Alemania

Un ballet con argumento de Lewis Carroll

J.G. Messerschmidt
viernes, 11 de noviembre de 2005
Múnich, jueves, 27 de octubre de 2005. Teatro Gärtnerplatz. Alice im Wunderland, ballet según el relato Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Coreografía: Philip Taylor. Música: Witold Lutoslawski. Escenografía y vestuario: Claudia Doderer. “Alice”: Mikiko Arai. “Liebre blanca”: David Rossteutscher. “Reina de corazones”: Ida Zenna. “Duquesa”: Caroline Finn. “Gato”: Alessandro Souza Pereira. Ballett-Theater München. Soprano solista: Thérèse Wincent. Orquesta del teatro Gärtnerplatz. Dirección musical: Andreas Puhani
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El relato de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas tiene la agilidad y la fantasía que un argumento de ballet requiere. Philip Taylor, director del Balett-Theater München, que tiene su sede en el Teatro Gärtnerplatz de Múnich, ha sabido recoger en su coreografía Alice im Wunderland los principales elementos de esta historia y transformarlos en un ballet argumental. El material empleado por Taylor puede ser considerado como tradicional y ecléctico a un tiempo: en él se conjugan elementos anclados en el acerbo típico del Tanztheater contemporáneo con otros pertenecientes a la tradición del ballet neoclásico del pasado siglo.

El personaje de 'Alice' es presentado, más que como protagonista de la aventura, como espectador de un mundo onírico en el que se mueven las demás figuras. El lenguaje con el que Taylor configura coreográficamente a 'Alice', es el propio de la danza contemporánea, pero sin experimentos: podría decirse que estamos ante una modernidad ortodoxa y muy asentada. En algunos momentos este material resulta un punto demasiado abstracto, por lo que la figura de 'Alice' no acaba de tener unos perfiles inequívocamente definidos, ni da siempre salida a sus emociones de manera explícita. Este déficit expresivo se ve compensado, sin embargo, por la presencia en escena de una segunda Alice, que no baila, sino que canta y actúa.

Thérèse Wincent

Curiosamente, en sus breves apariciones al comienzo y al final del ballet, esta figura desdoblada atrae con mayor fuerza la atención del espectador y asume una posición dramáticamente mucho más dominante que la de la 'Alice' bailarina, personaje omnipresente, pero en cierto modo marginal. Quizás el motivo de esta preponderancia de la 'Alice' cantante sobre la 'Alice' bailarina haya que buscarlo en la personalidad de sus respectivas intérpretes. La bailarina japonesa Mikiko Arai hace un trabajo correcto, pero un poco falto de fluidez, de línea algo discontinua, sin la deseable plasticidad. La soprano Thérèse Wincent, en cambio, muestra excelentes cualidades de actriz y una notable presencia escénica. También la iluminación y la escenografía contribuyen a realzar a su personaje.

Las demás figuras se diferencian radicalmente de 'Alice' en el plano coreográfico: el código que Philip Taylor emplea en ellas es el neoclásico, con algunas pinceladas de comedia del arte en la pantomima. De esta manera, se establece una estratificación en tres planos: la 'Alice' cantante es un personaje real, consciente; la 'Alice' bailarina es la misma persona, pero viviendo un sueño; los demás son seres pertenecientes a algo que podríamos llamar una “metarrealidad onírica”. Particularmente meritoria es la atmósfera de enigmática poesía que se alcanza en determinados pasajes. En general la coreografía es muy correcta, clara, sobria y sin ningún amaneramiento. El personaje de la 'Liebre blanca', interpretado por David Rossteutscher resulta quizás algo convencional. Mucho más logrado está el del 'Gato', muy convincentemente interpretado por Alessandro Souza Pereira. La figura más carismática es la 'Reina de corazones', con una coreografía a un tiempo enérgica y austera, vagamente evocadora de algunas piezas de Martha Graham. La interpretación que Ida Zenna hace del personaje es irreprochable. También sobresale la 'Duquesa' de Caroline Finn. El resto del reparto alcanza un nivel técnico aceptable y realiza su cometido con eficiencia.

Buena parte del indudable encanto de esta producción descansa en la escenografía y el vestuario, realizados por Claudia Doderer. La muy refinada iluminación y los decorados, hieráticamente simples, casi abstractos, crean un ambiente de imprecisión y misterio en perfecta correspondencia con el carácter onírico del argumento: la acción se desarrolla en un espacio más metafísico que material, insinuado, que debe ser completado por la fantasía del espectador. El vestuario, por su parte, es eficiente, sencillo, de agradable cromatismo y lo bastante explícito para facilitar la comprensión del argumento.

De enorme acierto puede calificarse la elección de una serie fragmentos de composiciones de Witold Lutoslawski como material musical. En cierto modo, este ballet nos ayuda a descubrir facetas insospechadas en la obra del compositor polaco. ¡Antes de ver 'Alice' difícilmente habríamos imaginado que la música de Lutoslawski pudiera ser tan bailable! La selección ha sido realizada con gran inteligencia y sensibilidad, logrando así que la música cuente magníficamente una historia para la que no fue escrita. Desgraciadamente en algunos momentos la coreografía no sigue de manera consecuente a la música, se queda un poco por detrás de ella.

La Orquesta del Teatro Gärtnerplatz, bajo la dirección de Andreas Puhani hace una lectura diáfana y depurada, muy ligera (pero no banal), de tiempos vivaces, de la partitura de Lutoslawski. También en la vertiente musical debemos destacar la labor de la sorpano Thérèse Wincent: su voz cálida (y paradójicamente también “fresca”), redonda, clara y de bella línea melódica, así como su inspirada interpretación de las canciones de Lutoslawski incluidas en la partitura, contribuyen de manera decisiva al éxito de esta producción.

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