The Ice House´s Tales

Notas sobre Bruckner. El Te Deum

The LGM Golden Quartet
jueves, 28 de julio de 2005
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Como es bien sabido, Anton Bruckner (Ansfelden, 4.09.1824; Viena, 14.10.1896) distaba mucho de ser un intelectual y su cultura y refinamiento estaban muy por debajo de sus competidores en el mercado sinfónico germánico (Brahms, Dvorák y Chaicovsqui). Con su habitual agudeza, Deryck Cooke escribe que su “carácter como hombre y como artista estaba fundamentalmente formado por sus orígenes en uno de los más primitivos y bajos estratos de la sociedad europea: los campesinos austríacos, vinculados a la tierra, incuestionablemente obedientes al estado y a la iglesia católica romana.”

La concepción de la religión de Bruckner se correspondía literalmente con lo que en España se conoce como ‘la fe del carbonero’, bien apreciada siempre por las jerarquías eclesiásticas y políticas en las épocas de crisis. En palabras de su alumno Carl Hruby, Bruckner era “un perfecto ejemplo del cristianismo especulativo: quería estar protegido contra cualquier eventualidad”. Sin embargo, este fundamentalismo bruckneriano no debe ser prejuzgado como consecuencia necesaria de su natural ingenuidad, sino como una expresión religiosa característica de unos procesos que desembocaron en el Concilio Vaticano I. Sirva como ejemplo Marcelino Menéndez y Pelayo, una de las figuras máss alejadas del perfil humano de Bruckner que se nos ocurrem, sin embargo la portentosa erudición y cultura de don Marcelino resultó ser perfectamente compatible con su “fe a machamartillo”, tan próxima a la de Bruckner.

El fuerte amor de Bruckner por la tradición litúrgica prusiana, evidente en sus sinfonías, se exhibe sin rebozo en su música religiosa, que imita  los procedimientos renacentistas y barrocos en estilo grandilocuente, e interpola maneras arcaicas en un discurso plenamente romántico. Al fin y al cabo, como dice Constantin Floros, en el cosmos sinfónico de Bruckner conviven “lo sagrado y lo profano, lo ceremonial y lo íntimo, los religioso y lo romántico, el drama y el lirismo, las marchas y las marchas fúnebres, los ländler y los corales”.

Desde el punto de vista creativo, no está nada claro que para Bruckner fuera muy distinto componer música profana y música religiosa. Esto no quiere decir que no tuviera clara la función de cada una como cabría esperar de su pietismo y de su experiencia de músico de iglesia. Y menos aún que nunca pretendiera mantener en sus obras religiosas las dimensiones temporales o las ambiciones estéticas de su música sinfónica. Esto ha perjudicado el conocimiento histórico, filológico y hermenéutico de las obras religiosas, que se han considerado tradicionalmente menores cuando no marginales al genio bruckneriano, y a menudo son estudiadas sólo en la medida en que coinciden temática o estructuralmente con alguna de sus sinfonías. De ahí que los analistas de su obra acostumbren a destacar que, en su producción religiosa se aprecia una evolución creativa mucho menos marcada que en su producción sinfónica. 

El  Te Deum (Viena, 1881-84)  fue estrenado en Viena por Hans Richter el 10 de enero de 1886. Perfecto paradigma del estilo religioso bruckneriano y su siempre sorprendente mezcla de naïvete y pompeur, el Te Deum es, con diferencia, la obra litúrgica más interpretada y grabada de su autor pero no por ello de las mejor estudiadas. Por ejemplo, para Robert Simpson, pionero de los estudios bruchknerianos, el Te Deum fue simplemente en pretexto para una brillante discusión sobre si Bruckner pretendió utilizar esta obracomo movimiento final de su Novena sinfonía (idea que él mismo descarta, aunque Bruckner dejó algunos esbozos que indican que cuando menos la idea le pasó por la cabeza).

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