Editorial

Un "catador de melones" para el primer coliseo de España

Consejo Editorial
viernes, 11 de febrero de 2005
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En la última sesión parlamentaria de control al gobierno, una diputada conservadora acusó a la Ministra de Cultura, Carmen Calvo, de no ser tomada en serio por el resto del gabinete, motivo principal por el que no conseguía los apoyos económicos y políticos imprescindibles para cumplir sus objetivos. Los lectores de Mundoclasico.com son testigos de la agrias críticas que se han vertido desde este diario a las respectivas legislaturas del Partido Popular en materia de cultura, pero Carmen Calvo -en un sólo semestre- parece haberse empeñado en hacer buena la tenebrosa época de Esperanza Aguirre, con quien comparte una concepción providencialista -es decir, intervencionista- de la política cultural, que parece calcada de la Francia de hace cuatro décadas y, por momentos, de la de Luis XIV.

El gran fracaso de los Ministerios de Cultura españoles ha sido la incapacidad de comprender que existen para hacer políticas culturales, y que esa función exige generar riqueza mediante una inteligente administración y gestión de los recursos disponibles y la promoción de los proyectos de Investigación y Desarrollo. Al fin y al cabo, la cultura es uno de los sectores más dinámicos de la economía española y una de las principales fuentes de riqueza, muy por delante de los nada despreciables sectores petroquímico o farmaceútico. Repárese, por ejemplo, en los presupuestos anuales de la SGAE. Sin embargo, Carmen Calvo parece concebir la gestión cultural como una gran extensión de la acción cultural de las Cajas de Ahorros y Montes de Piedad en los años setenta: gastar a fondo perdido un presupuesto en espectáculos y ofrecer a la comunidad un local en el que puedan darse conferencias y hacerse las periódicas presentaciones de los coros infantiles, las rondallas de jubilados y los ballets folclóricos que financiaban las propias Cajas de Ahorro que, recordémoslo, eran instituciones sin ánimo de lucro.

Este planteamiento implica un total alejamiento de la realidad social -enfermedad crónica de la política española- lo cual de por si es grave. Pero lo realmente preocupante es que tras él se oculta la concepción orteguiana de la cultura radicalmente elitista y aristocrática -teorizada en La rebelión de las masas- que lleva setenta y cinco años intoxicando todo intento de debate cultural en España. Y este elitismo es el que envenenó todo el proceso de creación y desarrollo del Teatro Real, cuyo principal éxito hasta ahora ha sido que "a quien no tenga un abono en el Real, no se le considera importante en muchas esferas sociales", como declaró en 1999 a Mundoclasico.com  Juan Cambreleng, primer gerente del teatro. Este elitismo cultural es también el motivo por el que ha tenido enorme éxito la peregrina idea de que el gobierno no debe politizar el Teatro Real dejando su dirección y gestión en manos de técnicos especialistas, como si estos fuesen seres angélicos.

El gobierno está obligado a gobernar, lo que implica tomar decisiones sobre los objetivos que debe cumplir el Teatro Real y, para ello, debe designar por un tiempo prefijado a los gestores y directores que juzgue idóneos para esa tarea. A partir de ese punto, el gobernante debe inhibirse y no interferir en el trabajo de los técnicos especialistas, que debe ser amparado por un sistema que dificulte o imposibilite su cese por quien los nombró, pues a partir de su nombramiento, esos técnicos trabajan para la comunidad, no para sus gobernantes.

Hace unos meses que Carmen Calvo puso su confianza en Miguel Muñiz como gerente del Teatro Real. Como éste buscaba un administrador general de confianza, nombró a Alfredo Tejero, con el que había dirigido el Club de Debate. El proceso se hizo sin elegancia provocando un portazo de la gerente Isabel Argüelles, mujer de enorme discreción cuyas declaraciones públicas se habían limitado a dar a conocer su hobby -criar gallinas- y su disposición a conocer el repertorio operístico. Con parecida falta de elegancia se ha hecho la sustitución del director artístico, dando a conocer a la prensa el nombre del candidato y los argumentos para su elección dos semanas antes de la presentación como propuesta ante la Comisión Ejecutiva del Teatro. El candidato es Antonio Moral, colaborador de Alfredo Tejero en su etapa como director de la Fundación Caja Madrid y cuya febril actividad contrasta violentamente con el perfil anunciado para el candidato: "Un profesional que tenga plena dedicación y exclusividad."

El currículum profesional de A. Moral es una curiosa mezcolanza de cuatro actividades musicales desempeñadas simultáneamente sin demasiada atención a los potenciales conflictos deontológicos: periodismo, asesoría, representación y gestión, que en bastantes casos acabaron en sonados fracasos como sucedió, por ejemplo, con el Festival Mozart de Madrid o con su confusa -léanse sus contradictorias declaraciones a los diarios nacionales y locales- marcha del Festival Mozart de La Coruña, cuando registraba una importante pérdida de público. Fue precisamente en La Coruña donde hizo las dos únicas declaraciones globales que se le conocen sobre la ópera en tanto que multi-especialista  "la ópera es como un melón, hasta que se abre no se sabe cómo está" y "Lo innovador, hoy, es programar El Turco en Italia no a Luis de Pablo".

Mayor fortuna ha tenido en la organización de diversos ciclos musicales utilizando la vieja fórmula 'sota, caballo y rey', demostrando que la falta de imaginación y la reiteración de intérpretes y repertorio atrae dinero a la caja y público a la sala de cámara del Auditorio Nacional o al Festival de Cuenca. Programación rutinria admisible en empresas privadas -si bien fuertemente subvencionadas- como las de A. Moral, cuyo único objetivo es el lucro, pero escasamente deseables en un teatro nacional de ópera. Además, programar es sólo una pequeña parte de la tarea de un director artístico y hasta la fecha A. Moral no ha demostrado su competencia en materia teatral o vocal, mientras que ha demostrado una tendencia a confundir lo público y lo privado que puede convertirse en una grave fuente de problemas en el desempeño del puesto de director artístico de un teatro público.

El precio de los nombramientos de confianza es que los políticos han de poder explicar convincentemente los motivos de su confianza. Nada hay en el rutinario y local currículum de A. Moral que justifique su postulación al cargo de director artístico del Teatro Real y sus sistemas habituales de trabajo pueden ser una perenne fuente de conflictos que dificulte seriamente la normalización del Real como un teatro de referencia. Con su nombramiento, el Real renuncia a incorporarse al circuito mundial y apuesta por seguir siendo un coliseo de ópera para el consumo interno, a imagen y semejanza de un festival de amigos de la ópera de cualquier provincia de España. La diferencia es que, mientras que estos nacen del esfuerzo colectivo de unos melómanos que van a disfrutar el fruto de su labor, al Real lo pagamos los españoles, incluso los que no van a tener nunca oportunidad de pisar ni su vestíbulo. 

No prolongaremos innecesariamente este ya largo editorial profundizando en el error de nombrar como director artístico a una persona cuyo currículo demuestra que es idadecuado para el puesto. Si el Teatro Real quiere entrar en el circuito internacional, tiene que contratar a alguien importante, con contactos, dispuesto a trabajar y sin hipotecas nacionales.

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