España - Madrid

La eximia violinista demostró que es humana

Juan Krakenberger
jueves, 6 de octubre de 2005
Madrid, martes, 27 de septiembre de 2005. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. Anne-Sophie Mutter, violín Lambert Orkis, piano. W.A. Mozart, 15 Sonatas para violín y piano, desde la K 296 hasta la K526 en tres conciertos. Juventudes Musicales de Madrid, Asistencia: 26.09.2005, 97 % del afoto. 28.09.2005, 95 % del aforo. 29.09.2005, 92 % del aforo
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Se nota que se aproxima el año 2006 – el año del 250. aniversario del nacimiento de Mozart, uno de los compositores más populares de la historia, cuya música sigue hoy tan vigente como en aquellos tiempos, porque suena bien, tiene rasgos de genialidad inconfundibles, y es accesible para toda clase de público.

Por ello no debe sorprender que primeras figuras como Anne-Sophie Mutter le dediquen su atención. Ya nos apercibimos de ello a fines de la temporada pasada, cuando esta misma violinista nos ofreció la integral de los conciertos de violín con orquesta del salzburgués, y ahora viene con su acompañante al piano de siempre, Lambert Orkis, para esta otra integral.

Hay que matizar un poco esto de integral: Mozart ya escribió sonatas para instrumento de teclado y violín como niño, y adolescente. Están las cuatro que Köchel numeró como K 6-9, y hay una serie de seis K 26-31, que en rigor son sonatas para piano (clave) con un acompañamiento de violín. Lo mismo vale para la K547, una sonatina que el propio compositor calificó como hecha para “principiantes del violín” y que evidentemente no cabe en este ciclo. Así llegamos a un total de 15 sonatas, repartidas en tres tandas de cinco, que abarcan las tres veladas. La duración promedio de cada sonata es del orden de 20 minutos – se trata pues de 5 horas sólidas de música, en total. El programa de mano trae un amplio texto – con profusa información histórica – redactado para la ocasión por Andrés Ruiz Tarazona, y por ello no me he de extender más sobre el particular.

A lo largo de estos conciertos, y mirando bien las fechas de composición, se advierte como Mozart va aprendiendo, poco a poco, a repartir los roles de violín y piano con mayor equidad: al principio el piano aún predomina, pero esto va desarrollándose poco a poco a un mayor equilibrio entre los dos instrumentos.

No me cabe la menor duda que tanto la violinista que nos visita, como el pianista, han hecho un trabajo muy minucioso, para presentarnos versiones vivas, auténticas, y seriamente meditadas. Para empezar, casi siempre repiten las exposiciones de los primeros movimientos, de forma sonata, porque es necesario asimilar el material temático para luego poder disfrutar de las elaboraciones, tan magistralmente logradas por Mozart. Donde cabe, hacen lo propio en algún que otro movimiento lento, y en todas las variaciones, que casi siempre constan de dos partes, una de ocho compases y la otra de ocho, diez o doce. Y en los pocos casos donde han preferido no repetir, el contenido musical no lo requiere y una repetición resultaría demasiado reiterativa.

Otro detalle a señalar de estas versiones consiste en los adornos que ejecutan “por libre” en las repeticiones: a veces con apenas una apoyatura, otras veces con pequeñas cadencias o grupettos. Los adornos (o fiorituras) sirven, desde luego, para embellecer las frases que se acaban de oír por segunda vez. Las tocan con muy buen gusto, sin alarde de lucimiento, y en perfecta coordinación entre violín y piano. Es aquí donde se advierte el trabajo serio de preparación – nada se deja al azar.

Ya al entrar a la sala, cuando vimos tan solamente al piano y la banqueta para el pianista, nos preguntábamos si en un recital de sonatas no se necesitaría un atril para la violinista. Pues no. Es asombroso – realmente inesperado – que Anne-Sophie Mutter toque todas estas sonatas de memoria. No hay atril ni partitura. Eso sí, posiblemente como aide memoire, ella mira por encima del hombro del pianista al atril del piano, donde reposan las partituras del pianista, que como es bien sabido, traen la voz del violín en tipografía pequeña. Pero aún con la iluminación especial de una lámpara (del tipo que se usan en los fosos), divisar en detalle estas pequeñitas notas para el violín, desde más de un metro de distancia, parece imposible. Así que, a pesar de lo inverosímil, tenemos que creernos lo que vemos: que la Mutter se sabe todas estas 15 sonatas de memoria, y créanme – eso es algo que no volverán a ver muy pronto. Cabe agregar aquí también que Lambert Orkis da vuelta él mismo a las páginas de la partitura, sin la necesidad de un ayudante. Todo ello requiere una preparación minuciosa, incluido el truco de doblar la esquina de la próxima página cuando hay un momento, antes del instante de la vuelta misma.

Sobre las interpretaciones, propiamente, hay que anotar que estas sonatas fueron pensadas en su día para clave o pianoforte – no para el piano de cola gigante de nuestros días. Y los violines en aquella época llevaban cuerdas de tripa y el arco era más corto y de diferente forma. O sea, lo que oímos es una adaptación a nuestros tiempos. Tengo que decir que, aún así, el resultado es plenamente satisfactorio. El pianista toca con una suavidad, un perlado, y un sonido transparente que en ningún momento tapa al violín, y la delicadeza y calidad del sonido que la Mutter extrae de su instrumento es tal que Mozart brota, inconfundible, con toda la riqueza que ello implica.

Yo tengo un particular cariño a la Sonata K 301, sobre todo a un pasaje en menor en el centro del Allegro (2º movimiento). Se trata de una melodía punteada en 6/8 inolvidable, de una infinita nostalgia. Creo que para enfatizar este dramatismo, la Mutter se pasó en una nota – la única en la primera velada – con un portamento más bien adecuado para Brahms. Pero esto es lo único que tengo que objetar – el resto fue realmente muy, muy bello y hubo momentos que llegaron a emocionar, por su magia. En este orden cabe mencionar aún que ella se atreve a tocar pasajes enteros sin vibrato, lo que demuestra que este recurso historicista le ha convencido cuando lo considera oportuno. El efecto es, desde luego, de ensueño.

Del segundo programa quisiera destacar varias joyas: la manera de cantar la Mutter la tranquila melodía del Adagio de la Sonata K 481, y el extraordinario dramatismo que el dúo Mutter/Orkis supo imprimir al Allegro de la Sonata K 379. Uno siempre queda sobrecogido de la formidable variedad que encierran estas sonatas, y esto quedó una vez más corroborado oyendo este tormentoso Allegro, donde un ritmo amenazante que termina en un grupetto acentuado disonante levanta los ánimos. ¡Fuera de serie! Pero esto sucedió en la primera parte de la velada.

Lo que oímos en la segunda parte, superó todas las expectativas. El Dúo Mutter/Orkis hizo una auténtica creación de la Sonata K 304, una de las pocas sonatas escritas en modo menor. Ya desde las primeras notas, un arpegio ascendente en mi menor en unísono, el sonido que oímos fue extraterrenal: la Mutter, con arco suave y sin vibrato, hizo que sus notas fueran armónicos de las octavas del piano, y esto sonó a música celestial. Que así esta música tan bella, tan infinitamente triste, adquirió una dimensión estética casi sobrenatural solamente lo podremos atestiguar los que lo oímos. Y lo mismo puede decirse del segundo movimiento, Tempo di Minueto, con su trío: melodías que expresan resignado dolor, de una belleza muy especial. ¡Pura magia!, capaz de emocionar hondamente.

En la Sonata K 454, que cerró el programa, por fin la Mutter tuvo un pequeño lapsus de memoria en unas figuras acompañantes. Nadie – que no conozca íntimamente la obra – lo habrá notado. Digo “por fin”, porque así la eximia violinista demuestra que es humana, después de todo. La demostración de memoria que nos está dando, tocando sin atril, es, desde luego, impresionante. Un nuevo testimonio que la fama se gana solamente con trabajo duro, y aquí tenemos una prueba más de esta incontrovertible verdad. Si, además, detrás de todo este esfuerzo hay un ser sensible, el éxito está garantizado.

La tercera sesión de sonatas corroboró todo lo dicho hasta ahora. Este programa se inició con la primera de las sonatas, la K 296, y terminó con la última, la K 526. Lo más remarcable fue la ternura con que se tocó el Andante sostenuto de aquella primera sonata, la demostración de virtuosismo de alto calado en el Allegro de la Sonata K 377, y la manera como se abordó la gran cadenza del último movimiento, Allegretto, de la Sonata K 306, con una coordinación perfecta a pesar de la total libertad que ofrece este pasaje.

El criterio que prevaleció para la formación de los tres programas, de 5 sonatas, fue presentar tres sonatas en la primera parte, escogidas entre las menos conocidas, para terminar el concierto con dos sonatas de las más populares, cuidando que haya el mayor contraste posible entre todas estas obras. Creo que fue un criterio inteligente, porque en ningún momento se tenía la impresión de algo repetitivo.

Solamente cabe felicitar a Juventudes Musicales por el acierto de traer a estos dos músicos, con este ciclo: un acontecimiento que tan pronto no se ha de repetir. El público también lo comprendió así. aplausos cálidos, aprobación general, y la satisfacción de oír la obra de Mozart en versiones difícilmente superables.

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