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Saturnino Moreno Barreto
viernes, 14 de enero de 2005
Las Palmas de Gran Canaria, miércoles, 12 de enero de 2005. XXI Festival Internacional de Música de Canarias. Auditorio Alfredo Kraus. Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para violín y orquesta en re mayor KV 218; Concierto para violín y orquesta en la mayor KV 219; Sinfonía número 41 en do mayor Júpiter K 551. Shlomo Mintz, violín. Zürcher Kammerorchester, Howard Griffiths, director. Ocupación: 90%.
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Me gusta concebir un Festival de Música como una feria. Pongan ustedes como símil el tipo de feria que más les guste: de turismo, gastronómica, de vinos o de ganado. El denominador común siempre será que cada día, a una determinada hora, se abren las puertas del mercado para que los diferentes feriantes muestren lo más selecto de su mercadería, mientras que los visitantes locales y los llegados de fuera tienen la oportunidad de ver lo que se cuece por esos mundos de dios.

Así vengo concibiendo el Festival de Música de Canarias desde hace años, entre otras razones porque llegar a estas tierras canarias es un imponderable para cualquier orquesta sinfónica, que aprovecha una visita a Valencia y con la misma se planta en Barcelona, Madrid, Sevilla y la Coruña por cuatro euros más. Pero Canarias está a 2.500 kilómetros de Madrid, lo que es un salto al vacío para la economía de cualquier organizador.

Por eso, a diferencia de los valencianos, catalanes o madrileños, que tienen la costumbre de escuchar música top models cada semana, en Canarias lo hacemos solo una vez al año y en cantidades ingentes, como para atiborrarnos ante los siguientes 365 días de sequía. Por eso, el Festival es nuestra feria, a la que acudimos cada noche durante un mes largo para ver qué es lo que se escucha en Nueva York, en Berlín, en Viena o en Hong-Kong. Los hay que no tienen ni siquiera esa suerte.

En el mercado del pasado 12 de enero volvió a exhibir su mercancía la Zürcher Kammerorchester con su director Howard Griffiths, en el segundo monográfico Mozart del Festival. El caballero inglés volvió a demostrar su apasionamiento, intuición y sencillez en el tratamiento de la sencilla obertura de Lucio Silla, que compuso Mozart a la tierna edad de 16 años. Cumplió sobradamente, como era de esperar después de la herética exhibición del día anterior. Además, nos mostró una de sus cualidades menos conocida: es capaz de dirigir al público para evitar que aplaudan al término del primer movimiento rápido de la obertura.

Le tocó el turno de presentar sus credenciales al archiconocido violista Shlomo Mintz, que no partía precisamente con las estadísticas a su favor: el fuerte del Festival no suelen ser los violinista, o bien le dan gato por liebre, como fue el caso de aquel Nicolai Znaider que dinamitó en cuarenta minutos el Concierto en Re que a Beethoven tanto le costó componer, o bien contrata a los mejores y no están éstos en su mejor noche, como le sucedió a la inmensa Viktoria Mullova. 

Para mi gusto, Shlomo Mintz siempre se ha situado en zona de nadie: está bastante por debajo de la capacidad de un Itzak Perlmann o de una Ann Sophie Mutter, pero por supuesto no tiene nada que ver con los Nicolai Znaider y los aficionados de su categoría. Mintz produce a ratos un sonido cacofónico en las cuerdas más graves, sin ningún beneficio que lo justifique. Jascha Heifetz sacrificaba también la calidad del sonido, y hasta Menuhin lo hacía, pero ambos iban en la busqueda de una expresividad mayor. No es éste el caso. Tampoco la mano izquierda de Mintz es para desmayarse de la emoción: se maneja bien en los desmangues, pero se come notas y se traga afinaciones en pasajes que no tienen una particular dificultad. En conjunto lo hacen un violinista bueno pero no excelente.

Su lectura de los conciertos número 4 y 5 de Mozart es soberanamente aburrida y hasta cursi. En los movimientos extremos se encuentra falto de reflejos y se desconecta de la orquesta con una tremenda facilidad, dando a menudo la impresión de que el solista y la formación están tocando obras completamente distintas. En los movimientos centrales se haya más entonado, apareciendo a ratos la musicalidad que sabemos que posee este intérprete pero que en esta ocasión no estaba por la labor de obsequiar. Además de por las desafinaciones varias, las comidas de nota y la invención de pasajes, recordaremos el paso de Mintz por Canarias gracias a un espectador que dejó sonar su móvil al final del Allegro del Concierto número 4. Griffiths, que no pierde una ocasión para sacar a relucir su talento teatral, se dió media vuelta y obsequío al respetable con un sonoro "Nokia, Connecting People", que el público le agradeció con una sonora carcajada, sintiéndose como si estuvieran en la última noche de los Proms.

La fantasmal presencia de Mintz en el escenario dejó paso a la interpretación de la Sinfonía número 41 de Mozart, y como si Griffiths y los suyos se hubieran percatado de que había desaparecido el obstáculo para dedicarse a su juego favorito, acometieron una caída libre por todos los compases de la sinfonía, afrontando con elegancia y energía el Allegro vivace, con gracia el Andante cantabile, con alegría el Minuetto y con furia inusitada el Finale Molto Allegro, lo que el respetable supo agradecer con una larga salva de aplausos.

Al término del concierto, la afición elogiaba la maravillosa musicalidad, ritmo y belleza de la interpretación de Mintz, pero lo cierto es que no le aplaudieron como al herético Fazil del día anterior, al que sin embargo ponían a parir en público. Pero es lo que pasa con los Ronaldos, que como son buenos, pues parece que siempre juegan bien. Pero no, tampoco estamos a salvo de que nos encasqueten unos bolos como el de esta noche. Son los riesgos de acudir a las ferias.

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