los numerosos registros fonográficos existentes de la obra más truculenta de Strauss, y aunque no es mi intención, desde luego, tratar de entronizar a una de entre las muchas Elektras que han poblado el siglo XX, me atrevería, me arriesgaría a afirmar que, hoy por hoy, Polaski es Elektra y Elektra es Polaski.

¡Qué banal es decir que Polaski no dio bien ningún agudo cuando su sola presencia en escena, su estatura enorme y su porte regio bastaban para hacernos ver en ella a la Elektra ideal, la de Sófocles! ¡Y qué absurdo tacharla de poco escénica cuando un solo movimiento de su dedo índice resultaba más dramático y teatral que un doble salto mortal carpado hacia atrás realizado por cualquier otra! Por no hablar de la fantástica caracterización del personaje desde el plano de lo vocal, sobradamente conocida ya por el registro protagonizado junto a Barenboim pero, si cabe, aun más afinado ahora en aspectos como la burla y el sarcasmo o la rabia, más contenida y, por eso mismo, aun más virulenta. Cuando una cantante llega a la simbiosis más completa con el personaje que interpreta queda poco por decir, sólo disfrutar o, en el caso de Elektra, aterrorizarse.

Pero no sólo hay un personaje en esta ópera, y aunque Polaski fue definitivamente la más grande del plantel, ese 27 de agosto se dio el extraño caso de que prácticamente todos los componentes vocales estuvieron sobresalientes en sus respectivos roles. Así, la Clitamnestra de Reinhild Runkel, una señora mayor en toda regla, torturada por sus temores y sus remordimientos (¿qué si no le impide deshacerse de la amenaza constante que supone para ella Elektra?), estuvo sencillamente espléndida en sus dotes teatrales y su timbre de voz, ya cansado y tirante, dio ese punto de patetismo a un personaje menos monstruoso de lo que Hofmannsthal trata de hacernos creer –recordemos que, en el mito clásico, el asesinato de Agamenón está en cierto sentido justificado-.

La Chrisotemis de Anne Schwanewilms fue realmente notable, aunque quedó algo por debajo de sus compañeros de reparto. El problema fue su timbre, muy brillante, que resultó a veces excesivamente duro para un personaje que, aunque de nobles sentimientos, es poco menos que pusilánime ante la fuerza desbordante de Elektra. Digamos que la Chrisotemis de Schwanewilms pecó de carácter y su negativa a participar en la venganza urdida por su hermana se dio más por narices que por cobardía.

El ya bastante roto Siegfried Jerusalem vistió a la perfección en el personaje esperpéntico de Egisto, que tan solo aparece en la ópera para que se lo carguen. Así y todo, el galán Jerusalem supo morirse con estilo.

Uno de los momentos mágicos de función llegó con el bellísimo reconocimiento de Orestes, encarnado por Alan Walker, un barítono-bajo de voz increíblemente hermosa y profunda, pero de una sobriedad y cualidad regia idónea para significar en toda su grandeza al hijo vengador y futuro rey. Realmente, cada una de las frases que cantaba Walker llegaba a poner los pelos de punta y no ha habido, al menos para mí, un Orestes mejor que él.

Los comprimarios, desde la dama de compañía a las doncellas y los sirvientes se mostraron también a un nivel altísimo. Buena prueba de ello fue la escena inicial del patio, con cinco mujeres que eran cinco poco menos que valquirias.

Nos queda hablar tan sólo de orquesta y director. Bychkov, incluso tratándose de una versión en concierto, decidió ampliar la plantilla orquestal de 111 a 118 instrumentos, lo que reforzó la rotundidad de determinados pasajes. Paradójicamente, su versión se caracterizó por una contención constante, una especie de represión del sonido que a veces resultaba angustiosa porque ni siquiera en los tutti más salvajes diseñados por Strauss -la entrada de Clitemnestra, por ejemplo- dejaba a la orquesta desmelenarse y atronar agusto. Esta actitud por parte de Bychkov dotó, si cabe, de una aura de mayor amenaza a determinadas escenas clave de la tragedia. Por lo demás, su trabajo fue magnífico en todos los aspectos posibles, desde el muchas veces precario equilibrio tímbrico hasta la tan compleja fisonomía de la línea musical, tan a menudo rota, desmenuzada y vuelta a resurgir de la manera más inesperada.

Esta versión de concierto en San Sebastián fue un preludio a una grabación comercial que, con este mismo reparto, se realizará por estas fechas si no se ha realizado ya. Traer una cosa semejante a San Sebastián es desde luego un mérito enorme para los programadores de la Quincena Musical.

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