Reino Unido

Pelléas et Mélisande o La desesperada tristeza del subconsciente

Emanuele Senici
viernes, 10 de diciembre de 2004
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Oxford, jueves, 2 de diciembre de 2004. New Theatre. Claude Debussy, Pelléas et Mélisande. Graham Vick, dirección escénica. Daniel Farncombe, dirección de la reposición. Paul Brown, escenografía. Jon Stevens, iluminación. Andrew Slater (Golaud), Tove Dahlberg (Mélisande), Anne-Marie Owens (Geneviève), Geoffrey Moses (Arkel), Kevin Greenlaw (Pelléas), David Stark (Yniold), Robert Davies (Berger), James Gower (Médecin). Glyndebourne on Tour Orchestra. The Glyndebourne Chorus. Pascal Rophé, dirección musical. Ocupación: 80 %
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La producción de Graham Vick de Pelléas et Mélisande, concebida originalmente para el Festival de verano de Glyndebourne, pero que ya había visitado Oxford y otras ciudades del sur de Inglaterra de la mano de Glyndebourne on Tour hace algunos años, sitúa la acción a principio del siglo XX, en los años de la composición de la ópera. Hoy en día es éste un truco bien conocido, por supuesto. Sin embargo, en el caso de Pelléas continúa siendo relevante, puesto que la estética dramática de la obra se apoya de manera crucial en la ausencia de un marco preciso, tanto cronológico como geográfico. ¿Dónde es Allemonde? ¿Cuándo ocurren los hechos? Esas preguntas que no podemos responder son fundamentales para hacer de Pelléas lo que es. Lo siguiente sería decir, pues, que la producción de Vick va contra la idea natural de la dramaturgia y la estética de la obra, puesto que responde estas cuestiones con una cierta precisión: este Pelléas tiene lugar en la ricamente decorada y lujosamente amueblada habitación principal de una casa de la aristocracia o la alta burguesía en Europea occidental (¿quizá Francia?) alrededor de 1900 (el vestuario es siempre un rico instrumento de localización cronológica en una Europa tan preocupada por la moda).

Sin embargo, de ningún modo pretende esta producción ir ‘contra corriente’. La acción externa del Pelléas de Vick puede suceder en una lujosa habitación en el cambio de siglo, pero la interna, psicológica y emocional—la que resulta ser la verdadera acción de la ópera—sucede en los más remotos recovecos de las almas de los personajes. O para ponerlo en los términos propios que comenzaron a circular por Europa alrededor de 1900, en sus respectivos subconscientes. Es precisamente la conexión entre la ópera y el psicoanálisis freudiano lo que la escenografía de Paul Brown y el vestuario ponen en primer plano, una conexión a menudo sugerida, pero que esta producción apoya con persuasiva convicción. Quizás todo sucede en la mente de ‘Golaud’—un ‘Golaud’ reminiscente de un Freud en su madurez, especialmente al principio, cuando aparece sentado en un orejero verde de piel al lado de una lámpara y con el resto del escenario absolutamente oscuro—y los otros personajes son, pues, sus fantasías o sueños. En cualquier caso, esta elección del director de escena, así como la contenida, si bien poderosamente intensa, acción que lo acompaña, abren la puerta para algunas turbadoras posibilidades interpretativas. Cuando ‘Golaud’ y ‘Pelléas’ describen el hedor y oscuridad de la cueva en el acto III, ¿no están refiriéndose a un sólo insinuado si bien inconfundible signo de incestuoso homo-erotismo en su relación? El hecho de que no estemos en la cueva, sino en una sala de estar con ‘Golaud’ y ‘Pelléas’ sentados muy juntos en otro sofá de piel, con ‘Pelléas’ abrazándose mimoso y asiendo el brazo de su hermano ‘Golaud’ como si en ello se fuese su vida, hacen esta interpretación posible. Aquí está la fuerza de la concepción de Vick: se sugieren posibilidades interpretativas, se las arropa con gestos, pero no son impuestas, ni se enuncian ruidosamente. El resultado es una noche de excitante, por momentos violento y finalmente devastadoramente triste—y por tanto, estoy tentado a añadir, totalmente satisfactorio—teatro musical.

Por supuesto, todo esto no habría sido posible si la parte musical de la interpretación no hubiese sido igualmente convincente. Los cantantes lo dieron todo, y eso fue bastante. Incluso en el caso del ‘Golaud’ de Andrew Slater fue demasiado por momentos: si deja que la furia distorsione su voz ya en el acto II, el impacto de su furiosa y distorsionada voz en la confrontación con ‘Mélisande’ en el acto IV se verá inevitablemente reducido—la escena resultó difícil de soportar visual y musicalmente, gracias en gran parte a la actuación de Slater y a su vocal intensidad. La perfectamente trabajada y ligeramente fría voz de Tove Dahlberg sirvió perfectamente a ‘Mélisande’ con un punto justo de frialdad resaltando en vez de reduciendo el intenso erotismo de la escena de la torre—que aquí fue una gran lámpara colgada del techo. El ‘Pelléas’ de Kevin Greenlaw fue probablemente el mejor caracterizado de la noche: la voz es perfecta para el papel, sin esfuerzos en la parte alta de la tesitura y cálida en todos los registros; todavía más, es joven y guapo, y se movió con la ligeramente indiferencia de un adolescente demasiado crecido—una perfecta elección para ‘Pelléas’ (recordemos las palabras de Golaud: “¡vosotros dos sois sólo unos niños!”). El ‘Arkel’ de Geoffrey Moses y la ‘Geneviève’ de Anne-Marie Owens fueron más que convincentes en sus papeles de aristócratas paralizados por su propia condición social, con la represión como clave de sus personalidades—excepto cuando ‘Arkel’ besa a ‘Mélisande’ en la boca, otro de esos momentos realmente difíciles de soportar de los que ésta producción es tan rica. El niño David Stark, que cantaba ‘Yniold’, sonó siempre afinado—no poco para un niño—y sacó adelante la desagradable escena en que ‘Golaud’ lo obliga a espiar a ‘Pelléas’ y ‘Mélisande’ a través de la ventana.

El mayor halago es quizás para la orquesta, y especialmente para su director Pascal Rophé, por una poética y colorida lectura de la partitura que no huyó de poner todas las pausas y clímax, pero que resultó expresiva en los muchos momentos susurrados—a menudo terriblemente angustiosos susurros—de que Pelléas está tan ricamente dotada. Dejé el teatro sintiéndome profundamente triste y totalmente satisfecho.

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