Crónicas Porteñas

Concierto a 30 años del golpe de Estado de 1976

Susana Desimone
martes, 28 de marzo de 2006
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El 24 de marzo es, en nuestro país, una fecha de resonancias macabras y evocaciones siempre asociadas al dolor, al terror, y a la muerte.

Este año, quizá por la particularidad del aniversario redondo y por la sintonía del gobierno con la necesidad de mucha gente de expresar sus más profundos sentimientos respecto de lo vivido durante la dictadura más cruel de nuestra historia, el feriado decretado hace sólo pocos días fue el disparador de una serie de actos de conmemoración muy distintos de los de años anteriores.

Durante toda la semana hubo actos, programas radiales y televisivos, donde se dio cabida a la reflexión, al recuerdo del històrico juicio a los comandantes de la Junta genocida, a la escucha de los hijos y nietos recuperados por sus familiares legítimos de los apropiadores  que pretendieron en vano borrar su verdadera identidad. A ver y oir las entrevistas que recogieron  los recuerdos expresados por los sobrevivientes de los siniestros campos de concentración, algunos  de los cuales tuvieron el coraje de regresar a los lugares donde permanecieron ocultos, negados, torturados y, muchas veces, dados por muertos.

En el Centro Cultural Recoleta se llevó a cabo una muestra donde el público estremecido pudo contemplar obras de nuestros mejores artistas, pero también pequeños trabajos realizados en prisión –en forma oculta y disimulada- por aquellos sobrevivientes que por un azar del destino lograron permanecer vivos en el infierno.

Y el día culminó con el concierto que se llevó a cabo a las 22 horas en el Teatro Colón, Por la vida y los derechos humanos: Verdad, Justicia y Memoria, tal como dice el programa de mano.

La elección de la obra que pudimos escuchar no podía haber sido más acertada ni tener mayor carga emotiva, para semejante ocasión. La Sinfonía Nº 2 en Do menor, Resurrección fue interpretada por la Orquesta Estable del Teatro Colón, dirigida por el maestro Stefan Lano, la soprano Mónica Philibert, la mezzosoprano Cecilia Díaz, y el Coro estable del Teatro Colón, dirigido por el maestro Salvador Caputo.

Como es sabido esta sinfonía es una de las obras que requieren uno de los conjuntos instrumentales más imponentes: las maderas se multiplican por cuatro, se agrega un quinto clarinete, diez cornos, diez trompetas, cuatro trombones y tuba, órgano, dos arpas, celesta y percusión.

Esa inmensa masa orquestal, sumada los integrantes del Coro, ofrecía un espectáculo de grandiosidad inusual y permitía a los espectadores un contacto diferente con el genio de Mahler, en una noche especial, distinta también de las que transcurren durante un concierto común.

Allí estábamos todos los que, por distintas razones, queríamos recordar, homenajear a los mártires de la dictadura, honrar la vida, y comprometernos con la verdadera justicia.

Tal vez por ese motivo, también el Himno Nacional que dio comienzo a esa verdadera ceremonia, fue cantado con profunda emoción por el Coro Estable del Teatro y por el público, al que se lo escuchó no del modo rutinario y distraído que se utiliza a veces, sino con una suerte de unción nacida de ese instante en que todos nos sentíamos partícipes de un momento especial de nuestra historia.

Sobre el final de nuestro Himno se escuchó una voz que, desde lo alto, exclamó en forma clara y sin dramatismo alguno: “Por los 30.000 desaparecidos, presente”.

De inmediato Cristina Banegas, una de nuestras mejores actrices, se acercó al micrófono para expresar en breves palabras, sobria y sin efectismo alguno, la trascendencia del momento histórico que vive la Argentina en el ámbito de los derechos humanos. Y concluyó diciendo: “…hemos elegido para esta velada una obra que en sí misma es todo un programa de afirmación de la vida y los derechos humanos, y que parece encarar un mensaje de permanente búsqueda de la verdad, la justicia y la memoria: la Sinfonía Nº 2 Resurrección de Gustav Mahler.

Stefan Lano invitó a los artistas a guardar un minuto de silencio, compartido por el público de pie.

Y luego, enseguida, Mahler. Su música arrolladora, envolvente, mezcla de sinfonismo, ópera, cantata, oratorio, himno, lirismo desgarrador, que nos sacude y nos conmueve sin descanso, hasta llegar a la última parte en que las voces se elevan con las primeras estrofas de la oda La Resurrección, de Friedrich Gottlieb Klopstock.

Sabemos que el tema de la muerte y su angustia frente a la incertidumbre respecto de la vida eterna, fueron material constante del romanticismo  así como verdaderas obsesiones para Mahler.

Pero más allá de cualquier postura religiosa, más allá de quienes disfrutan de la gracia de la fe o sufren con las dudas que atormentan a los agnósticos, los asistentes al concierto del 24 de marzo, constituíamos una congregación de seres humanos que estábamos recordando a nuestros mártires, a nuestros muertos.

No es difícil imaginar entonces la emoción que invadió la sala cuando el coro cantó:

“Resucitareis, sí, resucitareis
Cenizas mías, tras corto descanso…
¡Oh cree corazón mío, cree! Nada habrás de perder.
Tuyo es todo cuanto ambicionaste;
Tuyo lo que amaste, tuyo por lo que has luchado.

…Tú no naciste en vano.
No en vano has nacido y sufrido.

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¡Oh sufrimiento, tú que todo lo penetras,
He logrado escapar de ti!
¡Oh muerte, victoriosa siempre!
¡Ahora estás dominada!

…………………………………………………………

Con las alas que conquisté para mí
He de volar,
Y he de morir, para vivir después.

………………………………………………………..

Una prolongada, interminable ovación, fue la expresión de gratitud hacia los artistas que brindaron una versión inolvidable de la Sinfonía Nº 2 de Mahler. Tanto el director Stefan Lano, el director del Coro, Salvatore Caputo, las solistas vocales,  los integrantes del coro y los solistas de la orquesta, saludaron  y agradecieron los aplausos durante largos minutos, mientras era fácil advertir los ojos brillantes y, en algunos casos, las lágrimas  de muchos espectadores.

De esa noche inolvidable, por muchos motivos, nos fuimos del Teatro Colón con la inefable sensación de que, después de tantas derrotas, de tanta frustración, de tanto dolor, la ética se abre paso y logra triunfos que saben a gloria.

A pesar de todo.

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