Discos

El Maometto de la Rossini Renaissance

Enrique Sacau
miércoles, 20 de octubre de 2004
Gioacchino Rossini, Maometto secondo. Ernesto Palacio (Paolo Erisso), June Anderson (Anna), Margarita Zimmermann (Calbo), Laurence Dale (Condulmiero y Selimo), Samuel Ramey (Maometto II). Ambrosian Opera Chorus. Philharmonia Orchestra. Claudio Scimone, dirección musical. Tres compactos DDD de 184 minutos de duración grabados en Kingsway Hall, London, en diciembre de 1983. Decca 475 509-2.
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Un reparto como el de este Maometto secondo grabado a principios de los ochenta no puede sino impresionar: tenemos a algunos de los mejores cantantes rossinianos de la conocida ampliamente como Rossini Reinaissance en sus mejores momentos profesionales bajo la batuta de Claudio Scimone, que firma uno de sus mejores trabajos. Y esa primera impresión no defrauda, ni muchísimo menos.

Empezaremos por el principio, pues, para decir que Ernesto Palacio está magnífico como ‘Paolo Erisso’, con su voz de timbre rico, suave y sin forzar en todo el registro, fraseando siempre con tranquilidad y sin apuro. El ‘Calbo’ de Margarita Zimmermann nos va ganando poco a poco con su voz grave, no por ello falta de mordente en el agudo, contundente coloratura y capacidad dramática.

Nos gana también poco a poco June Anderson en el papel verdaderamente protagonista de ‘Anna’ (lo de Maometto es más atractivo para un título, claro, pero aquí quien manda es la soprano), una de esas cantantes que quizá no emocionan al primer instante, pero que va ganándose al oyente a medida que avanza la ópera. Tras su buena cavatina introductoria, donde realmente triunfa es en el acto segundo, sacrificando su vida por su padre y su esposo, derrochando matices tímbricos para adecuarse a las situaciones dramáticas, emitiendo perfecta y sobria coloratura, atacando el agudo con serenidad, etc. Una grande de verdad.

Junto a ella está el también grande Samuel Ramey como ‘Maometto’, que canta muy bien, si bien no acierta a dotar su timbre del color de ‘malo, malísimo’ que le corresponde en el segundo acto, ni de ‘enamorado’ del primer acto. Se queda así un poco plano. En cualquier caso, es quizá su cavatina del primer acto la primera intervención que realmente impacta al oyente de este compacto, que encontrará en la segunda parte de la ópera la mayor parte de sus encantos.

Claudio Scimone tiene a su frente al excelente Ambrosian Opera Chorus y a una no menos adecuada Philharmonia con los que trabaja bien, sin hacer maravillas, pero bien. Lo mejor es su capacidad para acompañar a los cantantes apoyándolos y subrayando su trabajo en todo momento, que hace olvidar la, por momentos, falta de chispa de la labor orquestal. Mención aparte merecerían los ingenieros de sonido pero, increíblemente, sus nombres no figuran en el librito adjunto: la toma de sonido es excepcional.

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