Portugal

Pura magia al piano

Teresa Cascudo
miércoles, 31 de mayo de 2006
Lisboa, jueves, 18 de mayo de 2006. Teatro de São Luiz. Artur Pizarro, piano. Integral de la obra para piano solo de Claude Debussy y Maurice Ravel. Días 18-20 y 26-28 de mayo de 2006
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Los recitales de Artur Pizarro son siempre una mezcla única de generosidad y seducción. Aunque estas cualidades son deseables en cualquier intérprete y se agradecen asociadas a cualquier repertorio, parece que se prestan particularmente bien a la obra para piano solo de Debussy y Ravel. Pizarro regresó al centenario y elegante Teatro de São Luiz, en Lisboa, para regalarnos esa música, con un desprendimiento de tiempos antiguos.

Para Artur Pizarro, este teatro tiene un significado especial, ya que fue allí donde inició su carrera profesional “oficial” hace veintiséis años. El pianista inició su formación con Berta Nóbrega, su abuela, y Evaristo Campos Coelho. Fue posteriormente discípulo de Sequeira Costa, en Portugal y en los Estados Unidos. Los primeros premios que obtuvo en los concursos Viana da Mota (1987) y de Leeds (1990) le abrieron las puertas a una carrera internacional que, hasta ahora, ha desarrollado a partir de Gran Bretaña. Se presenta regularmente en recital y en música de cámara y ha sido solista en las salas de orquestas de todo el mundo. Graba habitualmente para la etiqueta Linn Records, aunque uno de los proyectos discográficos que le ocupan ahora mismo es la integral de la obra para piano solo de Joaquín Rodrigo para la Naxos.

Pizarro tiene, de hecho, una evidente inclinación por las integrales. Se presentó hace un par de años en Portugal, Estados Unidos y Gran Bretaña con la integral de las sonatas para piano de Beethoven y, antes de hacerlo en Lisboa, tocó la integral de la música para el mismo instrumento de Debussy y Ravel en Londres. Próximamente, presentará este mismo programa en Dinamarca. No deja de haber un cierto quijotismo en este tipo de empresa, que no se adapta a los límites de los “formatos” en pastillas monodosis que predominan en el mercado del espectáculo de nuestros días. Pizarro desafió al público lisboeta para que dedicase a la música de los dos geniales compositores seis veladas y, a cambio, él regaló a quienes acudieron a la cita momentos de sorprendente belleza. Infelizmente, el teatro estuvo casi vacío en la mayoría de los conciertos. Sólo el último recital tuvo un aforo razonable. Los posibles motivos de esta indiferencia son variados, pero sería necesario dedicarles una crónica específica para poder explicarlos debidamente.

Una de las características que llama más poderosamente la atención en el pianismo de Artur Pizarro es su poesía. Pizarro es uno de esos pianistas que prescinde de todo gesto estrafalario que pueda servir para convencer a la audiencia de su virtuosismo. Su técnica segurísima se llega a olvidar, porque es imposible no dejarse llevar ante sus imaginativas interpretaciones. No me refiero únicamente a la idea clara del resultado sonoro que pretende alcanzar, sino a una aproximación peculiar a la música que me atrevería a calificar de filológica, en la que texto y significado se funden de forma natural. Tal vez se entienda mejor lo que quiero decir si declaro que una de mis lecturas favoritas relacionadas con la obra pianística de Debussy y Ravel son los libritos de memorias que Marguerite Long dedicó a cada uno de esos compositores. Hay un cierto ideal interpretativo que se desprende de esos escritos que se aplica, maravillosamente, a lo que Pizarro realizó en sus recitales.

Otra de las impresiones globales de esta doble integral es, por un lado, la absoluta transparencia de la sonoridad que Pizarro extrae del piano y, por otro, la riqueza deslumbrante de su colorido. Rítmicamente, fue al mismo tiempo flexible y preciso y, finalmente, consiguió en los momentos en que fue necesario uno de los cantabile más elegantes y expresivos de los que tengo memoria. Hubo, además, otro aspecto de su interpretación que me dejó fascinada: la luminosidad hipnótica con la que trabajó los piani y pianissimi en las partituras de ambos compositores. La escucha se hizo así particularmente intensa, casi dolorosa, porque surgía como respuesta a una especie de encantamiento sutil e inaprensible. Me recordó aquella conocida frase de Vladimir Jankélévitch: "Seulement la musique peut exprimer l'inexprimable: elle est le logos du Silence".

Como ven, si me descuido, esta crónica se va a convertir en una acumulación de adjetivos elogiosos, por otra parte, bien merecidos. Para concluir, como estoy todavía bajo el efecto del encantamiento, me voy a limitar a recordar aquellas piezas en las que las cualidades que acabo de señalar se manifestaron de forma plena: los Deux arabesques y la Suite Bergamasque (recital del día 18); las Estampes y la Sonatine (día 19); y, sin excepción, todas las que formaron parte de los recitales del día 20 (Miroirs, libros 1 y 2 de las Images y Gaspard de la Nuit) y del día 27 (Études, Le tombeau de Couperin y una transcripción de La Valse realizada por el propio Pizarro que puso a todo el público asistente en pie). Teniendo en cuenta que no pude asistir al concierto del día 26 (en el que Pizarro tocó el primer volumen de los Préludes y la serie de Valses nobles et sentimentales) y que estoy diferenciando entre momentos de pura magia y otros que fueron (¡sólo!) asombrosos, el balance final de estos recitales es francamente positivo. Me quedo aguardando con impaciencia la integral de Ravel que Pizarro grabará próximamente para la Linn Records.

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