Discos

Mahler, Abbado y la condesa

Carlos Ginebreda
martes, 10 de enero de 2006
Gustav Mahler: Sinfonía nº 4 en Sol mayor; Alban Berg: Siete canciones de juventud. Renée Fleming, soprano; Guy Braunstein, violín solo. Berliner Philharmoniker. Claudio Abbado, director. Productor Ejecutivo: Christopher Alder; Ingeniero de Sonido: Klaus-Peter Gross. Un disco compacto DDD de 72 minutos de duración, grabado en vivo en la Philarmonie de Berlín en mayo de 2005. Deutsche Grammophon 477 5574
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La interpretación de la Cuarta Sinfonía de Mahler por Claudio Abbado que ahora comentamos se nos presenta francamente interesante. En primer lugar, porque Abbado ha venido demostrando ya desde muy joven que esta música le interesa, la conoce y la ama. Y en segundo término, porque es una grabación en vivo en Berlín, con su ex Filarmónica y con una cantante de relumbrón como es Renée Fleming. De estos dos aspectos, sin embargo, nuestro interés y el éxito de la grabación se centra más en Claudio Abbado.

Abbado es un estudioso de Mahler, de su época y de la música que sucede a Mahler (Berg, Webern y Schoenberg), y se nota. También es un director con gran técnica, de líneas claras, gesto preciso y tendencia a dar transparencia a las partituras mahlerianas. Sería una simplificación y un lugar común decir que Abbado, por su italianidad, da a las partituras mahlerianas una luz mediterránea o meridional. Nada más lejos de ello, pues Abbado desde su mocedad cruzó los Alpes, y sabe lo que hay en un lado y otro de la cordillera.

Mahler se autodenominaba Sommerkomponist, pues en verano se retiraba a algún paraje de los Alpes para aislarse y componer. En este caso la composición de la Cuarta Sinfonía tuvo lugar entre 1899 y 1901, y el estreno en Múnich en 1901. Pero fue en el verano de 1900 en el que Mahler avanzó en la composición de esta obra. Mahler se estaba construyendo una casa en Maiernigg, cerca del lago Wörthersee, y se preguntaba qué terminaría antes si la casa o la sinfonía. Estaba feliz, no paraba de hacer excursiones de dos o tres días, y en una de ellas se perdió, cayó por un barranco y acabó tostado por el sol y lleno de magulladuras. Componía en una cabaña y exigía un silencio total (llegaba al extremo de no soportar los nidos de los pájaros ni a los polluelos piando), y así nació el producto que ahora comentamos, una sinfonía de plantilla más clásica que las precedentes (cuatro trompas, tres trompetas y ausencia de trombones), una temática aparentemente más poética que las obras anteriores, y un fondo de inocencia pesimista, que una vez más pone de manifiesto el carácter autobiográfico de las obras de mahleriarianas.

Abbado consigue un cierto distanciamiento, y podríamos decir que es un excursionista mahleriano que tiene un buen plano, quizás con GPS, y que se aplica a la tarea -como seguidor fiel de un mapa- del mejor centro excursionista. Abbado capitanea la expedición con sabiduría, pero se aleja del componente autobiográfico de la música de Gustav Mahler, es decir, en esta andadura montañera Abbado se deleita con el paisaje, pero no sufre por miedo a caerse, no se acuerda de las frustraciones que tuvo de niño y no se siente solo en el mundo, cosa que sí hacen otros intérpretes mahlerianos. Aunque hay que reconocer que a veces se ha acercado a este componente personal mahleriano, como es el caso de su reciente grabación de la Sexta Sinfonía (también para DG).

Por todo ello, a veces se ha acusado a Abbado de frío o cool, de aburrido y de desapasionado, esperándose de él una pasión verdiana trasladada al mundo pesimista y a veces destructivo del pobre Gustav Mahler. El Mahler de Abbado no es teatral, expresivo o mórbido (Bernstein) tampoco es apasionado (Tennstedt), no disecciona como un estudiante o -según sus admiradores- como un doctor en biología (Boulez), y tampoco nos deleita con una jornada de esquí, con copa de vino caliente, conversación sobre la vida e invitación a piscina climatizada (Karajan). No siempre hay que escuchar a Mahler sufriendo y acordándose de lo que sufrió y de lo que sufrimos; y Abbado nos explica Mahler como un libro abierto sin complejos y sin demasiadas pasiones: la música que suena ya tiene bastantes.

De nuevo en esta Cuarta Sinfonía sale a relucir la inocencia infantil, pero de forma siempre sombría. A Mahler quizá le hubiera gustado la expresión de “esos locos bajitos” (acuérdense de Serrat: “niño, deja ya de joder con la pelota”), y la canción del último movimiento a ellos va dedicada. Es por ello que esta chiquillada final no sea muy adecuada para una cantante como la Fleming, tan straussiana, por una cuestión de matiz. En una sinfonía tan clásica pero con tanta ironía lo que uno no espera es encontrarse a la Condesa del Capriccio straussiano al final de la película. Uno espera belleza, inocencia, chiquillada e ironía. En otro sentido, algo similar le pasó a Klemperer, con unos pasajes orquestales modélicos pero al llegar al final con la Schwarzkopf uno se queda con la idea de que va a escuchar el 'Porgi amor' de la condesa mozartiana, y tampoco es eso.

Sin embargo, y en defensa de la gran soprano estadounidense, hay que decir que canta estupendamente, y que mirándolo de otro modo quizás a Mahler le habría gustado su estilo, pues no en vano decía que él y Strauss cavaban la misma montaña pero por distintos lados.

Estupendas las canciones de Alban Berg, más adecuadas para la voz de la Fleming, como acertado complemento a Mahler, y en directa competencia con Chailly y Bonney (DECCA), o el mismo Abbado con Von Otter (también en DG).

Bien el sonido, aunque no excelente, pero ésta es una percepción que siempre tiene uno con los registros en la Philharmonie de Berlín. Tal vez sea añoranza de la Jesus-Christus Kirche. La carpetilla, excelente, incluye notas del experto mahleriano Donald Mitchel en los idiomas habituales (inglés, alemán y francés), así como los textos cantados.

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