Bélgica

Pulcro y variado

Jorge Binaghi
jueves, 23 de marzo de 2006
Bruselas, lunes, 13 de marzo de 2006. Teatro Real de La Monnaie. Eva Mei, canto. Alexander Schmalcz, piano. Obras de Mozart, Debussy, Rossini, Strauss, Schumann, Schubert y Verdi
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Un concierto muy largo para los parámetros actuales, y eso está bien. Lo que no está tan bien, quizás, es el orden de los autores. Debussy y Rossini son totalmente ajenos para pasar del primero al segundo enmarcados a su vez por el Mozart inicial y el Strauss final de la primera parte. En la segunda, las canciones de Verdi son agradables, alguna notable, pero no será por ellas que este gigante de la lírica perdura, y menos si debe sufrir la comparación con dos maestros del lied como Schumann y, sobre todo, Schubert (que, a su vez, nunca habría logrado el lugar que ocupa en la música si fuera por sus intentos teatrales).

Eva Mei es una excelente soprano lírico-ligera italiana que está madurando su centro y grave. Ha hecho su carrera seriamente y con responsabilidad, aunque eso no ha bastado para colocarla internacionalmente en el nivel que le corresponde y que ocupa en cambio alguna coterránea de muy inferior calidad vocal aunque igualmente aguerrida en técnica y estilo, y de agentes o intuiciones más hábiles para darse a conocer, sobre todo en Francia.

Como cantante de cámara es menos relevante, pero lo que hace es, a su vez, musical y atinado, y hay que agradecerle el esfuerzo de meterse en estos autores e idiomas en vez de propinarnos arias de ópera o de concierto con piano (que fue lo que hizo, con mucho gusto, en el único bis: la breve cavatina de ‘Barbarina’ de Le Nozze di Figaro -aniversario Mozart obliga). De su compañero puede decirse casi lo mismo: un loable acompañante, tal vez algo insípido, pero muy correcto.

De Mozart se escucharon dos traducciones afortunadas de ‘Un moto di gioia’ y del aria alternativa ‘Al desío di chi t’adora’. De los cuatro Debussy fue particularmente interesante la versión de ‘Mandoline’ en excelente francés; las otras pecaron de monotonía en la expresión (‘Beau soir’, ‘Romance’ y ‘Fantoches’).

Las tres canciones en dialecto veneciano de Rossini estuvieron bien servidas, aunque no extraordinariamente (faltó sal y pimiento); mejor le fue a ‘La pastorella delle Alpi’ y mucho peor a ‘La danza’ que requiere otro tipo de voz menos leve y sobre todo otra densidad de interpretación (incluso en la alegría y picardía hay un frenesí que aquí no estuvo nunca presente…Me encontré pensando en la Lollobrigida de Come in September, para entendernos…).

En Strauss, la cantante pareció estar más a sus anchas que en los otros compositores alemanes, no tanto por ‘Du meines Herzens Krönelein’ o ‘Ich wollt’ein Sträusslein binden’ cuanto por el sumamente arduo del punto de vista técnico ‘Amor’ resuelto con enorme facilidad y ‘panache’. De Schumann hubo una traducción muy afortunada de ‘Der Sandmann’ y correctas de ‘Schneeglöckchen’, ‘Sehnsucht nach der Waldgegend’ y ‘Er ist’s’. En cuanto a Schubert, sin ser excepcionales, parecieron más adecuadas las célebres ‘Ständchen’ y ‘Die Forelle’ (de todos modos, algo superficiales) que ‘Die Taubenpost’ o, sobre todo, la sobrecogedora ‘Gretchen am Spinnrade’.

Malhadadamente, entre los Verdi figuraba ‘Perduta ho la pace’ que es la versión italiana del mismo texto, pero ni en una canción que no llega ni por asomo a las profundidades de Schubert hubo una introspección suficiente. Mucho mejor fue el frívolo ‘Stornello’ que la patriótica y de ocasión ‘Il brigidino’ o la breve y no demasiado sentida ‘E’ la vita un mar d’affanni’. Naturalmente, quedó para último número del programo lo mejor del autor y de la intérprete (ocurre casi siempre cuando se cantan estas piezas de Verdi, sea quien sea el intérprete: aparece siempre al final y arrasa): ‘Lo spazzacamino’.

Tal vez haya camino que recorrer, pero como vocalmente no existen problemas, es probable que valga la pena intentarlo.

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