España - Euskadi

La Mesa-Tatami

Javier del Olivo
viernes, 3 de marzo de 2006
Bilbao, sábado, 18 de febrero de 2006. Palacio Euskalduna. Madama Butterfly, ópera en dos actos de Giacomo Puccini sobre libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Christopher Alden, dirección de escena. Paul Steinberg, escenografía. Buki Shiff, figurines. Aaron Black, iluminación. Fiorenza Cedolins, Cio-Cio-San. Mario Malagnini, Pinkerton. Elena Cassian, Suzuki. Juan Jesús Rodríguez, Sharpless. José Ruiz, Goro. Alfonso Echevarría, Tío Bonzo. Fernando Latorre, Yamadori. José Manuel Díaz, Il Comissario imperiale. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director del Coro. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Antonello Allemandi, director musical. 54 Temporada de la ABAO. Ocupación 100%
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Una de las mayores polémicas que envuelven el mundo de la ópera de nuestros días es la que se refiere a las puestas en escena. Se acusa a algunos directores y escenógrafos de destrozar espectáculos, obligar a los cantantes a posiciones y situaciones donde casi es milagroso articular una sola nota, y de  tergiversar hasta el absurdo la idea de compositores y libretistas. Pero también es verdad que si no hubiera habido registas rompedores aún estaríamos con los decorados de cartón-piedra de principios del siglo anterior. Nos olvidamos que la ópera no sólo es música, es también teatro y que tanto libretistas como, sobre todo, los compositores, tuvieron en cuenta que su creación se iba a representar a la hora de ponerla en papel. Un Così fan tutte puede estar excelentemente cantado y dirigido, pero si no está bien representada, si no da esa imagen de teatro, de vida, es un completo fracaso.

No debe ser fácil acercarse como director de escena a una obra tan conocida como Madama Butterfly. Casi todos los aficionados conocen tanto su música como su trama. Ésta se suele reducir a la historia de una pobre geisha engañada por un marinero americano bastante sinvergüenza, y su trágico final cuando se percata del engaño. Pero en esta obra de D. Belasco, que adaptaron Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, hay mucho más. Ahí es donde aparece un buen director de escena, aquel que va más allá de lo evidente y nos da su propia interpretación de la obra.

Se podrá o no estar de acuerdo con la interpretación que hace Christopher Alden en esta producción, procedente de la ópera del Tel Aviv, pero es muy digna de consideración. Centra la acción, como debe ser, en la figura de Butterfly. Nos la presenta como una mujer de fuertes convicciones, madura para su edad y con una idea clara: no quiere ser la mujer sumisa que la sociedad nipona le tiene reservada. Busca la libertad que supone un nuevo marido, una nueva religión, una nueva nacionalidad. Y por eso grita en la famosa aria 'Sai cos’ebbe cuore' que no volverá a bailar ni cantar por dinero, por eso defiende al Dios cristiano y por lo mismo proclama ante el cónsul que se encuentra en una casa americana.

Juan Jesús Rodríguez y Fiorenza Cedolins
Fotografía © by E. Moreno Esquibel

¿Y como nos trasmite escénicamente Alden todas estas ideas? Pues ayudado por la escenografía de Paul Steinberg, que crea para la acción la habitación de una casa  burguesa occidental de principios del s. XX, de tipo modernista, con paredes cubiertas de maderas nobles y unas grandes vidrieras con decoraciones  de cerezos en flor, que van cambiando, adaptándose a los distintos momentos de la ópera, con la excelente iluminación de Aarón Black. No cambia esta decoración en toda la representación, y son la iluminación y el texto los que nos van trasladando de la casa al jardín.

Fotografía © by E. Moreno Esquibel

Y presidiéndolo todo y como idea central de la obra, una gran mesa-tatami. Al principio de la obra y una vez apagadas las luces, se abre el telón y vemos la gran mesa ocupada por Pinkerton, su mujer y el niño que tendrá con Butterfly, y a ésta que entra y contempla la escena como en un sueño-premonición de lo que será su final, pero también de lo que no ella nunca conseguirá: la vida burguesa que representa una cena en familia alrededor de la mesa. A partir de ahí comienza el desarrollo normal de la obra, pero esta imagen, en total silencio es impactante. Luego encima de la mesa-tatami será donde se celebren las nupcias, donde pasen la primera noche de amor, donde proclame su independencia, en fin, el centro de todo el mundo de Butterfly.  Una manera muy válida a mi parecer de interpretar esta magistral obra.

Fiorenza Cedolins
Fotografía © by E. Moreno Esquibel

En este contexto brilló muy alto la Cio-Cio San de Fiorenza Cedolins. La cantante italiana logró una completa identificación con el personaje, demostrando tener una voz de rotundo centro y bien modulada, creando el dramatismo necesario pero sin los agudos a los que nos tienen acostumbrados otras versiones. Estuvo espectacular en la famosa 'Un bel dí vedremo', que fue muy aplaudida.

Mario Malagnini como Pinkerton no pasó de lo aceptable. Empezó bastante dubitativo, con la voz oscurecida, pero fue mejorando para llegar a un correcto tercer acto. Elena Cassian fue una excelente Suzuki con un registro grave de muchos quilates. Simplemente cumplidor el cónsul de Juan Jesús Rodríguez así como el resto de personajes, aunque destacaría el Tío Bonzo de Alfonso Echevarría y el cínico Goro de José Ruiz. Muy bien conjuntado el coro de Ópera de Bilbao que estuvo especialmente brillante en el famoso coro de las bocas cerradas que cierra el segundo acto y que lució los bellos figurines de  Buki Shiff.

Antonello Allemandi se decidió por ofrecernos una versión de Butterfly donde los tempi lentos fueron la nota predominante. No fue una gran dirección pero sí muy profesional y sobre todo muy cómoda para los cantantes. La Sinfónica de Euskadi estuvo excelente, sobre todo las cuerdas, que crearon unos momentos íntimos de gran belleza.

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