Discos

Parsifal jacobeo

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 4 de agosto de 2006
Richard Wagner: Parsifal, festival escénico sacro en tres actos. Falk Struckmann (Amfortas), Ain Anger (Titurel), Franz-Josef Selig (Gurnemanz), Plácido Domingo (Parsifal), Wolfgang Bankl (Klingsor), Waltraud Meier (Kundry), In-Sung Sim y Benedikt Kobel (dos caballeros), Daniela Denschlag, Janina Baechle, John Dickie y Peter Jelosits (cuatro escuderos), Inna Los, Bori Keszei, Antigone Papoulkas, Simina Ivan, Ildikó Raimondi y Nadika Krasteva (muchachas flor), Janina Baechle (voz desde lo alto). Chor der Wiener Staatsoper (Ernst Dunshirn, director). Orchester der Wiener Staatsoper. Christian Thielemann, director. Productor: Roland Ott; ingenieros de sonido: Wolfgang Fahrner y Bastian Schick. Cuatro discos compactos DDD de 243 minutos de duración. Grabado en vivo en la Ópera Estatal de Viena en junio de 2005, en coproducción con la ORF. Deutsche Grammophon 00289 477 6006. Distribuidor en España: Universal
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Una de las muchas y buenas ideas que hervían en la mente de Ángel Mayo era la de montar un Parsifal jacobeo. Le entusiasmaba pensar en una representación del ‘festival escénico sacro’ inspirada en el Camino de Santiago: al fin y al cabo, Parsifal es la narración del peregrinaje de su protagonista para encontrar el camino de vuelta al grial, pero también –y sobre todo- la impresión musical del viaje interior del ‘necio puro’, y Compostela podría perfectamente convertirse a esos efectos en ‘Montsalvat’. No he podido -ni querido- evitar recordarlo al escuchar esta grabación en Santiago, siendo hoy, además, 25 de julio.

Ignoro si a Christian Thielemann se le ha pasado alguna vez por la cabeza semejante montaje. Pero apuesto a que no diría que no. Porque, al menos en la parte musical de este registro, la idea de hacer camino queda bien a las claras, aunque aquí el recorrido deba hacerse con los brazos y no con las piernas. Thielemann -como viene siendo su feliz costumbre- literalmente se echa la orquesta a sus espaldas y peregrina con ella: el preludio deja ya en evidencia las señas de identidad de este director que tira de la música subrayando todo lo que hay que subrayar en cada compás, pero -y ahí está su clase- sin resultar ni lento ni pesado (repárese en la duración total de la grabación), gracias a un pulso infalible y a unas texturas sonoras que son siempre intensas pero también siempre son claras.

Sí, escuchar a Thielemann resulta agotador, porque estruja la orquesta desde el principio hasta el final, y en este caso son cuatro horas. Pero el agotamiento tiene la recompensa continuada de hacerle a uno partícipe de su incansable camino: sin salir del primer acto, las palabras de reprimenda de ‘Gurnemanz’ a ‘Parsifal’ por matar al cisne contrastan con la bondad infinita del viejo caballero expresada en unos trémolos increíbles de la cuerda; la música de la transformación es envolvente a la vez que transmite ese avance interior tan difícil de traducir; y el acompañamiento del monólogo de ‘Amfortas’, aun dicho con la majestad de un rey, es de tal dramatismo que uno incluso puede obviar el texto terrible que se canta en ese momento.

Si alguien desea catar el arte de Thielemann, que haga por escuchar el preludio del segundo acto, agitado, vigoroso, con las riendas de la orquesta atadas muy corto. Puede que a alguien le sorprenda que la escena de las muchachas flor le salga mucho más onírica que erótica, pero no se olvide que es el propio ‘Parsifal’ quien cree estar en un sueño. Otra especialidad de la casa son las ya famosas pausas, de las que aquí Thielemann da dos buenos y espeluznantes ejemplos, tras la reacción del protagonista al beso de ‘Kundry’ (entre ‘Amfortas!’ y ‘Die Wunde!’), y tras la respuesta airada de ésta (‘ich sah ihm und lachte!’). En ambos casos consigue lo que pretende: cortar la respiración.

El preludio del tercer acto aúna la desolación del ambiente con el ansia del portador de la lanza: de nuevo el efecto del camino; ese camino cuya meta no está en el templo del grial, sino cuando ‘Parsifal’ sabe que ya ha llegado al quitarse la armadura frente a ‘Gurnemanz’, y que se expresa con ese unísono de la cuerda, sostenido hasta el infinito por un Thielemann con brazo de hierro. ¿Es eso la ‘gran tradición alemana’ en la que tantos quieren inscribir al maestro berlinés? Ni lo sé, ni me importa. Por el contrario, me importa comprobar que Thielemann no se parece al sumo sacerdote Knappertsbusch, ni al misionero Jochum, ni al mago Karajan; y sobre todo me importa comprobar que es tan único como ellos.

La Orquesta de la Ópera Estatal de Viena (no la Filarmónica, que es una cosa distinta) da una de sus noches gloriosas tocando una partitura que, a diferencia del Anillo o de Meistersinger, parece escrita expresamente para ella, y particularmente para esa cuerda singularísima que -en buenas manos- sabe sonar con la mayor delicadeza mientras ‘Kundry’ lava los pies al nuevo rey, y también sabe sonar auténticamente sísmica (¡qué contrabajos!) antes de que ‘Parsifal’ reviente de culpa al conocer los acontecimientos sucedidos en ‘Montsalvat’ mientras erraba en busca del grial (‘und ich, ich bin’s!’).

Plácido Domingo lleva ya unos cuantos años cantando Parsifal en escena. Aunque lo ha aprendido tarde, el papel no es ni la mitad de exigente que ‘Tannhäuser’, ‘Siegfried’ o ‘Tristán’, y por eso se permite el lujo de grabarlo en directo a su edad. Porque si bien ya tenía esa muesca en su culata (Levine, DG), sabe que saldrá airoso: lo de menos es su pronunciación del alemán (que ha mejorado, pero nunca la hará suya); lo de más es ese fraseo suyo, tan impetuoso como siempre -un poco demasiado cortante, eso sí-, y su saberse reservar para los momentos más líricos (‘Erlöse, rette mich aus schuldbefleckten Händen’), en los que sigue luciendo un timbre inconfundible.

Confieso debilidad por la Meier. Y sé que ella también empieza a estar mayorcita y que su voz no suena ya tan fresca como cuando grabó el papel con Barenboim en 1991 (Teldec). Pero aún tiene un agudo imponente, aunque haya perdido seguridad (‘Grausamer!’); aún da lecciones apabullantes de fraseo en el monólogo del segundo acto, dicho suavemente, casi con morosidad, jugando con los sonidos de las consonantes; y aún sabe seducir como sólo ella puede: quién no se derretiría ante su ‘Parsifal! Weile!’.

Franz-Josef Selig claramente va de menos a más: en el primer acto sufre mucho arriba y a veces hasta grita, y tampoco parece tener fuelle sobrado, aunque da su monólogo con nobleza y -algo que no siempre se tiene presente- con autoridad. En el tercero se crece y exhibe un color precioso en el registro más grave; y lo que es mejor, llega a emocionar (sí, Parsifal también es emocionante) en el recibimiento a ‘Parsifal’ (‘O Gnade!, Höchstes Heil!’), aunque en honor a la verdad el mérito es también de Thielemann, que se lo pone en bandeja.

La voz de Falk Struckmann es tan extraña -buen material de armónicos riquísimos, pero inestable (cambia de color continuamente)- que sale en desventaja en un registro sin imágenes, porque es un buen actor; así que echándole un poco de imaginación visual me parece convincente en su monólogo del primer acto, realmente vertiginoso. No me convence tanto Ain Anger, porque su voz no es nada cavernosa y sí algo insegura en la afinación (y además aparece en un primer plano excesivo para ‘Titurel’). Ni, por lo mismo, me acaba de gustar Wolfgang Bankl, que tiene un instrumento demasiado bonito y demasiado ligero para su papel.

El coro de la casa no es tan bueno como la orquesta, pero responde más que dignamente: suenan compactos en la entrada y en la comunión del primer acto (no tanto el coro de jóvenes, más bien flojo), y truenan con temor de Dios en el oficio de difuntos del tercero, que Thielemann convierte en una auténtica pesadilla. Por otro lado, estupendas las muchachas flor, en una escena en que la precisión es tan complicada de conseguir como su ambientación.

La calidad del sonido (las tomas corresponden a tres funciones del mes de junio de 2005) es excelente, si bien debe advertirse que los ingenieros han dado preponderancia al foso -lo cual, visto lo visto, no es ningún demérito-; y las notas -firmadas por Peter Blaha, responsable de las publicaciones de la Staatsoper vienesa- son ilustrativas acerca del significado de la obra. En este caso hay que rascarse el bolsillo para hacerse con el álbum, que se vende a precio fuerte; pero a poco que puedan cómprenlo: les aseguro que la inversión reportará dividendos en forma de gozoso peregrinaje musical.

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