España - Galicia

Y, al final (del principio), se hizo el silencio

Julián Carrillo
jueves, 10 de febrero de 2005
La Coruña, viernes, 28 de enero de 2005. Palacio de la Ópera. Temporada Orquesta Sinfónica de Galicia. Mario Brunello, violonchelo. Rumon Gamba, director. Programa: P.I. Chaicovsqui: ‘Romeo y Julieta: obertura-fantasía , ‘Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta, op. 33’; E. Elgar: ‘Sinfonía nº 2, op. 63’. 2004-05. Concierto nº 12 del abono.
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Aplausos de saludo, los rumores de siempre, el papel de un caramelo. El director alza los brazos, empiezan a sonar las maderas, ¡y un móvil!, Gamba hace parar a la orquesta, se va apagando el ruido... Silencio al fin. (1)

Las maderas, el clarinete, los dos fagotes. La cuerda baja, los violines, un sonido profundo e y redondo. Intensidad emotiva en el canto de los chelos, en las sucesivas respuestas de los violines y las maderas, en los tutti. Gran precisión en los pasajes más rápidos. La fuerza y el dinamismo de los platos contestando. Chaicovsqui, nada menos.

Pero iba a llegar más: más pasión, más emoción, más Chaicovsqui (perdonen la redundancia). Tras la acostumbrada solidez de David Bushnell en el solo de trompa con que comienzan las Variaciones rococó, sin tiempo para defendernos, la sacudida de la emoción: ese instante tan especial que anuncia el acontecimiento y que a los viejos aficionados nos hace incorporarnos sobre el borde del asiento y elevar el umbral de atención por encima del 100%. La magia de un sonido bellísimo que brota de las manos de Mario Brunello, de su violonchelo, y se proyecta majestuosamente por todo el auditorio. Y empezamos a escuchar un Chaicovsqui lleno de sentido, de sentimientos, de toda la pasión que lleva implícita su música; pero también de toda la serenidad y la gracia que contienen algunos de sus más bellos pasajes.

Lo que se puede lograr con un chelo

De técnica, para qué hablar. Afinación perfecta, incluso en los pasajes más comprometidos: en las agilidades, en los sobreagudos, un mecanismo prácticamente perfecto (¡esa cadenza!). Pero siempre con la música como objetivo, como la belleza absoluta de la sección que sigue a la cadenza, sobre un pizzicato lleno de precisión y unos ecos de flauta y de clarinete que multiplicaron la emoción hasta el límite.

Claro que los límites están para ser superados; y Brunello lo hizo. De la forma más natural, como quien no quiere la cosa, correpondió al entusiasmo del público (incluyendo aquí a los músicos de la orquesta) empezando a desgranar las notas de una obra de enorme dificultad técnica y belleza excepcional. Todos los ataques, unos pizzicati de mano izquierda portentosos, toda la expresividad y una emoción desgarradora para cualquiera que sepa sentir la música. Mario Brunello: otro que ha de volver pronto. Cuanto antes.

Y con una orquesta (Elgar 2-Payne 0)

Resultado casero en la comparación, inevitable, con la tercera sinfonía que Payne nos colocó, por encargo de la familia (perdón, de los herederos) de Elgar, hace dos semanas. Nos preguntábamos algunos por qué programar esa “Tercera” antes de la Segunda: lo que no comprendimos entonces nos quedó meridianamente claro a los pocos compases de empezar a sonar ésta. Ése ha sido uno de los mayores aciertos de programación que he conocido. Si bien la Sinfonía nº 2 nunca despertará mi entusiasmo desenfrenado, lleva de forma nítida el sello de su autor y es capaz de dejar a la supuesta 'tercera' bien hundida en el olvido, del que nunca debió salir si no fuera por el afán de lucro de unos herederos faltos de todo respeto con la voluntad de su ancestro.

Dicho esto, cabe señalar que esta sinfonía suena mucho más fresca que la 'tercera' y que desde su comienzo se ve la mano de Elgar y su sentido de la orquestación, la buena administración de climas, momentos, melodías y demás componentes. Hubo algún que otro abuso dinámico por parte de Gamba que hizo excesivamente presentes los contrastes sonoros frente a los matices expresivos.

En el clima inicial del segundo movimiento, misterioso y solemne, logró Gamba una gran emotividad. Su forma de abrir el sonido de la orquesta, de hacer oír cada línea, de regular los crescendi nos hizo escuchar el mejor Elgar. Aunque el desarrollo de este Larghetto resulta algo dilatado, es una música muy bella y se escucha con agrado. Más pesados, en cambio, resultan el rondó y el moderato e maestoso con que concluye la sinfonía, que Gamba logró llevar a buen puerto, especialmente este último, en el que pudimos oír momentos grandiosos y espectaculares, tan propios del autor inglés. Un buen concierto para recordar el del viernes 28, especialmente por la emoción de un excepcional Chaicovsqui, que sólo un músico como Brunello puede proporcionar.

(1) ¿Será posible volver a escuchar en el s XXI un verdadero silencio en una sala de conciertos?

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