Italia

Extraño destino el de las transformaciones

Anibal E. Cetrángolo
miércoles, 22 de junio de 2005
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Venecia, sábado, 18 de junio de 2005. Teatro de La Fenice. Daphne, tragedia bucólica en un acto de Richard Strauss sobre libreto de Joseph Gregor (estreno: Dresde, 1938). Paul Curran, director escénico. Kevin Knight, decorados y trajes. Elenco: June Anderson (Daphne); Roberto Saccà (Leukippos); Frank Porretta (Apollo); Daniel Lewis Williams (Peneios); Birgit Remmert (Gaea). Orquesta y Coro (Emanuela Di Pietro, directora) del Teatro La Fenice. Stefan Anton Reck, director musical. Nueva producción
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Extraño destino el de las transformaciones: su padre literario, Ovidio, quiso metamorfosearlas en cenizas arrojándolas al fuego el desesperado día de su exilio de Roma. Gracias a devotos amigos que las habían copiado, se salvaron, para la música y para nuestra lectura, los versos que comienzan: "Canto las formas de los cuerpos que tomaron nueva figura". Una de las metamorfosis ovidianas es leída musicalmente por Richard Strauss y es aún otra evidencia de cuánto las cosas se pueden explicar más por la mirada que por el objeto. ¿Cuánto del romanticismo del norte se explica por su específica lectura del mundo clásico y de sus mitologías? ¡Aquellas playas quemadas por el sol y esos escollos atacados por mares verdísimos imaginados en oscuras habitaciones de Lubeck o de Praga cuyas ventanas ahorran en persianas ya que jamás fueron ni serán golpeadas por Febo triunfante

Nuestro Richard Strauss fue entusiasta pintor del universo clásico y de sus mujeres: Electra, Ariadna, Dafne. Las insuperables dotes de retratista del compositor fueron bien narradas por el divertido y genial Constant Lambert: "Strauss, el maestro más cabal de la sugestión fotográfica en la música, puede … sugerir una manada de ovejas por medio de balidos de trombones con sordina, una pareja de monjes por un pasaje modal de dos fagotes y un bote sobre el agua por medio de los usuales artificios ácueos". Y así sucede también en esta Daphne de 1938 donde tampoco escasean los toques de realismo bucólico: los timbales que pintan rebaños, por ejemplo. Pero a pesar del realismo de Strauss, la lectura del norte sigue siendo aquella de la habitación sin luz. La versión norteña de la metamorfosis, de la transfiguración, es en última instancia la de un señor que en vez de transformase en narciso o estrella como haría cómodamente en el Egeo, amanece cucaracha. Todo, claro esta, es pintado en la música de los sublimes con su manera ceremonial y solemne (final de Tristán, final de esta Daphne). La metamorfosis es en las manos románticas otro pretexto para marcar distancias y relatar la imposibilidad de comunicar. Poco y nada se le puede contar a un laurel. Es imposible copular con una estrella.

Un analfabeto de la lengua de Goethe, como quien esto firma, aprende una palabra gracias a esta Daphne: fremd, es decir 'extraño'. Porque es obsesivo el tema de lo ajeno en el libreto de Gregor: la protagonista, ya al comienzo de la ópera, cuenta que todo le resulta extraño ("Fremd ist mir alles"), más tarde que es la fiesta que se esta organizando lo que le resulta extraño ("Fremd ist das Fete mir, fremd"). Luego será su madre quien dice que Daphne le resulta extraña ("Bist du auch fern mir, Daphne Tochter"), después será el turno de Apolo quien encuentra que, como no podía ser de otra manera, la amada lo mira como una extraña y esta explota por fin en una exuberancia de la distancia: todo, la fiesta, Leukippos y el mundo, le resultan extraños ("Fremd und unheimlich., Fremd Leukippos, Fremd ward die Welt").

En las antípodas de esas relaciones de lejanías aparecen este mar pequeño, el Mediterráneo, y sus habitantes, donde todo se presenta cercano. Cualquier italiano que visite Grecia, por ejemplo, es recibido por los locales con el famoso: "griego, italiano, misma cara, misma raza".

 En la sociedad de los aislados del norte parece ser privilegiada solamente la relación hermano-hermana y bien lo saben los devotos de la Tetralogía. Y así en esta Daphne si bien la protagonista escapa de 'Leukippos' y de sus amores diciendo que él para ella es un hermano, el pretexto del vínculo es usado por 'Apolo' para acercarse a 'Daphne'. Le dice que es su hermano (no su amigo como en cambio narra Ovidio) y es precisamente a través de la complicidad entre hermano -hermana que casi consigue su objetivo sexual en una relación que tanto hace recordar análogos incestos wagnerianos. Ella finalmente dirá "Este beso y este abrazo te revelan … hermano" y la relación fracasa en la manifestación de la identidad de 'Apolo'. La hermandad pretendida -el puente que superaba las distancias- se revela falsa.

El relato original de Ovidio recibe en esta ópera el toque personal del compositor quien nos hará recordar aquí otras situaciones tópicas de su dramaturgia: ante la 'Daphne' vegetariana integrista -amante de lechugas y robles y fugitiva hasta de los animales que le resultan seres obtusos- su partner frustrado, 'Leukippos', se autocastra simbólicamente rompiendo lo único que de él admira 'Daphne' -su flauta- y después para conquistarla acepta vestirse de mujer. La muerte del pastor recuerda mucho la del infeliz 'Narraboth'. Marcando otras diferencias con Ovidio, en esta Daphne es 'Apolo' y no la protagonista quien pide a los dioses la transformación en árbol.

Esta maravillosa ópera del anciano maestro (la antepenúltima), contiene música que no es posible ignorar si uno pretende tratarse bien. Por otro lado es un excelente ejemplo para mostrar a aquellos amigos que declaran que de las óperas aman la música y basta: Daphne demuestra que "la música y basta", no basta. Es imprescindible un buen texto escrito por un buen dramaturgo. En las últimas óperas ese buen dramaturgo (no necesariamente un gran poeta como tantos resultados geniales verdianos enseñan) faltó, desgraciadamente, a la vera de Richard Strauss. El corresponsable literario de esta Daphne fue Joseph Gregor. Hoffmansthal había muerto hace tiempo y Stephan Sweig no podía trabajar con Strauss en cuanto combatido por el régimen de Hitler (Zweig era judío). Gregor era un erudito de lo clásico y sabemos (se vea el jugoso trabajo de Luca Zopelli en el excelente volumen que acompaña esta producción) que lamentablemente quedó atrapado fatalmente por una pintura de Théodore Chassériau que representa el mito. Como no podía ser de otra manera el cuadro muestra una Daphne fría y distante que al pasar a las palabras de Gregor fue traducida sin ninguna tensión teatral. Fue gracias a la intuición teatral de Strauss (que no tenía pelos en la lengua) y a los consejos de Clemens Krauss que la falta de intuición teatral de Gregor fue en parte corregida y así se decidió eliminar el coro final -estilo cantata- que pretendía el libretista. De esta manera la ópera termina (¡genialmente!) con la orquesta que cuenta la metamorfosis y solamente una frase musical de la protagonista, ya todo clorofila y tallos al viento, entona un vocalizzo sin texto.

Paso a continuación a esta Daphne que presencié el sábado 18 de junio con la que concluye esta recordabilisíma temporada inaugural de la nueva Fenice. Afortunadamente el final de la temporada también fue brillante y espero que de esta Daphne quede registro comercial en cd o en dvd. Se estuvo ante un espectáculo sin fisuras. Cuidadísimo en todos sus detalles y que vio en los roles artísticos a profesionales de solvencia suficiente como para presentar una ejecución memorable de este Strauss.

La orquesta en manos de Stefan Anton Reck sonó muy bien, y muy por encima de su nivel medio. Solo algún quisquilloso habrá subrayado el no perfectísimo rallentando de los violines en los últimos momentos.

Paul Curran fue un regista atento, elegante y medido, capaz de soluciones muy logradas. Kevin Knight siguió al responsable escénico en su trasgresión discreta y siempre justificada a través de escena y vestuarios. El responsable de los efectos lumínicos David Jacques realizó un trabajo fundamental en esta puesta. Lo visual comienza con un descarnadísimo árbol estilo zen y que se recorta ante una sucesión de tules que sucesivamente se alzan dando la cifra de la puesta: eficacia, belleza y discreción. La escena habría de desarrollarse sobre una gran plataforma circular. En los movimientos de masa todo es medido, hasta la curiosa bacanal que incluye derviches rotantes de Konya, bien colocados y que no distraen. Un gran momento de 'máquina' escénica se da en ocasión de la tempestad de 'Apolo'. El suelo se rompe en espirales que giran llegando al ápice de la tensión. El efecto de la muerte de 'Leikippos' es un poco Stark Trek, pero es lo único que puedo señalar fuera de mi gusto personal. En cambio, el austero final -que describe la transformación- habrá desilusionado las expectativas del previsible y fácil efecto vegetal: se ven simples efectos en espiral que recuerdan la clave otra gran Dafne de la historia del arte, la de Bernini en villa Borghese.

Sobre el equipo de cantantes sólo puedo expresar entusiasmo y eso va desde las responsabilidades principales a la excelencia de los roles más pequeños. June Anderson cantó 'Daphne'. La protagonista aparece ya casi al inicio y allí se admira a la Anderson quejándose por la luz del día que se va, por la jornada que termina y sobre todo por el mañana que la empuja a una bacanal que detesta. Ya desde el extenso monólogo inicial la gran soprano exhibió su gran vuelo artístico en una afinación y un ligado impecables. La escena fúnebre de la muerte de 'Leukippos' dio ocasión a otro gran momento de la soprano con su vocalidad generosa de agudos llenos y nunca gritados.

Su compañero es 'Apolo' y fue cantado por Scott Matt Allister que es un gran artista y que satisface con creces los requisitos musicales y escénicos de esta parte tan difícil. La parte pide colores heroicos y también líricos: hacia el final de la ópera el recuerdo del canto primaveral de Walkiria es, para mi inevitable y debo notar que por momentos veces el físico y la emisión de Matt Allister desvían en cambio a otros modelos tenoriles como los del artero 'Alberich' ya citado o, sobre todo el del perverso 'Herodes' straussiano de Salome. Dejando de lado pretensiones excesivas, se ha escuchado un excelente intérprete que entre otras cosas ha permitido un memorable dúo entre este gran tenor y esta celebre soprano mientras en este casi verano veneciano entonaban una atinada previsión: dentro de poco llegará el día más largo.

Otro tenor contiende con 'Daphne': 'Leukippos'. El rol fue responsabilidad de Roberto Saccà que ya había cantado 'Alfredo' en La Traviata en esta temporada de la Nueva Fenice. Saccà resultó muy solvente, con su voz llena y hermosa que corría generosamente. Buen actor. Sus momentos a dúo con 'Daphne' fueron de gran belleza. El disfrazado pastor que proclama su virilidad ¡vestido de mujer! hacia el final fue otra prueba excelsa de Saccà, en un momento que precede a la maravillosa epifanía de Apolo, 'Jeden heiligen Morgen', brillantemente resuelta por Matt Allister.

La 'Gaea' di Birgit Remmer fue, con su volumen discreto, muy correcta y perfecta escénicamente. Muy bien el 'Peneo' de Daniel Lewis Williams, con sus graves timbrados en una voz redonda que respondía a un pensamiento inteligente. Los dos pastores, 'Cleonte' y 'Adramasto', fueron lujosamente servidos por Dominik Eberle y Stefano Ferrari en la escena que se hace escuchar un alphorn. Las dos doncellas fueron presentadas seductoramente orientales pero sin ningún exceso: texto y música autorizaban perfectamente tales soluciones en una escena que, como se ha recordado repetidamente, acercan este momento a análogas escenas wagnerianas de encuentros de grupos femeninos desinhibidos ante tenores desorientados (de las ondinas del Rhin ante 'Alberich' o las doncellas-flor ante 'Parsifal'). Aquí las doncellas fueron Liesl Odenweller y Dorothee Wiedmann que resolvieron muy bien su labor

El público, que casi llenó el teatro, participó con fervor, ya sea con un tenso silencio durante el espectáculo, que con justificada generosidad en el aplauso final.

Aunque no se ha anunciado oficialmente cuanto sucederá el año próximo, puedo confiar a los amigos de Mundoclasico.com que aquí se preparan títulos como Lucio Silla, Flauta Mágica, Ernani, Luisa Miller, Walkiria entre otros (también algún Meyerbeer como La juive). Si el nivel del próximo año fuese similar al de este que pasó, aconsejaría con entusiasmo a los lectores de esta página que no dejen de visitar esta Fenice y sus espectáculos si les toca viajar por estas costas venecianas.

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