España - Castilla y León

Sin aliento

Montserrat Font Batallé
miércoles, 29 de junio de 2005
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Salamanca, domingo, 26 de junio de 2005. Teatro Caja Duero. Gustavo Díaz-Jerez, piano. Obras. Franz Schubert: Impromtus nº 1 y 4, op.90; Robert Schumann: Kinderszenen, op.15; Maurice Ravel: La Valse (transcripción del intérprete); Franz Liszt: Sonata en Si menor, S.178. 1er. Festival Internacional de las Artes de Castilla y León. Aforo: 250 localidades. Ocupación: 10 %
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Esta semana la crónica del nuevo festival salmantino nos trae el arte del tinerfeño Gustavo Díaz-Jerez, gran maestro del piano que nos acerca a la literatura romántica más genuina, proponiéndonos un paseo por el repertorio pianístico más carismático del siglo XIX. La exquisita transcripción propia de La Valse de Ravel culminó un exquisito recital que dejó sin aliento al escaso público del auditorio, sorprendido ante semejante derroche de auténtico espectáculo musical (todavía más inexplicable es que nuestro solista siguiera con aliento después de desplegar tanto virtuosismo y que el Stenway resistiera).

Seamos sinceros, interpretar tan conocidas páginas pianísticas es un riesgo que pocos de nuestros jóvenes talentos pianísticos están dispuestos a correr, pues todos sabemos que tradición obliga y decir Schubert, Schumann o Liszt es mucho decir, cuando hay teclas por medio. Si además lo nuevo y lo viejo renuevan el resabido diálogo de acordes, cadencias y pasajes, y el recuerdo cede a la sorpresa … entonces el arte revive misteriosamente. El piano de Díaz-Jerez es simplemente existencia, renace de la Historia y vuelve a ella, río fértil de sabiduría, la de los sonidos ocultos que, cual artesano, reconcilia al imaginar la orquesta de Ravel transformada en piano, moldeando el arte nuevo con el arte viejo, lo ocurrido con el devenir, música en estado puro, oxígeno.

La atmósfera schubertiana de los Impromtus fue en todo momento cantabile. En el Impromtu nº 1, el pianista tinerfeño ofreció una lectura purista, limpia, delicada en texturas polifónicas en las que se adivinaban nuevas contramelodías. Su buena independencia de manos le permitió alcanzar preciosos juegos de miniaturas sonoras que dieron lugar a una pulsación perfectamente articulada en las agilísimos descensos iniciales del Cuarto impromtu, pulsación nítidamente mantenida en toda la obra.

Las Kinderszenen op.15 de Schumann sonaron espontáneas y con un tono ligero, evocador del tierno humor de las obras infantiles. Díaz-Jerez narró cada escena como si de un cuento para niños se tratara, reservó momentos de sorpresa, regalando calderones, silencios inesperados, cadencias contundentes y secos fortissimi. Como buen narrador, Díaz-Jerez supo hilvanar cada historia con la siguiente mediante naturales arcos melódicos que redondearon el ciclo con una eficaz expresividad. Divertimenti juguetones interrumpidos por una isla de paz, la sosegada ´Träumerei´, lenta y celestial … que anticipó el clímax del ciclo, sucedido en ´Ritter vom Steckenpferd´. En definitiva, una contrastada lectura, llena de profundos matices, porque Kinderszenen es, además de un ciclo dedicado a los niños, un ciclo metafísico.

La primera parte del recital acabó con otro regalo, la lectura de La Valse de Ravel. Díaz-Jerez exhibió su faceta más contemporánea en una espectacular versión de la obra orquestal raveliana. Su dominio de los registros se adivinó desde los trémolos iniciales graves, solapados por los agudos rubati de la mano derecha, a los elegantes arpegiados que fueron desplegándose en tempo de danza. Cruces de manos, clusters y tremendos descensos escalísticos sin pulgar dibujaron la atrevida técnica de La Valse, creciéndose el tema progresivamente en la mano izquierda, conforme avanzaba el ostinati percutido de la derecha. El transcriptor optó por una lectura neoclásica de Ravel, equilibrada en el despliegue de recursos rítmicos, melódicos, armónicos y tímbricos del piano. Una transcripción de enorme fuerza dramática que arrancó más de un bravo y más de dos al público asistente y que esperamos ver pronto editada, para suerte de estudiosos, amateurs y pianistas aspirantes.

Por si fuera poco, la Sonata en si menor S.178 de Liszt vertebró la segunda mitad del concierto. Un atrevido volumen y oscuras resonancias acompañaron el tema principal desde el comienzo, prueba de la gran resistencia de antebrazo del intérprete. Descensos cromáticos agilísimos y un místico tema-generador, armónico y resonante perfiló el horizonte religioso en el que fueron creciéndose las enormes sonoridades y estructuras de la colosal sonata. Una obra gigante para un intérprete gigante que estuvo a la altura de los grandes maestros decimonónicos, y cuyo arte se sitúa en primerísimo referente del pianismo actual en nuestro país. ¡Bravo, maestro!

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