España - Galicia

El hereje

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 24 de mayo de 2005
Santiago de Compostela, jueves, 19 de mayo de 2005. Auditorio de Galicia. Walter Forchert, violín; Albert Salvetti, Esther Viúdez y Roberto Baltar, oboes; Manuel Veiga, fagot; Jordi Ortega y Xavier Ramón, trompas. Real Filharmonía de Galicia. Helmuth Rilling, director. Johann Sebastian Bach: Suite nº 3 en re mayor, BWV 1068; Concierto de Brandenburgo nº 1 en fa mayor, BWV 1046; Concierto de Brandenburgo nº 3 en sol mayor, BWV 1048; Suite nº 4 en re mayor, BWV 1069. Ocupación: 75%.
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Lo confieso (¡qué diablos, lo proclamo!): un servidor de ustedes mamó su Bach –allá por el neolítico superior- de las ubres elocuentes y generosas del grandísimo Karl Richter, tanto en disco como presencialmente; de mayorcito confirmó su fe mediante una Misa en si menor que ofició Riccardo Muti en el Musikverein vienés al frente de las afamadísimas y muy conservadoras huestes locales (como esto último sucedió hace ya más de cinco años puedo relatarlo abiertamente porque el delito ya no es perseguible, ni de oficio ni a instancia de parte); y en los últimos tiempos ha asistido –de incógnito pero siempre emocionado- a algunos conciertos bachianos de Helmuth Rilling.

No hace falta que les cuente lo que ha ocurrido durante los últimos treinta años en los conciertos con música de Bach: el empleo de instrumentos de época y, sobre todo, de criterios interpretativos históricamente informados se ha impuesto como una ortodoxia tan unánime, que ha puesto patas arriba los modos más o menos romanticones que muchos dábamos por canónicos. Por más que los radicalismos exacerbados se van suavizando: ciertamente, hoy en día los métodos minimalistas de un –por ejemplo- Joshua Rifkin son observados de reojo, pero tocar la Pasión según San Mateo con once contrabajos -como lo hacía Wilhelm Furtwängler- sigue considerándose sin más como una deleznable y trasnochada extravagancia (curiosamente, los historicistas más irredentos son quienes menos perspectiva histórica demuestran tener).

Después de esta revolución, ¿dónde queda Rilling? Su sapiencia y dedicación a la obra de Bach son indiscutidos –son de sobra conocidos y admirados los conjuntos corales e instrumentales que fundó hace cincuenta años en Stuttgart y que siguen aún hoy al pie del cañón, y ahí queda el monumental logro de su integral discográfica-, pero su interpretación se mantiene en una posición heréticamente intermedia, al favorecer las orquestas con instrumentos modernos y no comulgar con todos los criterios historicistas: es verdad que la plantilla del rippieno se ha reducido considerablemente, que el vibrato de las cuerdas se emplea con sobriedad, y que los tempi tienden –no siempre- a lo ligerito; pero su fraseo provoca más de un arqueo de cejas.

Así, por ejemplo, los tutti del movimiento inicial de la Tercera suite sonaron poco contrastados dinámicamente, y los ritardandi empleados al final de cada frase de su célebre Aria –musicalmente bellísima- salieron más bien exagerados, igual que el carácter pesadote en el segundo tiempo del Tercer Brandenburgo resultó poco justificado. De todos modos, siempre se ha dicho de Rilling que lo mejor de sus interpretaciones está en los cantantes, y esta noche el apartado vocal estuvo maravillosamente servido por el equipo de solistas instrumentales –casi todos miembros de la Real Filharmonía-, entre los que hay que destacar las dos gloriosas trompas valencianas (¿de dónde si no?) que tocan Jordi Ortega y Xavier Ramón.

Sea como fuere, el público se lo pasó bien y aplaudió con ganas, igual que la orquesta a quien fue su director titular desde su fundación en 1996 y hasta el año 2000, dato omitido en la biografía de Rilling que consta en el programa de mano.

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