Editorial

¿Qué pasa con los conservatorios españoles?

Consejo Editorial
viernes, 21 de octubre de 2005
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La mejor prueba de que algo raro pasa con la educación musical en España es que los grandes dioses del Olimpo musical español se han dignado a descender de sus elevadas cumbres para firmar un manifiesto sobre el tema. Dicen las grandes figuras nacionales que están preocupadas porque los conservatorios españoles no pueden disfrutar de las mismas condiciones que las universidades para fijar sus planes de estudio por sí mismos, ni para contratar a su profesorado; en fin, que no tienen autonomía como las universidades.

Se preguntará el inocente lector cómo saben estos artistas consagrados -Cristóbal Halffter, Alicia de Larrocha, Teresa Berganza, Luis de Pablo, Tomás Marco, Joan Guinjoan,  Antoni Ros-Marbá, ...- lo buena que resulta la autonomía universitaria en España, dado que ninguno de ellos, evidentemente, pudo recibir su formación musical en ninguna universidad española. Sólo algunos pocos han podido impartir docencia universitaria, y eso, desde hace pocos años. De entre esos pocos, y aunque hay alguna excepción, lo más habitual es que enseñen materias poco centrales para la formación de músicos, y, sobre todo, que se dediquen a asignaturas optativas o a actividades de "extensión universitaria" para no músicos.

Nuestros ilustres músicos nacionales, a pesar de esto, han llegado a la conclusión de que lo mejor para que la enseñanza profesional de los músicos españoles alcance unos niveles comparables a los europeos es equiparar los conservatorios con las universidades en su autonomía. Seguramente estarán pensando en las universidades europeas, claro, porque las de aquí tienen sus propios problemas con esa autonomía que conduce al diseño ad personam de los planes de estudio o a la contratación endogámica del profesorado. Y con tanto pensar en tan altas instituciones, no se paran a pensar en otros temas mucho más graves para la vida musical española como, por ejemplo, la situación de las enseñanzas musicales en la enseñanza obligatoria, o el proyecto del actual gobierno de des-regular los conservatorios de grado medio.

No sería malo, con todo, que los conservatorios superiores españoles se parecieran a las universidades europeas (sobre todo a las que funcionan). Pero sorprende que el modelo propuesto sean las universidades, pues hubiera estado mucho más en el registro adecuado proponer a los conservatorios europeos (los que funcionan) como modelo para nuestros conservatorios superiores. Que estos conservatorios europeos disfruten de estatutos más o menos universitarios es secundario: lo sorprendente es que para nuestros mejores músicos nacionales, los conservatorios europeos no parecen tener ningún interés. Sin embargo, ¿quién no quisiera tener una Academia Sibelius, una Guildhall School, o una Musikhoschule -conservatorios y no universidades- en España?

El deslumbramiento que la universidad ejerce todavía hoy sobre la sociedad española es asombroso, pero real. Quizás por ser un reducto muy cerrado a la mirada extraña, conserva un aura de prestigio generalizado entre los ciudadanos de a pie que ni siquiera los decepcionados estudiantes consiguen menguar. Pero a la hora de organizar el sistema educativo no conviene dejarse llevar por esas ensoñaciones propias de sociedades más apoyadas en los valores simbólicos que en los pragmáticos o productivos. El legislador debería pensar, por tanto, en cuestiones funcionales y escuchar las opiniones técnicas, dejando los valores simbólicos para el escenario (que allí sí que son útiles). Ciertamente, el sistema educativo es otra cosa que el escenario… pero aquí, a las estrellas del escenario, en lugar de darles conciertos, les dan a opinar.

Traer a las figuras del escenario a dar opiniones técnicas plantea un gran problema: ¿qué pueden saber sobre el sistema educativo esos grandes artistas que nunca han tenido a su cargo un centro educativo, ni siquiera un humilde instituto de barrio? Grandes artistas que nunca se han tenido que enfrentar a cosas tan simples como diseñar un horario de un centro, asistir a una reunión de seminario y discutir sobre su enseñanza con los compañeros, negociar programaciones con los consejos escolares, comprar instrumentos baratos con presupuestos de liquidez retrasada, someterse a reglamentos desfasados, tratar con jóvenes desmotivados y poco brillantes, arreglar las infraestructuras, planificar los cursos siguientes sin saber qué plantilla van a tener a su disposición, mantener interlocución con asociaciones de padres de alumnos, hacer filigranas con las legislaciones educativa, sanitaria, laboral, europea, nacional y autonómica… y encima, conseguir que salgan jóvenes con buenas posibilidades de ser músicos en el futuro.

Los grandes artistas están muy bien sobre el escenario, y a veces pueden dar un poco de lustre con unas charlas o conferencias puntuales a un centro. Pero no pueden comprender las complejas situaciones de la enseñanza musical porque viven en otro mundo muy alejado de esa otra realidad que son, precisamente, los conservatorios actuales. Cuando dan clases, lo hacen con alumnos ya muy preseleccionados y en condiciones ideales de dedicación y entorno. Generalmente, en realidad, dan clases particulares de lujo. Nada que ver con lo que se cuece en los conservatorios ni con lo que debiera cocerse en ellos.

Lo que las grandes figuras hacen es fundamental para la formación de buenos músicos de primera línea, pero eso es algo que el Estado no puede incluir en sus presupuestos generales, como tampoco los cursos intensivos en la adquisición de técnicas quirúrgicas super-especializadas o la formación de expertos en terrorismo internacional. Formar primeras figuras de la música mundial no puede ser, nunca, un objetivo del sistema educativo general, ni se puede pretender poner como ideal a ese tipo de artistas. Son excepciones, maravillosas excepciones, pero ni modelos educativos ni expertos en educación.

Sin embargo, parece que la voz de nuestros Premios Nacionales de la Música ha sido escuchada. Al día siguiente de darse a conocer su carta abierta, el 16 de septiembre, el diario El País publicó nada menos que un editorial en el que se hacía eco de sus demandas. Era la primera vez, que podamos recordar, en que la enseñanza musical merecía semejante honor. Tal parece como si hasta que a los grandes divos no les dio por ocuparse de este tema no hubiera habido razones para tratarlo en profundidad. Y todos los que conocen un poco el mundo de la música saben que razones no es que no haya, sino que sobran por todos los lados. Quizás tenga algo que ver en ello que el grupo mediático propietario de ese periódico tiene también intereses en el negocio de la música.

Pero, en fin, bien está lo que bien acaba: ese mismo día 16 de setiembre, el mismo diario publicaba la noticia de que el gobierno se propone conceder a los conservatorios la autonomía que les equiparará con las universidades. Hay que concluir que en este país nuestro todavía pesa más la opinión de un famoso que la de los técnicos, o la de un medio de comunicación generalista más que la de los técnicos y la de los afectados.

Por eso, esta reforma organizativa, de consecuencias indudablemente muy grandes sobre el sector si finalmente se lleva a cabo, corre el riesgo de quedarse en una simple operación burocrática, pues se habrá hecho en función de mecanismos de valor simbólico y no en análisis técnicos. Mientras la regulación completa de las enseñanzas artísticas mediante un mecanismo legislativo estructurador y duradero sigue brillando por su ausencia, el Estado prefiere ir probando unas opiniones por un lado, unas inspiraciones por otro, algunas ideas geniales más allá, mientras los royalties -pues de eso se trata- se escurren hacia manos que no son las de los jóvenes españoles de ahora.

La autonomía que tan inspiradamente el gobierno se propone conceder a los conservatorios para la organización de sus planes de estudio y la contratación de su profesorado requerirá mecanismos de autocontrol que la tradición profesional de los músicos desconoce: a más autonomía, más mecanismos (no sea que la autonomía se convierta en independencia autárquica). Claro que el autocontrol democrático de las autónomas universidades es materia todavía de temores y reticencias, y muchos piensan que la intervención de entidades externas en las evaluaciones sería un jalón imprescindible. Pues al final, el mejor de los diseños tiene que enfrentarse al problema de las peculiaridades individuales: las personas que componen estos centros educativos. Y esto es algo sobre lo que ni el gobierno ni los grandes artistas del escenario saben mucho: el nivel del profesorado en los conservatorios españoles y sus formas de actuación profesional.

Tampoco pueden saber nuestros gobernantes y nuestras estrellas del escenario otras cosas no menos importantes (y seguramente ni quieren saberlas). Según el editorial de El País, parece como si la enseñanza musical se tuviera que centrar en formar buenos artistas, pero, aunque parezca una contradicción, no es así. Por supuesto que, como sucede con el deporte de élite, hay que arbitrar medidas para canalizar esos talentos en los que España parece tan generosa, pero deben ser medidas excepcionales.

Del mismo modo que las Facultades de Medicina, por poner un ejemplo, no aspiran programáticamente a formar Premios Nobel de Medicina, tampoco los conservatorios deberían aspirar a forjar grandes artistas mundiales de fama universal. Los conservatorios, en el entramado del sistema educativo, deberían tratar, 'simplemente', de formar las personas necesarias para hacer que la maquinaria de la vida musical esté bien engrasada y funcione correctamente.

Esto significa formar no sólo a directores de orquesta, compositores y solistas, como son los firmantes del documento a que nos referinos, sino a los músicos de a pie, esos músicos que acompañan a los grandes solistas o que sostienen el prestigio de las grandes batutas internacionales, y que nunca salen del anonimato. Toda esa gente que mantiene en pie el complicado edificio de la música. Si, como dicen las declaraciones oficiales sobre la convergencia europea, la finalidad de los estudios superiores es preparar para el mercado de trabajo, hay que recordar que grandes cantantes o grandes compositores sólo hay uno o dos por generación. ¿Podría esto justificar la creación de esos grandes conservatorios que se presuponen con la nueva situación legal si luego el mercado no los va a poder absorber? ¿Los presupuestos que se gastarían autónomamente los conservatorios tendrían sentido si se formaran grandes talentos pero faltara el resto del personal musical necesario?

En España existen muchas personas que desean sinceramente vivir de la música aunque no como primeras figuras, y lo irónico es que es en el fracaso de la formación de esas muchas personas -esos muchos buenos músicos no geniales ni excepcionales sino 'simplemente' buenos- en donde nuestros conservatorios tienen su punto más débil. Músicos de concierto, músicos de estudio, arregladores, acompañantes, repertoristas, comentaristas, animadores, críticos, divulgadores, gestores, planificadores, técnicos de grabación, bibliotecarios y documentalistas de la música, profesores en la enseñanza general, expertos en derecho y fiscalidad de la música, y tantos otros. Todo eso que hace falta para que la vida musical española empiece a ser, por fin, un sector económico de comportamiento racional.

Las grandes figuras son quizás conscientes de que lo que aparece en sus actuaciones es sólo la punta de un iceberg mucho más grande, pero no de que el resto del iceberg tiene que estar formado también por profesionales competentes y especializados. En algún sitio se tendrán que formar éstos si no queremos que siga predominando el autodidacta, que es, por definición, poco económico. Las actividades musicales no estelares suelen estar desempañadas -generalmente- o por viejos músicos frustrados o por aficionados sin formación específica que hacen lo que pueden y van aprendiendo a costa de disfunciones evitables. Por eso nuestro mercado musical es tan irregular.

Si quieren cumplir con los presupuestos de la convergencia europea, los conservatorios españoles deberían interesarse por ofrecer cauces para quienes desean trabajar bien en estas actividades musicales, y para diseñar planes de estudio adecuados. ¿Necesitan para eso disponer de autonomía? Desde luego, necesitan cambiar la situación actual: hasta el presente, los conservatorios españoles dependen de las direcciones de Enseñanzas Medias de las diferentes comunidades autónomicas. Esto les obliga a adaptarse a las mismas normativas que los institutos de secundaria, y, por tanto, no pueden ni diseñar sus planes de estudio ni contratar a su propio profesorado.

La teoría pedagógica dice que los centros educativos deben disfrutar de autonomía porque así pueden adaptarse mejor a su entorno y responder a las demandas sociales de formación. Más allá de algunas peculiaridades locales, en un mercado absolutamente global como es el de la música, no se puede aceptar que en un conservatorio haya programas de trabajo muy diferentes a los de otro. En este sentido, la autonomía no sería un elemento fácil de defender. Lo que sí es fácil de defender es que las Enseñanzas Medias no contemplan, ni pueden contemplar, las peculiaridades de la enseñanza musical: ni tienen inspectores técnicamente capaces para conocer los asuntos de la música profesional, ni dotación económica suficiente, ni cauces para conducir cosas tan especiales como que la ratio profesor/alumno es 1/1, o que la enseñanza es absolutamente práctica. Sacarlos de esa situación es lo primero que habría que hacer si se quiere que los conservatorios sean realmente 'superiores'.

Pero para ello, y para que puedan proporcionar los profesionales que la música española requiere, no bastará sólo con eso. Habrá que comprobar si estos conservatorios superiores, liberados de los corsés de la enseñanza media, son capaces de dirigir sus propias naves, pues no hay ninguna prueba de que puedan hacerlo (como tampoco de que no puedan hacerlo). Y contratar buenos profesores, arbitrando a la vez, y urgentemente, planes de formación, reales y controlados, para profesores que los necesiten. Mientras tanto, las grandes figuras podrían seguir realizando tranquilamente su trabajo. Así se evitaría que contaminaran con su aura a un sector que necesita de forma vital librarse de concepciones grandiosas y objetivos imponentes que no dejan ver la realidad en conjunto.

¿Qué tendrá la enseñanza musical en este país que siempre se la trata como algo excepcional? ¿Por qué no se la considera con la misma racionalidad con que se trata una Facultad de Medicina? Las razones son muchas, y en Mundoclasico.com  ya hemos tratado algunas de ellas. Habría que recordar otras razones que no suelen indicarse cuando se trata sobre estos temas. Por ejemplo, la penosa situación de las enseñanzas de Pedagogía Musical (por cierto, bien integradas en la universidad), que dormitan sobre los humanitarios principios de algunos métodos de antes de la II Guerra Mundial, venerados como si fueran jaculatorias: Orff, Kodály, Dalcroze. La candidez de estos planteamientos ha llevado a que la música en la enseñanza general se haya convertido, en muchos casos, en una misión imposible o en algo que los jóvenes desprecian porque les parece ñoño. Son esas pedagogías, junto con la obsoleta 'extensión universitaria', las que han convertido a la música en una 'maría' en la enseñanza obligatoria, y en un arte ausente en la sociedad española en general. O se modernizan rápidamente y se conectan con la realidad, o acabarán desapareciendo, con el agravante de llevarse consigo mucho de la vida musical que podría ser.

Otra razón por la que la enseñanza musical española parece depender de las intervenciones algo trasnochadas de grandes figuras más que de análisis racionales de los datos es que nuestros políticos son, como muchos melómanos y muchos de sus conciudadanos, ignorantes en música. Amar la música no es lo mismo que saber de música. Así, nuestros políticos creen, erróneamente, que la música radica únicamente en las grandes figuras.

Y es que el mundo del espectáculo es así: sólo tiene que verse el primer plano. No vamos a juzgar esa ignorancia, propia de un país sin ilustración cultural durante décadas, pero sería bueno que no la convirtieran en guía de sus decisiones. Porque, deslumbrados por las luces del escenario, cuando se ponen a hacer política no ven al iluminador. No se dan cuenta de que sus gustos y sus satisfacciones ante un espectáculo no bastan para conocer un mundo profesional complejo como pocos: los que tienen el poder de decidir no pueden comportarse fascinados en sus despachos, como lo hacen cuando están en los palcos.

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