Crónicas Porteñas

Optimismo a largo plazo

Susana Desimone
lunes, 5 de junio de 2000
0,0002421 "De vez en cuando la vida toma conmigo café", canta Serrat en uno de sus más bellos temas. Para los más de tres mil porteños que tuvimos la fortuna de asistir, la noche del jueves 18 de mayo fue uno de esos momentos en que "la vida se suelta el pelo y está tan linda que da gusto mirarla". Ocurrió que esa noche la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Claudio Abbado, interpretó la Sinfonía Nº 9 de Mahler y cuando después de una hora y cuarto de escuchar embelesados y absortos pudimos reaccionar, la ovación estalló interminable y muchos nos descubrimos lagrimeando, lo que no suele ser frecuente tras un concierto de música sinfónica.No hubo ninguna pieza fuera de programa y estuvo bien que así fuera. Cualquier otra obra, después de lo escuchado, habría roto el círculo mágico y perfecto en el que todos habíamos quedado encerrados.A la noche siguiente los mismos intérpretes deleitaron al público con la Sinfonía Nº 9 de Dvorak, los Nocturnos de Debussy y La valse de Ravel. Esta vez sí hubo un bis: la Danza húngara en sol menor de Brahms pero, como señaló un crítico local, aunque la orquesta volvió a deslumbrar, la "noche del milagro" había sido la anterior.Pero hubo además otras oportunidades de regocijo para los amantes de la música: el ballet del Teatro Colón, que actualmente dirige Mario Galizzi, abrió la temporada con La consagración de la primavera con coreografía de Oscar Araiz y vestuario de Renata Schussheim, que constituyó un verdadero acontecimiento artístico. El mismo Araiz recordó que, durante la dictadura militar del General Onganía allá por los años 60 la obra no fue estrictamente prohibida, pero sí se le hizo saber a la dirección del teatro que las autoridades estaban molestas por la representación de un ballet escabroso o, quizá, un poquito inmoral, por lo que rápidamente fue levantada del repertorio. Por la misma época también fue prohibida la ópera Bomarzo de Alberto Ginastera, sobre la novela de Mugica Lainez, por idénticos motivos.Como se podrá advertir, la explosión de libertad que sacudía al mundo por aquellos años, no alcanzó a sacudir la fortaleza de moral y pureza de costumbres que teníamos instalada aquí.El desquite le llegó a Araiz este año, al menos en su propio país, donde (aparte de la reposición que se había hecho en 1993 con el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín) finalmente pudo mostrar -en el Colón- no la Rusia pagana de la versión Stravinsky-Nijinski sino su idea inicial, esto es, la de mostrar una sociedad primitiva, de sentimientos y actitudes primarias, en la que "la lucha por el poder y los horrores que se cometen por obtenerlo son iguales en todas las épocas", según dijo el mismo Araiz en un reportaje.Entre otras obras neoclásicas se presentó también el famoso Adagietto de la 5ª Sinfonía de Mahler, que fue interpretado por Maricel de Mitri y Jorge Amarante y es, sin duda, otra de las espléndidas coreografías de Araiz.Muchos porteños se regocijaron, por otra parte, con la visita del Ballet Argentino del Teatro Argentino de La Plata, que se presentó en el Teatro Coliseo de la Capital Federal en una función que, por tener el objetivo de difundir la labor del elenco, fue gratuita. Ante una sala repleta se pudo ver así un magnífico espectáculo de danza bajo la dirección de Lidia Segni, que incluyó el Acto II de La Bayadera`` (Minkus-Petipa) y Formas con música de Bach y coreografía de Ana María Stekelman.Pero la oferta de espectáculos de calidad fue, por estos días, casi abrumadora ya que, además de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y la Sinfónica Nacional que comenzaron sus respectivas temporadas en el Colón, se presentó el conjunto barroco The English Concert, bajo la dirección de su fundador, el clavecinista Trevor Pinnok .Y aquí muchos estuvieron de acuerdo en que su actuación, de altísimo nivel, fue injustamente opacada -en repercusión periodística y asistencia de público- por la presencia de Claudio Abbado y los monstruos de la Filarmónica de Berlín.Los días 30 y el 31 de mayo tuvimos el placer de escuchar los recitales del gran violinista (además de violista) Pinchas Zukerman, junto al pianista Mark Neikrug con quien se presenta habitualmente desde l962. Zukerman de técnica prodigiosa y refinada, volvió a Buenos Aires después de tres años. En aquella visita actuó como solista junto con la Filarmónica de Buenos Aires y como director al frente de la English Chamber Orchestra en un concierto dedicado a la música barroca. En esta oportunidad él y Neikrug interpretaron sonatas de Beethoven, Mozart, Brahms y Bela Bartok de cuyas obras transmitieron toda su belleza y profundidad, sin divismo ni arrebatos virtuosísticos, con justeza y profundidad.Si a esto se le agrega la presentación de la Orquesta Sinfónica de Euskadi, dirigida por Gilbert Varga, se verá que esta marea de brillantes visitas internacionales no dará tregua ni respiro a los amantes de la música y tampoco ¿para qué negarlo? a sus bolsillos, ya que no se trata de espectáculos precisamente económicos ni al alcance del gran público.Y en materia de ópera vimos El turco en Italia, que en general fue recibida con frialdad y cautela a la hora de las críticas especializadas. En efecto, nadie dejó de comparar esta obra con La italiana en Argel del mismo Rossini y de recordar el rechazo de los milaneses cuando se estrenó en 1814. Personalmente no creemos que sea obligatorio adoptar frente a la versión que vimos, la misma actitud de los espectadores de La Scala 186 años atrás. Quizá sea cierto que la segunda es superior a la primera, pero esta comparación no invalida los méritos de una obra que tiene toda la gracia, la belleza y el aire fresco típicos de Rossini.La pregunta que se impone al respecto sería: ¿habría que desterrar a Traviata en honor a Otello?Desde ya votamos por la negativa.Lo que vimos fue una versión dinámica y plena de espíritu rossiniano. La española Angeles Blancas fue un gratísimo descubrimiento, con una voz de agradable color, hábil en la coloratura y una figura que le permitió lucirse en su rol de Fiorilla, sensual al comienzo e ingenuamente arrepentida en un final que en estos tiempos sin duda provoca la sonrisa. Disfrutamos de la presencia de Enzo Dara, un Don Geronio francamente divertido en cada una de sus apariciones. Su voz, después de una carrera de más de cuarenta años, quizá no sea la misma de diez o quince años atrás, pero aún sigue manteniendo condiciones envidiables en su rol de bajo bufo, especialista en óperas de Rossini, además de ser un brillante actor. David Pittsinger, como el príncipe turco Selim, tuvo un desempeño excelente pero aún superior fue el de la notable mezzosoprano Alicia Cecotti, como Zaida, segura en el manejo de su hermosa voz.El contraste entre las ropas orientales del turco y las del resto del elenco, con vestuario contemporáneo, resultó visualmente muy agradable. Y también fue un acontecimiento el trabajo realizado por el plástico argentino Guillermo Roux que a sus 71 años debutó como escenógrafo en el Colón.Los aplausos más cálidos de la noche fueron para Enzo Dara y Angeles Blancas en ese orden y creemos en verdad que fueron merecidos, como también pensamos que es un acierto del teatro la inclusión de óperas a las que el paso del tiempo va dejando en el olvido, a veces injustamente como en este caso.Y a propósito del Teatro Colón en su aspecto administrativo, digamos que fue una buena noticia la formalización del llamado a concurso para el personal contratado que venía luchando por lograr la efectivización de sus puestos de trabajo, en el marco de una sociedad en estado de apatía e inercia en la que, de acuerdo con lo publicado recientemente en la revista local Tres puntos, el 80 % de la población piensa que el país está estancado o en retroceso y el 70 % teme perder su trabajo.Esto, claro, no ocurre porque sí. A seis meses de la asunción del mandato, las nuevas autoridades parecen creer que más de lo mismo es la única vía transitable para el país. Es verdad que el lastre que dejó el gobierno anterior es de una magnitud incalculable. Pero las últimas medidas económicas aplicadas han resultado tan irritantes y similares a las que venían utilizando sistemáticamente a los sectores más empobrecidos como variables del ajuste, que la gente oscila entre el estupor, la bronca y la resignación.Jaqueado por las estructuras de poder, que crecieron y se fortalecieron durante el menemato, por los sindicalistas que no quieren ceder ni uno sólo de sus inaceptables privilegios, por algunos sectores de la Iglesia siempre más complacientes con posturas conservadoras y elitistas, por sectores políticos desplazados que ven con temor la inminente pérdida del negocio público, el nuevo gobierno sólo parece atinar a buscar y encontrar apoyo en Estados Unidos y en el Fondo Monetario Internacional y de ese modo se encierra en un círculo vicioso de dificultades sociales y costos políticos altísimos que nadie sabe cómo podrá cortarse.Por suerte, podemos distraernos con los vaivenes del romance del hijo del presidente con la cantante colombiana Shakira, (es bueno cambiar de tema cuando el de fondo se vuelve pesado), con algún asesinato escalofriante (como el de una adolescente en el que aparentemente estarían implicados sus propios padres) que ocupa grandes espacios en los noticieros, con los avatares futbolísticos de la Copa Libertadores o de las eliminatorias del mundial.Es que, cuando los economistas y/o los tecnócratas de turno nos explican que las nuevas medidas son las únicas viables y que por ahora estaremos mal, pero que en poco tiempo comenzará una notable reactivación, es preferible hacer zapping o poner un buen disco en el equipo y reconfortar el alma con la música.Siempre es mejor llorar de emoción con la Filarmónica de Berlín que llorar de rabia frente a un noticiero y también es saludable recordar que el optimismo a largo plazo es una inversión saludable que no exige mayor desembolso que el de una módica ingenuidad.
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