España - Aragón

Dos cuartetos en uno

Pablo-L. Rodríguez
miércoles, 21 de junio de 2006
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Zaragoza, martes, 18 de abril de 2006. Auditorio del Palacio de Congresos. Sala Mozart. Cuarteto Casals: Vera Martínez Mehner, violín. Abel Tomàs Realp, violín. Jonathan Brown, viola. Arnau Tomàs Realp, violonchelo. Wolfgang Amadè Mozart: Cuarteto en Fa mayor, K. 168. Maurice Ravel: Cuarteto en Fa. Dmitri Shostacovich: Cuarteto nº 3 en Fa, Op. 73. Propina: W. A. Mozart: ‘Adagio’ del Cuarteto en Si bemol mayor, K. 172. XII Temporada de Grandes Conciertos de Primavera. Aforo: 1992; ocupación: 80%
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Según parece, vivimos en nuestros días un momento de bonanza para el mundo del cuarteto de cuerda. El incremento del repertorio para esta formación, que ha sido importante en los últimos años en relación con otras formaciones, unido a la pujanza y fertilidad que demuestran decenas de agrupaciones por todo el mundo, hace que el arte de hacer música con dieciséis cuerdas pase por uno de sus mejores momentos.

En el número de abril de la revista Gramophone, Richard Wigmore atribuía este buen momento del cuarteto al espectacular incremento en los últimos años de jóvenes agrupaciones del más alto nivel, pero también a los intentos por sacar al cuarteto como institución de la cultura museística en la que se hallaba anclado, no sólo a través de la interpretación de nuevas composiciones, sino haciendo también uso de otras músicas o por medio de colaboraciones interdisciplinares. Wigmore pone varios ejemplos empezando por el pionero Kronos Quartet, que lleva treinta años ampliando las fronteras y las posibilidades de esta formación con proyectos de lo más variopinto (por ejemplo, su último disco explora la música de Bollywood), y terminando por los jóvenes del Pacifica Quartet que combinan la interpretación del Cuarteto opus 132 de Beethoven con la intervención de un actor que lee poemas de T.S. Eliot inspirados directamente por esa música.

Quizá por esa razón, a la hora de citar los cincos grandes cuartetos del momento, tanto entre los veteranos como de los recién llegados, Wigmore se olvide de agrupaciones como el Alban Berg Quartet o el Hagen Quartett, entre los primeros, o no diga una sola palabra de nuestro Cuarteto Casals, entre los nuevos. Y es que parece claro que si te limitas a lo tradicional, es decir, a grabar buenos discos y a dar buenos conciertos, no tienes nada que hacer en algunos medios. Leyendo el reportaje de Gramophone parece que sea imposible decir algo nuevo del repertorio clásico para cuarteto (desde Haydn hasta Shostacovich) si uno no acude a los experimentos más peregrinos para enriquecerlo. Personalmente no creo que lo que se considera “museístico” sea un peligro para el cuarteto como institución, pues la interpretación musical es un arte cambiante por naturaleza y quizá haya que pensar en que no existe sólo un Cuarteto opus 132 de Beethoven, sino tantos como interpretaciones del mismo pueden realizarse, es decir, infinitos.

Lo que sí me convence del artículo de Wigmore es lo que dice acerca de la proliferación de jóvenes cuartetos y su dinámica interna. Efectivamente, una de las razones por las que ha proliferado la formación de nuevas agrupaciones camerísticas está relacionada con la escasez de puestos importantes que un buen violinista, violista o violonchelista puede encontrar hoy en una orquesta sinfónica relevante. Asimismo, la democracia está presente en todas las formaciones cuartetísticas actuales, es decir, ya no gira todo en torno al primer violín como ocurría en el pasado y quizá ahora más que nunca se cumpla el ideal de Goethe de cuarteto como “inteligente conversación entre iguales”. De hecho, viendo al cuarteto Casals uno puede verificar estos cambios en detalles como en el uso de papeles con las cuatro partes para tocar o en la alternancia del puesto de primer violín.

El concierto que dieron en Zaragoza los jóvenes del Casals combinó tres cuartetos en fa mayor y se inició con el Cuarteto K. 168 de Mozart con Abel Tomàs Realp como primer violín. La interpretación resultó sorprendete, no tanto por la claridad y objetividad del sonido o el estupendo equilibrio entre los cuatro instrumentos, sino por la tensión dramática que consiguieron en toda la obra. Hubo claras reminiscencias historicistas, como el uso de contrastes dinámicos extremos o la economía generalizada del vibrato, pero planteadas todas desde un enfoque netamente expresivo que les lleva a utilizar fluctuaciones de tempo tan inesperadas como bien estudiadas. Está claro que había un intento de decir algo nuevo sobre esta obra, con todos los riesgos que ello comporta, aunque no se trata de algo ajeno a esta música, que nació en Viena durante el verano de 1773 y en un momento en que Mozart buscaba algo nuevo mezclando lo aprendido en Italia con las novedades de los cuartetos de Haydn. De hecho, el planteamiento de los Casals pretende, a mi juicio, conjugar a la vez lo que tiene de barroco y de vanguardista esta música de Mozart. Especialmente sorprendente resultó el contrapuntístico ‘Andante’ que fue interpretado senza vibrato, con un tempo más lento de lo habitual y con una introspección propia de la música del siglo XX.

La primera parte terminó con el Cuarteto en fa de Ravel, para el que Abel Tomàs Realp cedió la parte de primer violín a Vera Martínez Mehner. Lógicamente tras el cuarteto de Mozart, el ambiente de esta obra, que reúne todas las sutilezas tímbricas ravelianas sin desdeñar la herencia de Fauré, resulto muy distinto. Sin embargo, con Vera Martínez al frente, el sonido de la agrupación abandona la tensión dramática inicial y adquiere un tono cantable y pleno de sutilezas tímbricas. Pocas veces he podido escuchar un comienzo très doux del ‘Allegro moderato’ inicial de este cuarteto con ese legato celestial en el registro agudo del violín. Y es que con Martínez Mehner como primer violín, la complicidad natural de los hermanos Tomàs Realp resulta mucho más efectiva y hace que el conjunto suene mucho más cohesionado tanto en los momentos más vigorosos del ‘Assez vif’ como en los más intimistas del ‘Très lent’, en donde todos cantan sin perder de vista el conjunto. El ‘Vif et agitè’ final resultó espectacular e inspirado a partes iguales, equilibrando la agitación que contiene sin perder en ningún momento la sensibilidad del principio.

La segunda parte se centró en otro planeta del universo cuartetístico, Dmitri Shostacovich y su Cuarteto nº 3, de nuevo con Vera Martínez Mehner al frente. De hecho, esta obra la tocaron el pasado mes de agosto en su debut en Salzburgo y la prensa destacó de su interpretación tanto la capacidad de los cuatro instrumentistas para dialogar, como la atención que prestaron a los contrastes dinámicos y a esa mezcla de sarcasmo y desolación que hay tras esta música. No debemos olvidar que esta obra nació en 1946 durante uno de los momentos más duros de la represión stalinista y que, al igual que otras composiciones de Shostacovich de esta época, fue prohibida poco después de su estreno. En efecto, ya en el ‘Allegretto’ quedó patente que estábamos ante un agrupación que conocía bien lo que tenía entre manos y esa capacidad para el diálogo quedó patente en el desarrollo, donde Shostacovich crea una espectacular doble fuga sobre el divertido motivo inicial de ese movimiento que en manos de los jóvenes del cuarteto Casals trasmitió su tinte de dramatismo con una transparencia formidable. Los diferentes motivos que desfilan por los dos movimientos siguientes aportaron sus dosis de desafío y precaución, de ira y miedo, de sátira y terror. No obstante, fue en el ‘Adagio’ y en el ‘Moderato’ que le sigue donde resultó su interpretación quizá más intensa y emotiva, con esa intensidad expresiva que consiguen cargando las tintas sobre los contrastes dinámicos que utiliza Shostacovich sin renunciar al tono melódico que adquiere el sonido del cuarteto con Vera Martínez Mehner como primer violín.

Para terminar, y quizá también para quitarnos ese sabor de boca amargo e intenso que se le queda a uno cuando escucha la música de Shostacovich en toda su intensidad, optaron por volver a Mozart. Abel relevó a Vera como primer violín y volvimos a ese sonido expresivo del principio con tintes historicistas. Escogieron como propina el ‘Adagio’ del K. 172 que es una aria para violín solista donde Abel Tomàs Realp desplegó un sonido muy bello que mezclaba contención en el vibrato con un uso muy libre del portamento y no desdeñó en añadir algunos adornos de su cosecha a la línea melódica de Mozart. Una vez más, su interpretación resultó nueva y no hizo sino confirmar que estamos ante un cuarteto con dos cabezas o, mejor, ante dos cuartetos en uno. No sé si eso es bueno o malo, pero me declaro fans incondicional de su forma imaginativa y seria de hacer música.

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