Discos

Dedicación y maestría

Samuel González Casado
lunes, 19 de diciembre de 2005
Franz Schubert: Die schöne Müllerin, D. 795, ciclo de Lieder sobre poemas de Wilhelm Müller. Thomas Quasthoff, bajo-barítono; Justus Zeyen, piano. Productor ejecutivo: Christopher Alder; ingeniero de sonido: Oliver Rogalla von Heyden. Un disco compacto DDD de 62 minutos de duración grabado en el Teldex Studio de Berlín en julio de 2005. Deutsche Grammophon 00289 474 2182
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Abordar un ciclo de canciones como éste conlleva un trabajo ímprobo si lo que se pretende es lograr unos resultados satisfactorios. Para empezar, es necesaria una especialización enorme y, por tanto, superar las grandes dificultades que conlleva el estudio y la asimilación de un modo de cantar tan determinado, pues el arte del Lied pasa por una técnica y unos resortes expresivos totalmente particulares, que en absoluto tienen que ver con otros géneros ya desde la propia concepción del texto, poético, normalmente breve, sintético. Cantar Lied implica una tesitura muy central y estructuras en la obra bien fijadas (Lied estrófico, desarrollado...), aunque siempre pueda haber caminos intermedios.

La música puede ser más íntima o más extrovertida, pero normalmente no descarga, no se tiende hacia intensidades emocionales desabridas: el arco es más reducido y las técnicas para dar variedad al texto, pues, otras distintas, por ejemplo, a las de la ópera, con lo que la contención y la sutileza deben predominar. Esto nos lleva a la columna vertebral de este arte: la variedad y adecuación del color vocal al texto desde la interpretación que quiera otorgársele a su significado. Cómo se pone la voz, ante todo en el centro, que es la zona donde se puede utilizar toda la paleta de colores, es un arte que, dominado, puede alcanzar cotas excelsas, y además admite gran variedad de estilos, todos muy válidos si se conoce el terreno por el que se transita.

Ningún problema, en este sentido, tiene el gran cantante alemán Thomas Quasthoff, poseedor hasta el tuétano -digámoslo ya- de todo lo necesario e incluso más para poder cantar este ciclo con absoluta seguridad. Die schöne Müllerin consta de veinte Lieder que destacan ante todo por sus inspiradas y sencillas melodías, y también por cierta ‘ligereza’ únicamente externa, ya que tras los poemas se vislumbran no pocas dosis de amargura y dolor. Por ello, este grupo de canciones tiene un añadido de dificultad, que consiste en conseguir llegar a una especie de acuerdo entre texto y música que además dote al conjunto de personalidad, de visión propia del que lo interpreta y, con ello, lo unifique.

Un concepto demasiado trascendido no casa bien con la alegre simplicidad de ciertos ritmos; otro demasiado grave o trágico podría llegar a sepultar el brillo de una línea de canto que nunca debería sacrificarse: éste no es el terreno idóneo para ello; en fin, un tercero en exceso superficial y lucido en cuanto a sonido dejará sin duda cojo a un texto cuya transmisión no puede surgir de otra parte que del mismo significado de la letra. En este sentido, son conocidos, ante todo, un estilo más 'maniático' y puntilloso, que forja su expresividad desde la unidad gramatical palabra -una Schwarzkopf o un Fischer-Dieskau constituyen los ejemplos más sobresalientes-, y otro que permite mayor naturalidad, que deja que el texto se explaye y respire por sí mismo sin olvidar en ningún momento sus rasgos distintivos -Elisabeth Schumann, Hans Hotter, Lotte Lehmann-.

Nuestro protagonista parece adoptar una sabia vía central: jamás resulta excesivo o agobiante y los contrastes no aparecen muy marcados, aunque sí perfectamente diferenciados. El tono de las obras, además, no da como para expresarse como si ante un Erlkönig nos halláramos, sino que predomina el ambiente discreto, recogido, lo cual es acentuado con acierto por ambos músicos, quizá de forma excesivamente lineal el pianista. El cantante, empero, parte del estilo y maneras de Friedrich Rehkemper, como Dietrich Fischer-Dieskau, pero Quasthoff es más selectivo a la hora de inflexionar que este último, utilizando sólo las palabras que constituyen la médula y articulándolas para definir la frase, que de esta manera no necesita más.

La forma en que Quasthoff emplea el color, si no descollante, sí se muestra en toda su paradigmática sabiduría: nótese, por poner sólo unos pocos ejemplos, la excelente gradación que se escucha en el Lied estrófico 'Das Wandern', utilizando perfectamente como centro focal las palabras "Wandern", "Wasser", "Rädern" y "Steine", y cómo el tono de la estrofa en la que se encuentra esta última [1: 1' 31''] viene claramente determinado por el pedregoso significado. O de qué forma tan adecuada se aligeran los medios en el número 7, 'Ungeduld', sólo enfatizando las repeticiones "dein ist mein Hertz" de las estrofas finales [v.gr. 7: 0' 28''], pero sin ninguna retórica o exceso, pues el texto no lo pide (al pianista se le nota quizá algo falto de chispa, aunque respete escrupulosamente la partitura). O, en la impresionante número 16, 'Die liebe Farbe', cómo se opta por obviar el dramatismo de otros (compárese, por ejemplo, con la versión de Patzak –1943-, soberbia pero bajo otros presupuestos): sugerente y revelador el piano sobre la primera vocal de la palabra "Rosmarein" [16: 0' 53''] y su consiguiente contraste con la intencionada abertura en el diptongo ei. O el plausible cambio de color, que no de posición, en 'Der Jager', rústico y vehemente, y su imperiosa acentuación en las palabras "scheut sich" [14: 0' 35'']. Y, para terminar (nunca mejor dicho) este repaso, hagamos mención a la última frase que Quasthoff pronuncia, "wie ist er so weit!" [20: 6' 13''], dicha de una forma muy especial; emocionante de verdad. Sirvan estos leves ejemplos para glosar el arte y preparación de nuestro barítono.

Y decimos barítono porque, aunque en este cedé y en otros aparece con la denominación de bass-baritone, pensamos que las hechuras de su voz pertenecen más a la segunda cuerda antes que a la de bajo. Las especiales características morfológicas del cantante probablemente provocan que la voz no sea rica en resonancias que la arropen: arriba se muestra demasiado desguarnecida sobre todo en las medias voces, con emisión algo sucia, y en el centro se carece de exuberancia y poderío, si bien el color es agradablemente oscuro. La cosa mejora cuando se canta a plena voz o bien se utilizan voces mixtas o falsetes, no siempre redondos aunque sí adecuados (compárese, por ejemplo, el ligero apoyo que muestra la ä de la palabra "Schläfer", debido al repentino salto interválico dentro de una misma vocal [20: 3' 33''] -de esta forma se ligan ambas notas sin brusquedad aunque el sonido arriba no sea muy hermoso-, con su ausencia total respecto al magnífico falsete puro sobre la palabra "Träume" [20: 3' 43''] -lugar donde sí puede realizarse sin riesgo de problemas-).

No estamos ante el bello sonido de un Fischer-Dieskau, inatacable en sí mismo, por brillo, por pureza, aunque como es bien sabido arriba mostrara ciertas debilidades, quizá más 'voluntarias' de lo que habitualmente tiende a pensarse; o el calibre vocal de un Hotter, verdadero bajo-barítono de maravillosa línea y emisión inconfundible. Quasthoff se muestra como un auténtico maestro después de arduo trabajo ante unas circunstancias naturales poco halagüeñas, y el resultado que escuchamos está por encima de todo elogio, pues no desmerece en absoluto al lado de las grabaciones históricas de un arte tan complejo y sublime como éste, máxime si está acompañado de un pianista como Zeyen, que muestra un punto de vista moderno, algo parco en imaginación como ya se ha señalado, pero muy respetuoso y de estupendas cualidades técnicas, y un registro sonoro de incuestionable calidad, clarísimo respecto al barítono y quizá algo retrasado en cuanto al pianista, lo que no le favorece demasiado. En cualquier caso, el disco es muy recomendable y no sobra por muchas versiones que tengamos en las estanterías y en nuestro recuerdo.

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