Bélgica

El ‘Barbero’ según Botero

Jorge Binaghi
lunes, 10 de abril de 2006
Bruselas, martes, 28 de marzo de 2006. Teatro Nacional. Il barbiere di Siviglia (San Petersburgo, Teatro Mariinski, 15 de septiembre de 1782). Libreto de autor no bien identificado y música de G. Paisiello. Dirección escénica: Omar Porras. Escenografía: Fredy Porras. Vestuario: Coralie Sanvoisin. Intérpretes: Stefano Ferrari (Almaviva), Elena Monti (Rosina), Luciano De Pasquale (Bartolo), Giulio Mastrototaro (Figaro), Filippo Morace (Basilio), Nabil Suliman (La svegliata/Un notaro), Donald Byrne (Giovinetto/Un alcalde), Axelle Mkaeloff y Lauren Butin (dos ángeles). Orquesta Sinfónica de La Monnaie. Director: Rinaldo Alessandrini
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En el recientemente inaugurado Teatro Nacional, que sustituye a uno anterior, sofocante y luego pasado a un cine muy cómodo y céntrico, La Monnaie repuso -prácticamente estrenó para el público local- el ‘otro’ Barbero, el primero, el que, por esas cosas de la historia, fue en parte causa del fracaso del de Rossini en su estreno para luego ser relegado al desván por la efervescencia de la partitura del pesarés.

La obra es una joya, y aunque no se sepa bien quién escribió el libreto, la semejanza con el de Sterbini es notable. La inspiración de Paisiello es elevadísima, su concepción teatral, claramente dieciochesca, y el lugar del estreno y el cargo que desempeñaba en la corte de Catalina la Grande, hacen que la obra de Beaumarchais quede limitada a la intriga amorosa y sólo en algunos momentos aflore la novedad de ideas. Dicho eso, tampoco Rossini es un ‘revolucionario’ y, en todo caso, Mozart lo es mucho más que ambos.

Fotografía © 2006 by Johann Jacobs

Pero musicalmente, aunque el aria de la calumnia de ‘Basilio’ en particular y los personajes de Rosina, Almaviva y Figaro estén mucho menos desarrollados (los dos últimos no tienen ni un aria), la obra es coherente. No sé por qué se le ocurrió a Alessandrini sustituir la escena de la lección por ‘Porgi amor’: dice que porque Mozart simboliza lo nuevo (tanto, que aún no la había escrito) y porque así se acostumbra en el otro Barbero. Digamos que se acostumbraba; en casi cuarenta y cinco años desde mi primer Barbero en vivo nunca vi sustituir esa, ni ninguna otra, aria. Tampoco la única vez que vi la obra de Paisiello. O somos filológicos o no lo somos.

Fotografía © 2006 by Johann Jacobs

La puesta de Porras fue simpática, ingenua y pícara al mismo tiempo, con unos decorados deformados, la perspectiva a veces también y todos los personajes con el espesor -digamos- de una figura de Botero. Causa gracia, aunque tal vez no sea lo más adecuado para los personajes jóvenes. El trabajo con los intérpretes es muy bueno y a fondo, en particular con los ‘viejos’ y los sirvientes: de hecho, las escenas de estos son las más hilarantes, así como las de ‘Bartolo’ y ‘Basilio’. No entiendo bien, pese a las explicaciones, la presencia de los dos ángeles, absolutamente gratuita aunque no moleste.

Fotografía © 2006 by Johann Jacobs

En cuanto a los cantantes, fue una suerte que se hiciera en la sala más pequeña del Teatro Nacional porque ya allí fue evidente que algunos, todos muy musicales en general, tenían un caudal exiguo. Es el caso en particular de Ferrari (cuya voz tiende, además, a destimbrarse) y de Morace (excelente artista, pero más bien inexistente como cantante). Hubiera deseado que ‘Figaro’ tuviese más para cantar porque los medios de Mastrototaro me parecen interesantes. Desde el punto de vista vocal e histriónico, pese a que su primera aria fue cantada de modo monótono y sin sobrepasar siempre la orquesta, lo mejor de la noche fue el ‘Bartolo’ -que tiene más espacio que en Rossini- de Luciano De Pasquale, especialmente feliz en el segundo acto en lo vocal, con gran dominio de la escena, una dicción extraordinaria y buena voz. Los ‘secundarios’ estuvieron estupendos, en particular Suliman. En cuanto a la única figura femenina, ‘Porgi amor’ puso de relieve lo que aún le queda por recorrer a Monti, que es además una voz de soubrette y no la lírica que requiere la parte de Mozart (otro punto en contra de la elección, además de que el tipo elegíaco no era el mejor para el momento escénico). En la otra aria ‘Giusto cielo’ se advirtieron algunos problemas de respiración, aspereza en el extremo agudo y ausencia de adornos. El público acogió calurosamente el espectáculo.

Fotografía © 2006 by Johann Jacobs

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